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Opinión

Los números mágicos del poder, por Rosa María Palacios

Si al llegar el día de la elección puede conseguir ambos objetivos, adelante. Pero si tiene que sacrificar el primero, que su voto sea útil. No permita que se pierda debajo de la valla del 5 %.

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Rosa María Palacios 01-02

Casi sin que la mayoría de los electores lo noten, los partidos que hoy ocupan el Congreso han efectuado transformaciones constitucionales profundas que van a afectar la estabilidad de las instituciones por lo menos por los próximos 5 años. Cambios que no han sido ni consultados, pero aún más, ni siquiera socializados para que se entiendan a profundidad. Es urgente que se conozca qué es lo que vamos a votar (y con qué reglas operan) para que podamos hacer una decisión correcta.

La historia del Perú republicano es la de un presidencialismo en jaque. Siendo el Ejecutivo el poder prevalente, el diseño constitucional durante todo el siglo XIX y el XX favoreció los regímenes de facto. ¿Por qué? Porque no copiamos el esquema presidencial de los Estados Unidos (los padres del modelo) completo. Si el periodo presidencial y el periodo legislativo coinciden y son rígidos, tiene que haber una válvula de escape para cuando la hostilidad entre ambos poderes es irreconciliable. En el régimen constitucional de los Estados Unidos ese escape son las elecciones legislativas a mitad del mandato. El poder regresa al pueblo para premiar o castigar a los poderes. En el Perú, la falta de esa solución terminó en los golpes militares contra Bustamante (1945) y Belaúnde (1968) y el autogolpe de Fujimori (1992).

La solución del constituyente de 1993 fue agilizar la cuestión de confianza como mecanismo de solución de conflictos. Pero eso implica tener partidos sólidos, que podían regresar a pedir el voto popular sin temor y sin importar quiénes, de sus supuestos abundantes cuadros, podían ocupar nuevamente los escaños. La disolución constitucional del 2019 puso en evidencia que más que partidos teníamos personalidades en el poder, profundamente ofendidas por lo que consideraban un despido intempestivo de su única fuente de empleo. Lamentablemente, volvieron el 2020 y consolidaron un pacto el 2021 que, en la práctica y de manera inconstitucional, eliminó la cuestión de confianza, mientras que, en simultáneo, con un Tribunal Constitucional a su medida, modificaron de facto el sentido de la Constitución respecto a la vacancia por incapacidad moral permanente. La “moralidad” presidencial jamás, en 200 años de vida republicana, tuvo que ver con una revocatoria exprés del mandato. Pero en eso la han convertido.

A estos cambios profundos, la eliminación de la cuestión de confianza y la vacancia en manos de mayorías parlamentarias (sin causa real), se ha sumado el bicameralismo. Entender el juego político de la próxima década pasa por entender qué significa esto en números. A partir del 28 de julio se necesitan 87 votos en la Cámara de Diputados y 41 en el Senado para vacar a un presidente. La moción se aprueba en la primera cámara y pasa a la segunda para su aprobación definitiva. ¿Cuántos senadores debe tener un presidente si quiere sobrevivir 5 años? 20. Si esos 20 son propios o de una coalición, formal o de facto, está salvado, sin importar lo que pase en la Cámara de Diputados. Vistos los espantosos antecedentes en materia de estabilidad presidencial desde el 2016, ese es el número mágico este 12 de abril. Si los dos candidatos que pasan a la segunda vuelta no pueden asegurar ese número salvavidas, no importa quién resulte ganador, pronto será vacado. Kuczynski, con 18 congresistas electos, duró 20 meses. Castillo, con 37 de Perú Libre más 5 de JPP, tenía 42. Sumando 5 de Acción Popular, estaba sobrado. Su número mágico era 44. Fue cuando creyó que no los tenía que dio un disparatado golpe de Estado. Duró 16 meses. ¿Cuánto durará el que elijamos esta vez si no le damos 21 senadores?

El siguiente número mágico es 31 senadores, porque ese es el número de la mayoría simple (mitad más uno de 60) que permite legislar. Toda iniciativa de diputados puede ser modificada, sin límite, por lo que toda ley necesita al menos a esos 31 para aprobar o rechazar. El partido que conquiste 31 senadores, sin importar nada quiénes son diputados, tiene el control de toda la legislación y de algunos nombramientos claves, como el de los directores del BCR. Es el segundo límite crítico para quien sea elegido presidente.

El tercer número mágico es 41 senadores. Con dos tercios del Senado eliges a los miembros del Tribunal Constitucional, órgano que resulta crítico para las reformas que tendrán que hacerse si se quiere recuperar la institución presidencial o si se decide abrazar el parlamentarismo europeo en un abierto cambio de régimen que incluya todas las instituciones que sí garantizan el equilibrio y la separación de poderes, y no este engendro que ha producido el actual Congreso, donde, si el presidente electo no consigue 21 para sobrevivir, 31 para legislar y 41 para gobernar, durará poco menos que Castillo.

¿Han visto la encuesta de Datum el lunes pasado sobre la intención de voto a senadores? Si bien un 57 % de los encuestados no saben o dicen que viciarán el voto, sobre el resto del electorado solo dos partidos pasan la valla con casi idéntico porcentaje. Renovación Popular tiene 6,8 % y Fuerza Popular 6,7 %. Todos los demás están debajo del 5 %. Es verdad que la valla se calcula sobre voto válido y eso haría que más partidos pasen la valla, pero también es posible que con mínimos porcentajes puedan pasar solo dos partidos y entre ellos dos controlar un super Senado. ¿Imaginan un presidente sin bancada, con solo dos partidos repartiéndose a partes iguales el Senado? ¿Cuántos minutos va a durar en el poder? Y, por el contrario, ¿imaginan un presidente con una oposición que responde a su misma orientación y que permite consolidar un poder absoluto porque basta controlar 41 senadores para gobernar, sin oposición real, el país?

La fragmentación del voto en 38 listas al Senado no es una casualidad. Es parte de un plan bien diseñado por partidos muy impopulares que, disueltos el 2019, no han parado de ejecutar una campaña para hacerse del poder, sin ganar la presidencia y con votaciones minúsculas, pero superiores a las de sus fraccionados adversarios. ¿Cómo vencerlos? Voto estratégico. Elija a sus favoritos y elija a los que no quiere que ganen de ninguna manera. Si al llegar el día de la elección puede conseguir ambos objetivos, adelante. Pero si tiene que sacrificar el primero, que su voto sea útil. No permita que se pierda debajo de la valla del 5 %.

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