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Opinión

El Congreso debe reformar la semana de representación

Los parlamentarios la utilizan para afianzar sus objetivos políticos antes que de contacto con sus electores.

Editorial
Editorial

La semana de representación ocupa una parte sustantiva del tiempo parlamentario y, en consecuencia, expresa una modalidad central de relación entre el Congreso y la ciudadanía. En ese marco, la experiencia del actual Parlamento confirma que este espacio cumple funciones que exceden la representación política y que responden, además, a los incentivos propios de la competencia parlamentaria contemporánea.

En efecto, el Congreso peruano se elige bajo el principio de representación nacional. Así, una vez proclamados, los congresistas ejercen un mandato libre en nombre de la nación. Sin embargo, la semana de representación incorpora en la práctica una dimensión territorial que opera sin desarrollo constitucional específico. Por ello, este diseño ha permitido que el Parlamento utilice este periodo como un escenario de visibilidad pública y acumulación de capital político, junto con actividades de contacto ciudadano.

Asimismo, los informes correspondientes a esta legislatura registran miles de actividades de naturaleza diversa. De este modo, visitas protocolares, reuniones abiertas, participaciones en eventos locales y recorridos territoriales conforman una agenda amplia que privilegia la presencia y la exposición pública. La investigación del politólogo Alonso Cornejo ha develado esto cuantitativamente.

Ahora bien, este patrón de uso surge de un marco institucional flexible que otorga un amplio margen de decisión a cada congresista. Por tanto, la ausencia de estándares comunes ha reforzado una lógica de acción individual y ha convertido la semana de representación en un recurso adaptable a estrategias políticas diversas, especialmente en un contexto de fragmentación y competencia electoral.

Por estas razones, el próximo Congreso tiene la oportunidad de ordenar este espacio. En primer lugar, una reforma integral puede articular la presencia territorial con el mandato nacional. En segundo término, puede establecer formatos homogéneos de informe e institucionalizar audiencias públicas periódicas. Finalmente, puede vincular la actividad de representación con resultados legislativos observables. De esta manera, la semana de representación adquirirá coherencia con la arquitectura constitucional y con las expectativas ciudadanas.

En suma, la calidad del Parlamento también se expresa en la gestión de su tiempo y de sus incentivos. En consecuencia, el próximo Congreso cuenta con las condiciones para convertir la semana de representación en un mecanismo de conexión efectiva con la ciudadanía y de fortalecimiento de la democracia representativa.

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