
Andaba yo tras el rastro de Natán y creo que, por fin, la semana pasada lo he encontrado.
Natán fue una de las dos esclavas a quienes Simón Sáenz encargó el cuidado de su hija Manuela a comienzos del siglo XIX. Ella, Manuela Sáenz, sería más tarde la compañera de Simón Bolívar en la paz y en la guerra, y por ello sería llamada “la libertadora del Libertador”.
Las reveladoras informaciones del historiador peruano Miguel Godos Curay me han servido para lo que buscaba. Brillante periodista y profesor universitario, Godos Curay me ha ofrecido datos que pueden completar la historia de Natán.
En 1856 murieron Manuela y Jonatás, víctimas de una epidemia de difteria. ¿Qué pasó entonces con Natán? Ningún libro lo consigna, pero creo que, con las revelaciones de Godos, puedo reproducir esa historia.
En 1885, Natán era la única sobreviviente de la casa de Manuela Sáenz y se dedicaba a leer las cartas, así como a enredar amores, sacar de aprietos y llamar a los hados de la buena fortuna.
Una delegación de paiteños, agradecidos por todas las bondades que habían recibido de ella, fueron a postrarse ante la hamaca donde descansaba y a rogarle que les permitiera cumplir con sus más libérrimos deseos.
Hablaron de tal forma que la convencieron.
-Quiero que traigan hasta la casa las andas de la Virgen de La Merced -dijo Natán.
De inmediato fue obedecida.
Montada sobre una mecedora y encima de las andas sagradas, la mujer más vieja de Paita recorrió las casas de los enfermos y rezó con ellos. Después, Natán y su anda fueron subidas a una embarcación y en ella recorrió las aguas dando saludos a las doscientas quince barcas que se balanceaban sobre el oleaje.
A su regreso del mar, y ya en la puerta de la iglesia, Natán se encaramó sobre un pequeño altar que le estaba destinado y desde allí dio sus últimos saludos y bendiciones a los paiteños.
Manuela Sáenz. Imagen: Difusión.
Les reveló un secreto:
“La Luna me ha dicho mucho de lo que yo sé. Cuando les he hablado del destino, me he referido al que ustedes mismos pueden elegir. Todo eso me enseñó mi amita, doña Manuela Sáenz. Quizás ella eligió Paita porque aquí podía quedarse a mirar la Luna y reflexionar sobre la vida y la muerte. Una vez me preguntó si yo pensaba en la muerte. Yo era muy joven, pero le respondí que sí. Entonces, ella quiso saber si yo creía que existía un cielo. “Quizás sí, quizás no”, le respondí. Ella me dijo que no sabía si existía el cielo, pero que en los últimos tiempos había vivido suficientemente en el Infierno y eso le hacía pensar que también merecíamos el Paraíso”.
Muchas preguntas se sucedieron entre la multitud. Natán, solícita, daba consejos para evitar las callosidades en los pies, triunfar en el trabajo y el amor, enseñar a los niños a ser exitosos en la escuela.
“¿Qué vino a enseñarnos doña Manuela?”, preguntó una dama vestida de rojo. “A ser libres”, respondió de inmediato Natán.
Dijo que Simón Bolívar y los pueblos que lo siguieron habían dado muchas batallas contra el imperio español y que no era justo que, al final, no conociéramos la gloria. Les hizo ver que las guerras de Bolívar habían abarcado un territorio mayor que el de toda Europa y que, a diferencia de otras conflagraciones mundiales, habían sido batallas por la libertad.
La luna de Paita pareció acercarse más a la Tierra. Daba la impresión de que no hablaban en Paita sino sobre la superficie del satélite.
“Esas batallas no han terminado ni terminarán en muy breve tiempo. Doña Manuela vino a decirnos que la guerra sigue. No es una guerra entre vecinos, es el último levantamiento de los condenados de la Tierra. Eso vino a decirnos doña Manuela, pero yo no le entendí del todo”.
Por fin, Natán ordenó que la llevaran hasta su casa porque se sentía agotada y declaró que ya había vivido demasiado tiempo, que iba a dejar todos sus recuerdos y bendiciones sobre la gente y que se iba a soñar con su infancia y su vida al lado de Manuela y Jonatás, hasta que, por fin, el sueño fuera algo más que sueño. Al tercer día, bostezó largamente, y se quedó dormida para siempre.

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