
La anterior cita proviene del prólogo de la novela El reino de este mundo, del escritor Alejo Carpentier, para resaltar, en la prosa fantástica, la realidad barroca, sinusoidal y siempre cambiante de nuestro continente. El Perú, estos días, volvió a ser el epicentro práctico de la tesis del escritor cubano. En menos de 24 horas, un precandidato presidencial fue repudiado masivamente en una visita al interior del país, una legendaria orquesta de Cumbia fue atacada con una ráfaga de metralleta durante un concierto, y una presidenta, la más duradera de los últimos 10 años, perdió en cuestión de minutos el andamiaje político que la sostenía en el poder.
Dina Boluarte pasará a la historia con facilidad como una de las personas más nefastas en ocupar la presidencia del Perú. En sumatoria su notoria incapacidad de gestión, se hablará de su cinismo y frivolidad; su pedantería e inminente cercanía con el mundo criminal, y como no, de las evidentes pruebas en su contra relacionadas a la muerte de 50 peruanos entre diciembre del 2022 y enero del 2023. Sin embargo, la banalidad y vileza que rondó por los pasillos de Palacio de Gobierno siempre fueron un sinónimo de paz en el mundo de Boluarte. Se sintió siempre muy bien protegida por sus abogados, ministros chalequeadores y por supuesto, los 130 aliados que al parecer tenía en la Plaza Bolívar.
El jueves 9 de octubre, no obstante, la paz de Boluarte empezó a desmoronarse de una manera increíble, calcada casi a perfección de la tesis sobre lo inesperable de Carpentier. Al comienzo de la jornada, lo agendado no parecía más que una jugarreta protocolar para que el gobierno y sus secuaces parlamentarios pudieran continuar con su rutina de maquillar su complicidad con el descalabro generalizado del país. Eduardo Arana, el todavía Premier de Boluarte, se presentó ante el parlamento para dar descargos sobre la situación de la lucha contra el crimen desbordante que agobia al país. Fue ahí, cuando lo real empezó a disolverse en los ojos de Boluarte.
Cerca del mediodía, Susel Paredes había iniciado la recolección de firmas para presentar una moción de vacancia. La octava contra esta presidenta. Paredes fundamentaba su moción en una lista de bochornosas faltas de Boluarte; Los Rolex, El cofre, los repetidos abandonos de cargos, las cirugías a escondidas, el descalabro en la gestión pública, y por supuesto, la inexcusable incapacidad de lucha contra el crimen organizado. Al rato se sumó, con una moción separada, Renovación Popular. Pasaban las horas, los rumores avanzaban. La realidad, como en los libros de Carpentier, parecía torcerse. ¿Y si sí? ¿Y si pasa hoy? ¿La semana que viene? “Ni hablar Acuña y Keiko se suman”. Ya entrada la tarde el iniciado el pleno parlamentario de la tarde, se empezó a volver evidente lo que Boluarte, hasta seguramente esa mañana, creía imposible. Se sumaba un partido, se sumaba el otro.
La solidez del régimen se desvanecía en la Plaza Bolivar. Zumbaban por todas las redes sociales un sinfín de comunicados, congresistas declarando en el Hall de Pasos perdidos, otros en canales. Para entonces, Boluarte, atrincherada en su soledad, veía la paz de Palacio de Gobierno desbarrancarse en cuestión de minutos y su nueva realidad tomaba nitidez. Esta vez, en sus términos, no bastaría con no contestar el teléfono para evitar lo que la amenazaba.
Al poco rato, el Congreso de la República admitió a trámite la Moción de Orden del Día de Paredes. La admitió con cuatro quintas partes del número de congresistas hábiles. La procesó esa misma noche; y sin esperar al día 10 de octubre del 2025, Dina Boluarte, con 115 votos, fue declarada en incapacidad moral permanente y despojada de la Presidencia de la República.
Es difícil decir hoy por hoy porque la columnata de acero que sostenía a Boluarte se corroyó en tan pocas horas. Fueron ocho las intentonas que tomó deshacerse de una presidenta que no hizo más que darnos a los peruanos razones para desaprobarla en todos los términos. Ninguna moción había antes siquiera logrado 33 firmas, lo necesario para siquiera poder presentar una moción en el Congreso. Boluarte tenía muchos aliados en la Plaza Bolívar. Keiko Fujimori, Cesar Acuña, Rafael López Aliaga e incluso Vladimir Cerrón. Todos, por razones muy distintas, encontraban beneficio con la estabilidad de la inquilina de la Casa de Pizarro. ¿Habrá sido el atentado contra Agua Marina la gota que derramó el vaso? ¿Habrá asustado a el rechazo masivo que Phillip Butters generó en Puno, una región menospreciada e insultada sistemáticamente por Boluarte y sus secuaces, al pacto mafioso? ¿Habrán visto en el congreso en la vacancia, una herramienta de control político diseñada para uso in extremis, un rutinario ejercicio para hacerse con rédito político de cara a las elecciones de Abril?
El liderazgo del país recae hoy en un francamente desconocido José Jerí. Un dirigente de Somos Perú de tan solo 38 años y nula experiencia en el Poder Ejecutivo. Un accesitario, cómica y anecdóticamente de Martín Vizcarra, y un acusado por una presunta violación sexual, es lo que parece ser el nuevo maquinista en jefe de la coalición malhechora que conduce al Perú. Deja en la presidencia del congreso a otro accesitario, Fernando Rospigliosi, responsable de promover leyes que seriamente afectan el acceso a la justicia de miles de peruanos víctimas de abusos del Estado y las FFAA. ¿Es el resultado de esta crisis un status quo más popular, o al menos, legítimo? La verdad que no.
El congreso de la República continúa siendo desaprobado casi universalmente por todos los peruanos, cerca del 95%; y la dupla Jerí-Rospigliosi no llegó a sumar ni 30,000 votos preferenciales de manera conjunta si retrocedemos a las elecciones del 2021. Dina Boluarte se sumará pronto a la lista negra de la historia del Perú, pero sus remplazantes no parecen pertenecer a una categoría distinta que la ex-Perulibrista, quien ahora tendrá que responder por sus vínculos con el caso Los Dinámicos del Centro.
Me temo que la vacancia de Dina Boluarte no soluciona los graves daños que ella y el congreso le han hecho a nuestro país. Nada en nuestra vista parece ser capaz de desenvalentonar al Crimen Organizado que hoy arrasa con las aspiraciones de millones de peruanos que salen a trabajar. Nada traerá a los hijos y hermanos que su régimen masacró en Puno y Ayacucho. Nada podrá, al menos en el corto plazo, devolvernos el profesionalismo y la decencia que había en la Administración Pública nacional, algo que nos había costado muchísimo construir. El futuro no es brillante, y abril del 2026 parece ser un punto de vía mientras navegamos por el sinsentido realista del Perú, esa con la cual Alejo Carpentier genialmente nos diagnosticó. Pero si de al menos algo podemos estar seguros, y quizá algo contentos, es que Dina Ercilia Boluarte Zegarra nunca más tendrá en sus manos las riendas de nuestro país.
Y eso, amigos, fue un día más de lo real-espantoso, en esta tierra de lo real-maravilloso.

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