
Gustavo Petro está llevando a Colombia a un terreno internacional errático. Lo acabamos de ver en su manejo de la relación con Perú en la frontera, que ha oscilado entre lo agresivo y lo reflexivo. En otras cosas, Petro es a la vez radical e institucionalista.
Pero a diferencia del Club Boluarte, a Colombia no se le ocurre descolgarse de la CIDH. El actual gobierno colombiano, que durará hasta agosto próximo, ha venido tolerando el juego de Nicolás Maduro, que consiste en protegerse con la frontera colombiana, para proyectar la imagen de un chavismo menos aislado de lo que está.
La maniobra ha llegado al extremo de movilizar 15,000 efectivos hacia esa frontera. Los mismos chavistas que hace no tantos años apoyaban a las FARC de los dos lados de esa frontera, ahora buscan aliarse con el Estado colombiano, para limpiarse de serias acusaciones de narcotráfico. Todo esto promovido por los barcos y aviones que han aparecido frente al mar de Venezuela, buscando narcos. Quizás en la propuesta militar binacional hay un intento de neutralizar el peligro que podría representar Colombia para Maduro.
Es decir, aprovechar para Caracas el último año de un gobierno de izquierda que probablemente no volverá a repetirse en un buen tiempo. No olvidemos que Colombia es “miembro global” de la OTAN desde el 2017, y quizás Petro no logre retirar a su país de allí antes de irse. La primera reacción de Petro fue apoyar a Maduro frente a Washington, en lo que en él viene a ser un natural reflejo antiimperialista. Primero se alineó con Maduro, y dijo que un ataque a Venezuela lo sería también con toda América Latina y el Caribe, aparece declarando Petro en The Financial Times. Pero luego hubo un radical cambio. “Es falso,” dijo que busquemos unir las Fuerzas Armadas de Colombia y Venezuela. Lo que queremos es coordinar la lucha contra el narcotráfico”.
Con lo cual da la impresión de estar alineado con la expedición naval de los EEUU al sur. Esto mientras firma un memorando de entendimiento para una zona binacional con la Venezuela de Maduro. A pesar de su carácter errático, Petro tiene conciencia de que su mandato está enmarcado en la institucionalidad de Colombia.
Su reacción ante el diferendo con Perú es referirse a las instancias de la justicia internacional, no negarlas, como hacen algunos en el Perú, paradójicamente en nombre de la soberanía, entendida aquí como la impunidad de los gobernantes.

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