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Opinión

La taquilla informal de Machu Picchu, por Mirko Lauer

Los empresarios, es decir, los inversionistas, vienen protestando desde que el problema comenzó. Pero el gobierno no se da por aludido.

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Mirko Lauer

El tema de la venta informal de entradas a Machu Picchu todavía no se resuelve. La informalidad está signada por la venta libre de entradas a la ciudadela, un trámite comercialmente opaco e incómodo para los visitantes. Los vendedores en esta dudosa modalidad ganaron su espacio movilizándose contra los boletos electrónicos, de uso en el mundo entero.

No se sabe por qué el Estado entrega al negocio de la venta libre unos mil boletos, cuya compra exige que los turistas hagan colas, en lugar de hacer expeditivas compras electrónicas. Los boletos físicos no logran ser todos vendidos, pero eso no hay cómo controlarlo, claro. Se habla de 350 boletos que quedan sin vender.

El tema es más amplio que Machu Picchu. Tiene que ver con el ordenamiento de todo el sector del turismo histórico y arqueológico en el país. Podemos terminar con todas esas entradas en manos de versiones de los proverbiales revendedores deportivos. Menos impuestos pagados, peor servicio, espacios que propician la corrupción.

En Cusco, y en torno al Cusco, todos los operadores más serios se están quejando. Pero el Ministerio de Cultura y las autoridades locales no logran imponer sus fueros. Algunos boletos suponen una espera de dos días, pagando hotel y comida, para entrar a la ciudadela. Algo parecido está pasando para conocer otros centros arqueológicos.

Los empresarios, es decir, los inversionistas, vienen protestando desde que el problema comenzó. Pero el gobierno no se da por aludido y siente que, al comprarse la calma social con el reparto de mil boletos, está resolviendo el problema. ¿Qué le está impidiendo ir a un sistema de venta moderno, cómodo y fácil de fiscalizar?

Quien haya visto aglomeraciones de turistas esperando su turno para el acceso no puede, sino sospechar que ese es un río revuelto que se presta a la corruptela. En todo caso, no es un sistema, por así llamarlo, que propicie un reparto equitativo de la taquilla turística. Más bien alienta privilegios mafiosos.

Si hasta el más modesto espectáculo en el país se maneja con una eficaz boletería electrónica, es obvio que una de las principales taquillas del Perú debe hacer lo mismo. Todavía sorprende que el Mincul y las autoridades cusqueñas se hayan dejado torcer la mano en este tema.

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