
La frase “fue el último discurso”, que ha venido siendo repetida frente al pasado mensaje a la Nación, alude a que ya termina la presidencia de Dina Boluarte. Lo cual es obvio, pero viene con su retintín de drama personal, en la medida en que la buena suerte que le deparó la estupidez de Pedro Castillo ya tiene fecha de cancelación.
Pero puede no ser tan mal año. No se va a esperar mucho de su gestión, pues “ella ya parte”. Con el mismo argumento, en sus últimos meses Alejandro Toledo rompió una racha de ínfima aprobación y se fue con algo así como 30 % en el bolsillo. Para eso, Boluarte tendría que poner algo de su parte, como autocriticarse por sus pecadillos políticos. No puede cometer nuevos.
Tal vez su tarea políticamente más rentable será acopiar capital parlamentario. Por ejemplo, canjear favores en el 2026 por buenos lugares en algunas listas o dedicarse a impulsar, dentro de lo que permite la ley, a Ciudadanos por el Perú, el partido del hermano Nicanor. Por caída que esté, un discreto endoso presidencial puede ayudar a llegar a alguna parte.
Si bien va a seguir necesitando la aprobación del Congreso, Boluarte podría pisar el acelerador de los viajes, al exterior o a lugares selectos —en el sentido de aislados y bellos— dentro del país. Después de todo, ya pasó el invierno de su descontento, y lo que le queda en el tiempo es más o menos una primavera y un verano completos. A partir de allí: pata coja.
Otra cuestión que se le plantea es si quiere ser recordada como promotora de los ministros que ahora la adornan. Con muy pocas excepciones, van a pasar a la historia como sobonetes, cuando no como artistas de la frase infeliz. Un robusto cambio en el gabinete hacia fin de año la ayudaría mucho a remozar su presidencia, si no en el fondo, al menos en la forma.
Es inevitable que sus enemigos, y varios de sus amigos, al verla debilitada por los plazos, empiecen un ataque sostenido contra ella. Si se defiende bien, esa puede ser su mejor hora. Para entonces, con buenos abogados, estará al filo de la libertad, y podrá subirse al avión que le dé la gana, con grandes ciudades esperándola.

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