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Opinión

En busca de la gallada, por Camila Vera

“Abrazas, brindas, agradeces. Entre platillo y platillo —entre ceviche y tollito—, deseas que el sol brille así, enérgico...”


VERA

Un día el centralismo salta del noticiero a tu DNI y ahora tu nuevo domicilio te convierte en un visitante de tu ciudad. Tejes la vida profesional con el cuidado de no romper, incluso a kilómetros, el único hilo que te sujeta al origen: la familia. La de sangre y la proclamada entre la gallada. La gallada —el grupo, la camaradería— es un término que habita en las estrofas de ‘La perla del Chira’, el tondero insignia de Piura, y ya no en el vocabulario de sus habitantes. Sin embargo, es un arcaísmo que resucita con un play cada vez que el foráneo en Lima diagnostica un bombardeo sentimental.

Conquistas glorias que quepan en la maleta tamaño turista, la cual has reservado para cuando llegue la hora de hacer cumplir ese derecho constitucional de todo trabajador subordinado: las vacaciones. Una vez comprado el pasaje, sientes que la única frontera entre una localidad y otra es un calendario. Ya casi, ya casi.

Llegas —es decir, retornas— y tu mejor amigo estrena paternidad, hay sucursales de Mass y Tambo en tu barrio, la obra de modernización, con un avance al 80%, te impide sentarte en la plaza de Armas, el precio del helado de El Chalán es más alto y una estatua de la Virgen del Perpetuo Socorro que antes estaba en un atrio hoy es parte del jardín contiguo a la iglesia de tu infancia. Los cambios te hacen sentir más visitante, más necesitado por identificar una raíz debajo de un polvo violento, una de las constancias en la Ciudad del Eterno Calor.

Abrazas, brindas, agradeces. Entre platillo y platillo —entre ceviche y tollito—, deseas que el sol brille así, enérgico, sobre tu distante pedazo de cielo alquilado. Usas tazas y platos que midieron tu valentía en etapas de ira: la adolescencia y la universitaria, cuando no te inquietabas, como ahora, por los zancudos. ¡Plas, plas! Palma contra brazo, palma contra pierna. Te rascas. Haces silencio. Al final, hablas en segunda persona porque la primera se quedó en un sitio que ya no te pertenece.

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