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Opinión

Ódiame por piedad, yo te lo pido, por Augusto Álvarez Rodrich

Es crucial tender puentes para erosionar un odio ancestral.

larepublica.pe
Ódiame por piedad, yo te lo pido, Augusto Álvarez Rodrich

Psicólogos y sociólogos podrían explicarlo mejor, pero (me) parece que el odio es hoy un rasgo crucial en las relaciones de toda índole en el Perú.

El odio estuvo presente en las protestas de hace unos meses, varias de ellas —pues, aunque parecían una, fueron muchas, distintas una de otra—, sin una plataforma fácil de precisar. Y también hubo odio en la represión de estas en algunas partes del país.

Al igual que hay odio en la forma y desconfianza con que discurre la política, o en la manera como se vinculan los ciudadanos, para no hablar del belicismo que domina las redes sociales.

Pensaba en eso en estos días, y ayer me llegó un artículo del escritor Luis Fernando Cueto Chavarría (El odio nuestro de cada día) escrito en plena elección 2021, que no había leído, con elementos interesantes sobre el tema:

“Nunca se había visto tanto odio como ahora”, en medio de la segunda vuelta entre “una mujer sicópata, obsesionada por el poder, lideresa de un clan criminal” y “un profesor semianalfabeto, que tiene en la mente una melcocha de ideas socialistas obsoletas, desde el marxismo arcaico hasta el pensamiento Gonzalo, y no tiene luces ni para dirigir una escuela primaria”.

Cueto refuerza su tesis diciendo que “ambos han llegado hasta donde están por el voto de la frustración, del resentimiento, del rechazo al país, del váyase todo a la porra. Son productos del odio: de la derecha odiadora que odia a la izquierda odiadora. Y viceversa”.

Sobre el origen de este odio, Cueto recurre a María Rostworowski para explicar por qué, pese a todos los embates en nuestra historia, aún sobrevivimos como nación. ¿Saben por qué? Porque no somos una nación y, entonces, no puede desaparecer lo que no existe desde el Tahuantinsuyo, por un imperio militarista, elitista y semiesclavista, donde, por eso, cañaris, chachapoyas, huaylas, huancas, odiaban a los incas.

Odio que, felizmente, no es indiferencia ni desamor. Como dice el vals: Ódiame por piedad yo te lo pido/Ódiame sin medida ni clemencia/Odio quiero más que indiferencia/Porque el rencor quiere menos que el olvido (...) Pero ten presente de acuerdo a la experiencia/Que tan solo se odia lo querido.

Hoy es crucial el desafío de tender puentes contra un odio ancestral.

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