Cultural LR cuenta con un staff de redactores capacitados para informar sobre las novedades culturales acerca de literatura, teatro, ferias y más. Este contenido pasa por una revisión minuciosa a cargo de los editores de este espacio para garantizar un artículo confiable.
El mar se acabó y comenzó el Viejo Mundo. En el barco llegaba a Lisboa Gómez Suarez de Figueroa, quien después sería conocido como Garcilaso de la Vega.
Esta era la primera etapa del viaje que emprendía nuestro compatriota, cuyo objetivo era ver al rey de España y solicitarle que reconociera los servicios prestados a la Corona en el Perú por su fallecido padre Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas.
Nos lo contó con pelos y señales, y como si hubiese estado ahí presente, José Antonio Mazzotti, quien era el organizador de un congreso sobre el Inca que se celebraría en Sevilla, en septiembre del 2008.
Fallecido hace dos años, Mazzotti, el mayor de los investigadores sobre el tema y también mi fraternal amigo, me propuso hacer un libro sobre el evento. Obviamente acepté y publicamos Garcilasismo creativo y crítico: nueva antología (Axiara Editions). De ese libro, y de mi mala memoria, provienen estos recuerdos.
Al llegar a la capital del imperio portugués, lo primero que se dibujó en el aire fue la deslumbradora torre de Belém.
Lo que primero llamó la atención de Garcilaso fue un rinoceronte de piedra. No tenía conocimiento de que existiera esa raza animal. Gualterio Palacios, su amigo y acompañante, le explicó que el primer ejemplar había llegado de la India.
-Nuestros colonos se lo enviaron al rey.
Elefantes había ya en Lisboa, pero el rinoceronte era una bestia inimaginable. Viajeros de uno y otro país iban exclusivamente a visitarlo, y su fama llegó hasta el propio papa León X, quien expresó su deseo de conocerlo.
-El rey, con gran pesar de su parte, embarcó a su querido rinoceronte en una travesía hacia Roma. Lamentablemente, una tempestad hundió el barco y mató a toda su tripulación. El cadáver del rinoceronte fue rescatado y, en su homenaje, Manuel I mandó cincelar una bestia de piedra en el baluarte.

Garcilaso de la Vega. Imagen: Historia peruana.
Después de tocarlo y olerlo, Gómez Suárez se puso delante de él y le preguntó al capitán Palacios:
-¿Me parezco a él? ¿Soy yo también un rinoceronte?
Se refería al escaso conocimiento que había en Europa acerca de los hombres que habitaban América.
Según la imaginación popular, algunos de ellos tenían cabeza de perro y ladraban en vez de hablar.
En América caminaban hombres con un ojo en la frente y otros marchaban con cascos de caballo. Los había sin nariz, de cara plana, sin boca, y eran dueños de un orificio por el cual respiraban, bebían y comían.
Quienes no habían salido de la península preguntaban a los viajeros si se habían encontrado con hombres de una sola pierna que saltaban con la agilidad de los conejos o con sujetos de pies invertidos a quienes no importaba adónde iban sino de dónde venían.
De acuerdo con ellos, pululaban en ese otro mundo personas que veían mejor de noche que de día, y hombres de pelo blanco en la juventud y negro en la vejez, quienes aprovechaban la sabiduría de la edad para emprender aventuras amorosas.
No hablar el mismo idioma de los colonizadores ni darle el mismo nombre a la divinidad revelaba, por un lado, carencia del lenguaje y, por otro, escasez de Dios, y, por eso, tales hombres no podían ser dueños de nada y habitaban sus tierras sin derecho alguno. Ese razonamiento hizo fácil al papa Alejandro VI firmar la bula en que entregaba esas tierras -supuestamente sin dueño- a los reinos de España y Portugal.
Había tenido que pasar medio siglo desde la llegada de Colón para que, en 1537, la bula papal de Pablo III declarara que los indios americanos eran hombres verdaderos, racionales y dotados de alma.
Sin embargo, la declaración del papa no era conocida por todos.
-Capitán, en Cusco, mi tierra, cuando nacía un mestizo, la comadrona le contaba los dedos de los pies por temor de que hubieran nacido con once, doce o más.
-Y usted, Garcilaso, ¿cuántos dedos tiene?
-Es posible que me tomen por un rinoceronte.
El Inca, que por entonces tenía veintidós años, llegó después a Madrid, pero no consiguió lo que buscaba.
Por fin, el licenciado Lope García de Castro, presidente del Consejo de Indias, le espetó en su cara que su padre era un traidor.
Felipe II no lo recibió. Acaso, el primer mestizo de América, el futuro autor de los Comentarios Reales de los Incas -y uno de los tres escritores más importantes de su siglo, junto con Cervantes y Shakespeare-, se quedó pensando: “Sí, tal vez soy un rinoceronte”.
Cultural LR cuenta con un staff de redactores capacitados para informar sobre las novedades culturales acerca de literatura, teatro, ferias y más. Este contenido pasa por una revisión minuciosa a cargo de los editores de este espacio para garantizar un artículo confiable.