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Opinión

La rebelión de la periferia, por Efraín Gonzales de Olarte

“La solución histórica sería la de asumir el reto de darles más poder a las periferias, lo que pasaría por elecciones adelantadas, seguido de un diálogo nacional”.

larepublica.pe
“La solución histórica sería la de asumir el reto de darles más poder a las periferias, lo que pasaría por elecciones adelantadas, seguido de un diálogo nacional”.

El Perú está organizado geográfica, económica y socialmente en un sistema centro-periferia. Lima es el centro nacional y el resto de regiones y provincias es la periferia. Sin embargo, en cada región cada ciudad –de acuerdo con su tamaño– es un centro de una periferia rural o de ciudades más pequeñas. La economía y la sociedad se organizan social y espacialmente dentro de este sistema.

El Perú tiene un sistema centro-periferia inservible para el desarrollo regional y local, que subyace al profundo descontento social reflejado en las protestas y marchas en todo el territorio nacional, que a estas alturas configuran una rebelión de la periferia.

Sus principales características económicas son: 1. El producto per cápita promedio de Lima es 4 veces más grande que del resto de regiones. 2. El crecimiento de Lima es divergente del crecimiento del resto del país, es decir, la brecha económica se va haciendo cada vez más grande en el tiempo. Esta divergencia se repite entre los centros y las periferias de las regiones. 3. El crecimiento de Lima no necesariamente genera crecimiento del resto de regiones, tampoco el crecimiento del resto de regiones genera el crecimiento de Lima. El mismo patrón se repite en cada región del Perú, pues las relaciones económicas entre las ciudades y sus entornos rurales son muy débiles.

4. El producto per cápita de Lima es 5 veces más grande que el de Puno, Apurímac, Ayacucho, Huancavelica. 5. El ingreso de un trabajador urbano es 3 veces mayor que el de un trabajador rural. Esto no debería suceder en una economía de mercado. 6. Estos datos se sintetizan en el índice de desarrollo humano de Lima que es 0.7, mientras que el de Apurímac es de 0.4. Esta es una diferencia parecida a la que hay entre países europeos y africanos, es decir, existe una gran desigualdad en el desarrollo humano entre peruanos del centro y de las periferias. 

Estas cifras nos muestran las abismales diferencias que hay entre vivir en Lima o vivir en Puno o Apurímac rural. Las protestas provienen de esta realidad y de la percepción de que con los anteriores gobiernos o con el actual y con el Estado no hay esperanza para mejorar, y que se requieren cambios de fondo. Por ello, las protestas se prolongan y se convierten en una voz que hay que escuchar.

Las periferias han tomado conciencia política de las desigualdades, de la exclusión económica y de la falta de una respuesta a su situación y se han revelado. Por ello, apoyaron a un representante de las periferias como presidente de la república y quienes votaron por él tenían grandes expectativas de que estando en el gobierno alguien cercano cambiaría las cosas. Pedro Castillo no solo no dio la talla, sino que no tenía idea de cómo funciona nuestro país y su dinámica territorial, tampoco los otros gobiernos.

La simbólica “toma de Lima”, en realidad, habría que interpretarla como la necesidad de la periferia de ser escuchada por el centro. Por ello, las marchas han convertido a la periferia en un actor político, que espera una respuesta del centro, del Gobierno, del Estado, en una coyuntura especialmente crítica, en la que se puede definir el futuro del Perú y de la mayoría de nosotros, sobre todo de los que viven en las periferias, que son los más pobres.

La solución histórica sería la de asumir el reto de darles más poder a las periferias, lo que pasaría por elecciones adelantadas, seguido de un diálogo nacional capaz de romper nuestros códigos de comportamiento social, excluyente y adjetivado (terruco, DBA, DBI), admitir las diferencias, conversarlas y llegar a acuerdos, y obviamente relanzar la descentralización con el propósito de integrar económica y socialmente los centros con sus periferias. Esta sería la salida política para cambiar el contrato social que tenemos y canalizar la enorme energía social que tienen las periferias. 

La otra es la de un Gobierno cívico-militar, que no cambie nada, amplíe las brechas y nos dirija a ser un país inviable.

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