
Algunos creen que la diplomacia es el arte de hablar mucho sin decir nada, con la suficiente vaguedad como para dejar todas las puertas abiertas para luego poder tomar cualquier ruta, pero eso, si realmente fuera cierto, lo cual dudo, es un grave error cuando se requiere ser claro y directo como, sin duda, lo demanda una circunstancia dramática como el condenable bombardeo e invasión de Rusia a Ucrania.
Es imposible dejar de advertir que el presidente Vladímir Putin ha actuado de manera taimada, en una combinación de la amenaza con la mentira, como un criminal mafioso con una embestida con la que pretende, mediante el uso de la fuerza, restablecer el imperio de la Unión Soviética.
La invasión de Putin constituye un acto repugnante que afecta la idea de la soberanía de las naciones, y que pone al mundo en una encrucijada compleja al borde de una tercera guerra mundial. Rusia se está apoderando de Ucrania, pero no es muy claro en este momento hasta dónde pretende llegar.
La agresión imperial de Putin requiere una respuesta clara e inequívoca como, por ejemplo, la del presidente electo de Chile, Gabriel Boric, quien ayer tuiteó: “Rusia ha optado por la guerra como medio para resolver conflictos. Desde Chile condenamos la invasión a Ucrania, la violación de su soberanía y el uso ilegítimo de la fuerza. Nuestra solidaridad estará con las víctimas y nuestros humildes esfuerzos con la paz”.
La agresión imperial de Putin no requiere, en cambio, una respuesta tibia como, por ejemplo, la del presidente Pedro Castillo: “Creo importante llamar a la unidad de los pueblos en el mundo. Que los conflictos se desarrollen en el marco diplomático, que no se inviertan en balas, que no se inviertan en municiones, que se inviertan sentándonos a conversar para atacar a estos enemigos comunes que tenemos en todo el mundo. Estos enemigos como son la pobreza, la desigualdad, las enfermedades”.
Es una respuesta tan insustancial como la de Torre Tagle y la representación del Perú en la ONU, sin la claridad que demanda un momento como este, y que parece propio de un gobierno de una izquierda peruana a la que le cuesta tanto tomar distancia de gobiernos como los de Nicolás Maduro, Daniel Ortega y, por supuesto, Putin, de quien quizá se sienten sus hijos ideológicos.





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