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Opinión

La mano de un dios: sobre el poder del fútbol y un personaje trágico

Maradona también fue, en cierto modo, un antisistema. Era millonario, pero a la vez respondón, política e ingenuamente izquierdista si se quiere, áspero con los poderosos del planeta, incluyendo a la FIFA, ese aplastante organismo que tiene más miembros que la mismísima ONU.

Columna Meditamundo
Columna de Ramiro Escobar. Foto: La República

¿Cómo es posible que la muerte de un jugador de fútbol suspenda por unas horas, o días, el interés en el drama sanitario, en las crisis políticas o en algún conflicto armado? ¿Qué tienen el fútbol y Diego Armando Maradona para casi paralizar el planeta de ese modo? Supongo que en Bután, o en Vanuatu, el impacto de la noticia no ha sido tan grande. Pero tal vez supongo mal.

El fútbol no es solo un juego, un deporte, como a veces simplifican algunos comentaristas deportivos o ciertos académicos. Es un fenómeno socio-cultural intenso, prácticamente inevitable, abrumador. Y el jugador que ahora se ha ido con su pelota al cielo de los hinchas fue un héroe trágico en esa cancha, un hombre díscolo, en cuestión —siempre en cuestión—, pero a la vez un redentor de aspiraciones truncadas, un animal tan humano como la contradicción.

Maradona también fue, en cierto modo, un antisistema. Era millonario, pero a la vez respondón, política e ingenuamente izquierdista si se quiere, áspero con los poderosos del planeta, incluyendo a la FIFA, ese aplastante organismo que tiene más miembros que la mismísima ONU. Se desbarrancó hacia el mundo de las drogas, aunque desde allí siguió clamando contra esa sociedad que lo había encumbrado y al mismo tiempo sumido en uno de sus huecos negros.

No solo su mano era considerada divina, sino que él mismo era visto como un ser celestial, al punto de haber inspirado la Iglesia Maradoniana, que desde 1998 fue creciendo en Argentina y en otros países, sin necesidad de que él se fuera de este mundo para ser ungido por sus fieles. Desde ese altar tan simbólico como real, se dio maña y libertad para criticar a los políticos de toda laya, a los ricos, al propio Vaticano como si le disputara la espiritualidad de la especie.

Una vez le dijo a Mauricio Macri que “por más bombas de humo que tires, vos sabés que tus decisiones le cagaron la vida a las próximas dos generaciones de argentinos”. En otra ocasión, sentenció que Bush era un asesino y que por eso prefería ser amigo de Fidel Castro. Y también fue cercano a Hugo Chávez, a Evo Morales, a Nicolás Maduro incluso, por si faltara en su currículum la mayor herejía política contemporánea. Pero era un dios, al que se le entendía todo.

Y él lo sabía y driblaba la pompa del poder diciendo que los políticos eran “públicos” pero él era “popular”, una verdad inobjetable que nadie, ni el papa, se atrevió a cuestionar. Desde su corazón infantil crecido en el modesto barrio de Villa Fiorito, donde la patrona es la Señora de la Abundancia, desafió un destino quizás mísero, para que esa palabra —abundancia— se vuelva carne en su vida. Así fue, en términos monetarios y por sus copiosos dramas personales.

Maradona no ha sido el único héroe trágico del fútbol. También lo fue el mítico jugador brasileño ‘Garrincha’, que jugaba como un diablo a pesar de tener una discapacidad en las piernas y murió alcoholizado y pobre apenas a los 49 años de edad. Pero ‘El Pibe de Oro’ ha sido mucho más: llevó su gloria y su historia tormentosa por todo el mundo, derrochó millones, disparó verbalmente contra los dueños del poder, hizo de su tragedia adictiva un asunto mundial.

Tal vez puso en escena, sin anestesia, algunos de las peores señales de este tiempo. Un tiempo donde el fútbol es más un negocio que un arte, donde un chico pobre ve en la pelota su única posibilidad de redención, donde las drogas elevan y demuelen a una persona, donde solo un futbolista famoso puede cantar algunas verdades crudas balbuceando. La magia de sus goles vino con todo eso, y de allí que hoy no sea extraña la conmoción global por su último suspiro.

Profesor de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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