
8.46 a. m. A esa hora, Manhattan estaba entrando a otro día de trabajo. Los ascensores de las Torres Gemelas trasladaban empleados a las oficinas, las calles comenzaban a llenarse y Nueva York iba agarrando su ritmo habitual de moverse a prisa. En pocos minutos, esa normalidad desaparecería. El mundo también cambiaría para siempre.
El primer avión impactó contra la Torre Norte a las 8:46. A las 9:03, un segundo aparato se estrelló contra la Torre Sur. Después fue atacado el Pentágono y, otro vuelo, el 93, cuyos pasajeros intentaron recuperar el control del avión, cayó en un campo de Pensilvania.
En suma, casi 3.000 personas murieron. La mayoría se encontraba trabajando en las torres o iba en los aviones secuestrados. También fallecieron centenares de policías, bomberos y miembros de equipos de emergencia que fueron al lugar.
Las imágenes de las torres en llamas y de su posterior derrumbe recorrieron el planeta. Imposible no acordarse de lo que uno hacía en ese momento y luego observar la TV, siguiendo paso a paso, el miedo, la destrucción, la muerte.
Para una generación de estadounidenses, ese día quedó asociado con una sensación de vulnerabilidad que hasta entonces parecía improbable en su territorio. La gran potencia tembló con la caída de las torres como sus calles y vías.
Vulnerabilidad y las guerras
Veinticinco años más tarde, las consecuencias siguen presentes en las guerras que se libraron en nombre de la seguridad, en el aparato de vigilancia construido dentro de los Estados Unidos, en los sobrevivientes, en una sociedad que aún intenta procesar aquel trauma.
EE. UU. había salido de la Guerra Fría como la única superpotencia. La década de 1990 había estado marcada por la expansión de un orden internacional liderado por Washington. Pero el 11-S lo cambió todo.
La primera reacción estadounidense fue de solidaridad internacional. El apoyo a Washington aumentó después de los ataques, incluso en buena parte del mundo árabe.
Pero la respuesta que siguió modificó esa percepción. En 2001 comenzó la invasión de Afganistán. Dos años más tarde, la administración de George W. Bush llevó la guerra a Irak. Acusó al régimen de Sadam Hussein de poseer armas de destrucción masiva. Armas que nunca fueron encontradas.
La intervención iraquí produjo una fuerte división entre los aliados de EE. UU. y deterioró la credibilidad internacional de Washington. Las torturas de Abu Ghraib, los centros clandestinos de la CIA y Guantánamo aumentaron el cuestionamiento.
La llamada Guerra contra el Terrorismo se convirtió en una empresa mucho más extensa que la persecución a Al Qaeda. Osama bin Laden fue abatido el 2 de mayo del 2011. Pero lo de Afganistán se prolongó durante dos décadas. Igual, la guerra de Irak dejó inestabilidad y contribuyó al surgimiento del Estado Islámico.
La seguridad en casa
Una transformación profunda ocurrió también dentro de las fronteras estadounidenses.
El atentado modificó la manera en que el Estado entendía su propia seguridad. La prioridad dejó de ser únicamente responder a un ataque y pasó a consistir en anticiparlo. Las emergencias, la inmigración y otros ámbitos comenzaron a ser abordados desde una perspectiva de seguridad nacional.
Al mismo tiempo, se ampliaron las capacidades de los servicios de inteligencia para recopilar información. La vigilancia electrónica y la obtención preventiva de datos adquirieron un papel central en la estrategia antiterrorista.
La legislación y las prácticas adoptadas después de ese 2001 contribuyeron a desdibujar la frontera entre la investigación criminal y la lógica de guerra. Con el tiempo, una parte de la sociedad comenzó a cuestionar los límites de esa arquitectura de seguridad.
Dónde está el enemigo
La percepción de la amenaza también evolucionó. Después del 11-S, el terrorismo extranjero ocupó durante años el centro de las preocupaciones estadounidenses. Luego, el temor se fue desplazando hacia el interior.
Pero el impacto en otros países fue terrible. Una cifra del proyecto Costs of War, que busca documentar los costos humanos, financieros y políticos de las guerras de EE. UU. posteriores al 11 de septiembre, estima que más de 900.000 personas murieron directamente por las guerras de respuesta al terrorismo tras los atentados.
Es decir, se puede observar el 11-S con una doble perspectiva. En EE. UU., la tragedia se recuerda principalmente por las víctimas de ese día. En Afganistán e Irak, millones de personas vivieron las consecuencias de las decisiones tomadas tras los ataques.
La memoria aquí, por tanto, tiene dos dimensiones: la de quienes murieron en Nueva York, Washington y Pensilvania y la de los pueblos que sufrieron la respuesta militar.
Impactos en la hegemonía
Otro hecho de estos 25 años: mientras Washington concentraba enormes recursos políticos y militares en Oriente Medio, China avanzaba.
En las décadas siguientes, la economía de Pekín creció a velocidad extraordinaria y se consolidó como principal potencia industrial y comercial. Es decir, China crecía y la atención estadounidense se centraba durante años en el Oriente Medio.
EE. UU. emprendió guerras, reorganizó su aparato de seguridad, amplió su vigilancia y modificó su concepción de las amenazas. Al mismo tiempo, se producía un cambio gradual del equilibrio mundial.
El mundo unipolar que parecía consolidado en 2001 dio paso a una competencia cada vez más intensa entre EE. UU. y China, con la resistencia militar de Rusia y la creciente influencia de potencias como India, entre otros.
Polarización en EEUU
Como una muestra del legado de las contradicciones, la memoria del 11-S no ha quedado al margen de la actual polarización política estadounidense.
Durante años, las ceremonias del 11-S fueron uno de los pocos espacios en el que republicanos y demócratas compartían escenario. Ya no es así.
Azuzados por líderes del republicanismo y simpatizantes de Trump, miles firmaron un documento para que el primer alcalde musulmán de Nueva York, Zohran Mamdani, no asista a las ceremonias.
Así lo hizo el alcalde de la ciudad durante los atentados y cercano al presidente, Rudolph Giuliani, quien rechazó la presencia de Mamdani con dureza, calificándola de "ofensiva".
Mamdani respondió asegurando que sí iría. Esta autoridad acaba de denunciar también la calidad del aire tras los atentados del 11-S y criticó a los líderes que dijeron que era seguro respirar ese aire tóxico.
Aparte del caso Mamdani también está Donald Trump. Ha decidido no ir a la ceremonia.
¿El motivo? Quiere dar un discurso, pero, desde 2012, los organizadores ya descartaron que hablen los políticos. Entonces el presidente cambió de idea y decidió ir a la ceremonia que se realizará en el Pentágono. Allí hablará a su gusto.
Con todo ello, este jueves recordar el 11-S exige algo más que mirar las imágenes de las Torres Gemelas.
Implica preguntarse cuánto del mundo construido bajo el impacto del miedo define este presente de incertidumbre, traumas y conflictos.
A las 8:46 de esa mañana del 11 de septiembre comenzó una nueva etapa. 25 años después, aún vivimos algunas de sus consecuencias.





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