
Por primera vez desde que existen registros comparables, África desplazó a Asia como el continente con mayor cantidad de personas que padecen hambre. El dato, contenido en el informe 'El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026' (SOFI), elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS), marca un punto de inflexión en la geografía de la inseguridad alimentaria y refleja el deterioro que atraviesan numerosas economías vulnerables.
El estudio estima que durante 2025 alrededor de 645 millones de personas, equivalentes al 7.8% de la población mundial, sufrieron hambre. Aunque la cifra representa una leve mejoría respecto a años anteriores, continúa siendo 61 millones superior a la registrada antes de la pandemia de COVID-19. El avance resulta insuficiente para cumplir el objetivo de desarrollo sostenible que plantea erradicar este problema antes de finalizar la década.
El continente africano alberga actualmente 309 millones de personas subalimentadas, frente a los 292 millones de Asia. Paradójicamente, este cambio no obedece a un aumento de la proporción de habitantes afectados, sino al acelerado crecimiento demográfico, especialmente en África subsahariana. La prevalencia del hambre incluso descendió ligeramente, del 20.3% al 20%, pero la expansión poblacional terminó inclinando la balanza.
La situación responde a una combinación de factores que se retroalimentan. Los conflictos armados, las sequías e inundaciones cada vez más frecuentes, la elevada deuda pública y la fuerte dependencia de las importaciones agrícolas han reducido la capacidad de millones de familias para acceder a una alimentación adecuada. En consecuencia, dos de cada tres africanos no pueden costear una dieta saludable, una proporción que duplica ampliamente la observada en Asia y América Latina.
El panorama se agrava por la confirmación, por primera vez en un informe de Naciones Unidas, de condiciones de hambruna en Gaza y Sudán, dos territorios donde millones de personas enfrentan una situación alimentaria catastrófica.
Pese a que las estadísticas reflejan una ligera reducción del hambre durante 2025, los organismos internacionales advierten que los datos todavía no incorporan plenamente el impacto de los conflictos más recientes ni de las crecientes tensiones geopolíticas.
Especialistas de la FAO y del FIDA alertan que la guerra en Oriente Próximo, las restricciones al comercio internacional, los problemas en el suministro de fertilizantes, la volatilidad de los mercados energéticos y los fenómenos climáticos extremos podrían provocar una nueva escalada en los precios de los alimentos durante 2026.
A ello se suma la reducción de la ayuda internacional destinada a los países más vulnerables, una combinación que amenaza especialmente a las naciones importadoras de alimentos, muchas de ellas ya afectadas por elevados niveles de endeudamiento y escaso margen fiscal para responder a una nueva emergencia.
El informe también pone el foco en una dimensión menos visible del problema: la calidad de la alimentación. Cerca de 2.700 millones de personas, es decir, una de cada tres en el planeta, no pudieron permitirse una dieta saludable durante 2025. El costo promedio de este tipo de alimentación alcanzó los 4.28 dólares diarios, muy por encima del umbral internacional de pobreza extrema.
Los expertos advierten que el incremento no responde únicamente a la producción agrícola. Entre el 70% y el 75% del precio final corresponde a las etapas de procesamiento, transporte, distribución y comercialización, lo que evidencia la necesidad de mejorar las cadenas de suministro y fortalecer los mercados locales.
A cuatro años del plazo fijado por la Agenda 2030, las proyecciones son poco alentadoras. Entre 510 y 520 millones de personas seguirán padeciendo hambre al final de la década y más de la mitad vivirán en África si no se aplican políticas más eficaces.
No obstante, el informe también identifica experiencias exitosas. Asia y América Latina han logrado reducir sostenidamente la desnutrición gracias a programas de protección social, apoyo a la agricultura familiar, alimentación escolar y fortalecimiento de la producción local. Brasil aparece como uno de los principales ejemplos de cómo una estrategia integral puede revertir esta problemática.
Para los organismos internacionales, la lección es clara: construir sistemas alimentarios más resilientes, menos dependientes de mercados externos y capaces de garantizar el acceso a alimentos nutritivos será decisivo para evitar que el hambre vuelva a expandirse en un escenario global marcado por la incertidumbre económica, las tensiones geopolíticas y la crisis climática.





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