
En 2010 se descubrió en China que unas 180 mil dosis de vacuna contra la rabia, un problema de salud pública muy importante en ese país, eran ineficaces.
Las vacunas las había fabricado la compañía Jiangsu Yanshen, de propiedad de un hombre llamado Du Weimin, un ambicioso empresario, hijo de agricultores, que había incursionado en el negocio farmacéutico a inicios de los 2000.
Lo que no se supo hasta varios años después fue que los reguladores chinos ocultaron la verdad de las vacunas defectuosas al público, mientras el señor Du se deshacía del problema y vendía la empresa a otro fabricante de medicamentos.
El destape lo hizo en 2014 un periodista de investigación, a quien, de inmediato, el magnate demandó por difamación.
Las cosas terminaron como suelen terminar para el periodismo en China: el periodista fue condenado y su medio tuvo que eliminar el artículo y pagar una multa. La sentencia, paradójicamente, fue emitida en el día de los periodistas chinos.
El reportero dejó el periodismo un año después.
Quizás lo más increíble fue que, en 2016, cuando el litigio aún no acababa, Du Weimin pagó a un funcionario del gobierno 44 mil dólares en efectivo a cambio de que aprobara los ensayos clínicos de dos de sus vacunas. Tiempo después, el caso se descubrió y el funcionario fue encarcelado.
Al señor Du no le pasó nada. Esta historia increíble fue narrada hace unos días en un reportaje del New York Times, y no pasaría de ser un ejemplo más de la simbiosis corrupta que hay entre muchos funcionarios chinos y otros tantos empresarios de ese país, sino fuera porque el protagonista, Du Wei min, es un hombre importante en los tiempos de hoy.
Su compañía, Shenzhen Kangtai Biological Products, será la fabricante exclusiva en China de la vacuna producida por el gigante farmacéutico británico-sueco AstraZeneca, y podría firmar acuerdos de distribución para otros países.
Ahora, su controversial pasado, casi desconocido en Occidente, ha salido a la luz.
Una industria corrupta
El reportaje del Times describe cómo, mientras el gobierno chino presiona a las compañías para que logren vacunas de renombre mundial, al mismo tiempo fomenta y protege “una industria plagada de corrupción y controversia”.
“Cientos de funcionarios chinos han sido acusados, en los últimos años, de aceptar sobornos en casos que involucran a compañías de vacunas”, señala.
Entre 2018 y 2020 hubo 59 demandas por corrupción que involucraban a fabricantes de vacunas, 54 de las cuales eran acusaciones de soborno a funcionarios.
“[Después de cada incidente], el gobierno ha prometido hacer más para limpiar la industria, [pero] los reguladores rara vez han dado información sobre lo que salió mal. Las empresas a menudo han salido ilesas después de disculparse o pagar una multa y, en casi todos los casos, se les ha permitido seguir operando”, dice la nota.
No solo ha habido escándalos de corrupción. También, sanitarios. En 2013, 17 bebés murieron después de recibir la vacuna de Kangtai contra la hepatitis B. Sin embargo, los reguladores eximieron de responsabilidad a la empresa de Du Weimin y le permitieron seguir operando.
Esta condescendencia gubernamental y sus jugosos contratos con los gobiernos locales han convertido a este empresario en uno de los más ricos de su país, con una fortuna que hasta mayo de este año ascendía a 7 mil 400 millones de dólares.
Ese mes, sin embargo, se le borró la sonrisa. Su divorcio de su exmujer, Yuan Linping, le costó desprenderse de casi la mitad de sus acciones, por un valor de 3 mil 500 millones de dólares. Su acuerdo con AstraZeneca será una gran oportunidad para recuperar el dinero perdido. (O.M.)





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