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En el escritor norteamericano Hunter S. Thompson (1937-2005) se acrisolan todos los deseos y temores de aquellos que quieren hacer de la escritura algo más que una experiencia estética o un trámite burocrático del talento. No son pocos los autores que quieren (o han querido) ser como el creador del periodismo gonzo y, quienes se han atrevido a serlo, han quedado ipso facto en el olvido.
El llamado periodismo gonzo solo se justificaba en su fundador. Hunter S. Thompson sabía que para ser como él había que estar en esa delgada frontera entre la vida y la muerte. Sus lectores (aquellos que quedaron atraídos por el voltaje verbal, crudo y directo de Fiebre y asco en Las Vegas, La gran caza del tiburón, Los ángeles del infierno, entre otros) no se sorprendieron cuando se enteraron de su suicidio. La festividad de la muerte es el ánimo que recorre cada uno de sus libros y crónicas, por cierto. La morfología de su prosa, herencia evidente de Mark Twain, tenía un componente que la definía: su inexplicable tensión. Al respecto, en el imprescindible El escritor gonzo, publicación que reúne sus cartas, se encuentra en más de una la intención del autor de perfeccionar su mirada de escritor. Pero a la vez era consciente de los excesos a los que lo llevaba la búsqueda de la verdad (periodística), como también su adicción a la intensidad de la vida sin importar si la suya corría riesgo o no. De esa búsqueda de la mirada más la actitud kamikaze brota esa tensión que no percibimos en el sonido de las palabras, pero sí en el aliento que estas dejan en el lector.
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Tras el balazo que se propinó en su rancho de Woody Creek, Colorado, en 2004, comenzó el desfile de homenajes, biografías documentales, canciones y cuanta ocurrencia naciera del hinchaje recalcitrante, todos hechos con buenas intenciones, pero muy lejos de lo que su inspirador hubiese deseado que se haga sobre su vida y obra. Además, hay que subrayarlo: su muerte acaeció cuando más criticaba la invasión de Estados Unidos a Irak bajo el pretexto de buscar armas de destrucción masiva.
Resulta, entonces, curioso que el mayor acercamiento que se haya hecho de esta vida tan intensa se haya publicado con el biografiado en vida. En 1993, la periodista norteamericana Elizabeth Jean Carroll (Miss Indiana 1963, para más señas) publicó Hunter. La vida salvaje de H. S. Thompson, libro que en 2019 fue rescatado para la colección rara avis que el recordado Juan Forn dirigía para Tusquets.
Esta es una biografía coral (registro que en este nuevo siglo ha sido usado por plumas de la talla de Svetlana Aleksiévich), la cual le brinda al lector una imagen de Hunter sin edulcorante ni ají. Es decir, un Hunter sometido al escrutinio de casi todas las personas que lo conocieron y escribieron de él. E. Jean Carroll no solo es aplicada en la puesta en escena, sino que igualmente participa con su testimonio. Para tal fin se vale de las licencias narrativas, para exponerse y camuflarse, a manera de tributo al hombre que también amó, deseó y odió.
Elizabeth Jean Carroll. Imagen: Difusión.
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Esta biografía coral puede leerse de todas las formas posibles. Su carácter colectivo le permite al lector devorar sin orden establecido sus páginas, cada cual rúbrica implícita de la leyenda que posiciona a Hunter como el más guapo de todos, el más fuerte y objeto de deseo de mujeres; por otro lado, se accede al Hunter más íntimo, pues bastaba una señal de debilidad para dinamitar las bases de su leyenda que no solo lo sostenía vitalmente, sino también en lo literario. En este sentido, accedemos a un Hunter frustrado y desarraigado. ¿Qué era lo peor que le podía pasar a un hombre como él, que desde la adolescencia era saludado por sus dotes para los deportes? La ausencia del padre no era. No poder ser deportista profesional fue su mayor frustración, la cual se convirtió en abono para la furia que despacharía desde las parcelas de la crónica y del articulismo, reforzando de esta manera el desarraigo emocional del que partía para hilvanar una prosa que exhibía una oscura y mágica egolatría poética.
El mérito de E. Jean Carroll no está en la reunión de los testimonios (que en sí ya es un trabajo monumental), sino en el orden que les da, formando un aparato narrativo rico en su aparente desorden, chocante en su premeditada exageración, psicodélico en su desenfadada polifonía e imponente en la subdivisión de los capítulos que estallan a cuenta de la dinámica de la oralidad. Esto era lo que la autora quería para su biografiado, que le digan en su cara lo que sus amigos y conocidos pensaban de él y de sus posturas, tan “insoportables”. A saber, cuando debía promocionar la reedición de sus títulos más conocidos; y peor: cuando debía ofrecer conferencias en universidades. Al respecto, pienso en la intervención del legendario editor George Plimpton.
Cuando este libro se publicó, Hunter ya vivía de lo hecho en décadas anteriores. Aún tendría algunos años más de productividad, pero esta no podía compararse con lo conseguido en lustros pasados. Tanto él como los lectores no dejaron de mostrarse satisfechos con esta bomba verbal que estaba a la altura del biografiado. Hunter tal y como era, sin estar pendiente de la aceptación de la platea, porque él mejor que nadie supo que el privilegio mayor que puede tener un escritor es decir lo que piensa. Hunter detestaba el periodismo de fan. Y E. Jean Carroll también.
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Por cierto, E. Jean Carroll denunció en 2019 a Donald Trump, siendo este presidente de Estados Unidos, de haberla violado a mediados de los años 90. Un jurado lo declaró culpable y le ordenó pagar a la escritora la suma de cinco millones de dólares. Pero E. Jean Carroll asimismo lo denunció por difamación (Trump negó el abuso) por dañar su reputación. En enero de 2024, un jurado lo declaró culpable y le ordenó el pago adicional de 83 millones de dólares a E. Jean Carroll. Trump apeló ambas sentencias, pero en septiembre de 2025 un tribunal las confirmó.

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