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Cultural

Pilar González Vigil y “Nina, la lagartija”

Toda la feliz creación de Pilar González Vigil se haya inundada de un panteísmo que es producto del primer y jubiloso encuentro del niño con la naturaleza.

Pilar González Vigil. Foto: Facebook.
Pilar González Vigil. Foto: Facebook.

Escribe: Eduardo González Viaña

He recibido una carta de mi nieta Valentina quien me llama la atención porque, según ella, solo escribo artículos para gente vieja.

Debo contarles que tiene cinco años, aunque yo la considero algo viejita. Concretamente, me pide que comente el libro Nina, la lagartija, de la autora Pilar González Vigil.

Adquirí el libro en el stand de Mascapaycha Editores, en la FIL, después de su concurrida presentación con cuentacuentos el pasado 27 de julio.

Me detengo en una de sus páginas: “De pronto, Nana abrió los ojos y miró fijamente a Nina. ¡La piedra estaba viva! Por instinto, la lagartija dio un salto hacia atrás. Cuando se recuperó de la sorpresa, saludó con tono cantarín.

-¡Hola piedrita! Me llamo Nina, ¿y tú?

Después de una pausa, una voz grave respondió:

-No soy una piedra. Soy Nana, la iguana”.

Suponía que Valentina me iba a plantear un tema literario, pero se trata de uno filosófico. En el fragmento que leo, todo me habla de panteísmo. Según los panteístas, el Creador ―Dios― y la creatura ―el mundo― son una sola cosa.

La piedra, el árbol, la nube, tus padres, tu encantador abuelo y tú misma, querida Valentina, somos Dios. No necesitamos caminar hacia la iglesia de la esquina porque nos basta con amarnos los unos a los otros.

Nicolás de Cusa (1401-1464) y Giordano Bruno (1548-1600) son algunos de los pensadores que dieron origen a la doctrina panteísta. La mejor literatura infantil, también.

Toda la feliz creación de Pilar González Vigil se haya inundada de un panteísmo que es producto del primer y jubiloso encuentro del niño con la naturaleza.

Nina, la lagartija es un libro en el que este personaje representa a todos los niños del mundo en su amistad ferviente con los árboles, la lluvia, las hojas, los otros animales, el arcoíris y, en suma, el universo.

Aparte del libro que ha conquistado a Valentina, Pilar nos ofrece también Rompecabezas para volar, Tita, la pirañita y Lala, la Sin-pies.

No es tan fácil la tarea. Hay que tener en cuenta que el consumidor de literatura infantil es más exigente que el adulto. Recuérdese que esos textos están dirigidos a la construcción de la conciencia de los niños y téngase en cuenta que esa conciencia existe desde el primer momento en que el nuevo ser humano percibe la naturaleza.

Vale decir que un autor ha de valerse del lenguaje infantil para poder hablar a los niños en su mismo idioma.

Con los libros de Pilar y otros autores como ella, los niños no terminarán de jugar la ronda. Al final, todo esto nos conduce al recuerdo de los días infantiles según lo narra el poema de Abraham Valdelomar:

“Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola

discurrió en la paz de una aldea lejana

entre el vago rumor con que mueve una ola

y el lejano tañer de una vieja campana”.

Nina, la lagartija, es un cuento que aborda el manejo de las tensiones en la infancia, tema en que la autora se especializa desde sus estudios en Suecia hace veinte años. Su propósito es transmitir la importancia de la flexibilidad y la serenidad a la hora de tomar decisiones.

“Nina se preocupó: ‘¿Qué será de mí si se rompe la rama?’. Su corazón latía más rápido y el cuerpo le temblaba de solo imaginarlo”.

Sin embargo, el cuento pasa a otro personaje, ejemplo de sabiduría y de mindfulness. “En ese instante recordó que la iguana le dijo que, si respiraba profundo, pensaría mejor. No tenía nada que perder. Así que probó”.

Esta es una historia para niños, aunque también parezca para ranas, lagartijas, iguanas y arroyos, pero eso es lo que hace evidente que estamos ante una conciencia panteísta y que, en consecuencia, nos hallamos en el paraíso de los infantes.

Ellos son los que construyen la historia, le transmiten sus pensamientos e incluso sus peligros y, por fin, le ofrecen soluciones. Así ha sucedido en toda la historia universal y eso, querida Valentina, nos hace gritar en coro: ¡Todo el poder para los niños!

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