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Cultural

Johnny Barbieri: “Temí que el lenguaje de Vallejo me devore”

Ganó el Premio Copé de Oro de Poesía 2019 con el libro Expediente Vallejo, un poemario que, desde la admiración, desanda la época y la vida del vate santiaguino.

Vallejo lo conmovió desde cuando era un escolar. Ahora, el autor de Trilce, le ha dado un premio, el Copé de Oro de Poesía 2019, con Expediente Vallejo. Johnny Barbieri (Lima, 1966) rinde homenaje a Vallejo con un libro que le obligó, además de investigar, a viajar a los lugares a los que llegó el poeta. Un poemario en el que fluye tenso, sopesado, el mundo vallejiano. Escrito más con rigor creativo que con el delirio que otros suelen confundir con la admiración.

¿Qué lo empujó a ir tras los rastros de Vallejo?

Como muchos poetas, empecé a escribir poesía leyendo a Vallejo. En eso agradezco a mi profesor de primaria. Primero nos enseñó budismo y, segundo, nos hacía aprender poemas de memoria para declamarlos. Allí conocí a Vallejo y me gustó, después, en secundaria, con la onda del budismo y los conflictos existenciales, empecé a escribir textos reflexivos que se convirtieron en poemas. Allí me sirvió Vallejo.

¿Pero cómo se genera el poemario?

Cuando ordenaba mis cosas, me encontré con un libro que había leído antes, 114 cartas de César Vallejo a Pablo Abril de Vivero. Lo revisé y, nuevamente, Vallejo se apoderó de mí. Pero esta vez su lectura me sacudió de manera distinta. Después me encontré con la carta que le escribe Gonzalo More a Jesús Manuel Chávez, “Chavico”, amigo de Vallejo, en la que le narra los instantes finales del poeta. Eso, te juro, me conmovió mucho a tal punto que es allí cuando decidí escribirle un homenaje.

¿El homenaje con poesía?

No solo poesía. Lo primero que hice fue un cuento a Vallejo, luego un poemario y después microcuentos. Los tres trabajos conforman lo que es Expediente Vallejo. Pero para el Copé, solo envíe el poemario. Me dediqué a investigar, incluso viajé a Trujillo dos veces. Necesitaba insumos, pero para la parte de poesía necesitaba algo más, viajé a París, ya que también estoy haciendo un trabajo sobre los surrealistas. Ir a París era vital para investigar, pero también por la emoción por Vallejo.

Cada sección está precedida por el “testimonio” de un maestro. ¿Eso articula el libro?

Es cierto. Quise darle una forma, un cuerpo al poemario y justamente es la voz de un profesor. El profesor está enseñando, primero, la cartas de Vallejo y, después, sobre la vida y la obra del poeta. La tercera tiene que ver con mi viaje a París.

La poesía de Vallejo marca, hay que saber capearla para no terminar siendo un vallejito.

Sí, en mi primera época, no lo niego, estaba el poeta. Pero he ido decantando una voz. Y claro, con este libro, al retomar a Vallejo tenía que ser distinto. Volver con la atmósfera de la poesía de Vallejo había riesgos. Temía que las fauces del lenguaje de Vallejo me devorasen. Tuve que cuidarme.

Vallejo maneja las oposiciones y las paradojas. Un verso suyo dice: “Está el infinito extendiéndose a su final”. Ese verso es vallejiano...

Pareciera vallejiano. En mis libros anteriores, desde Branda, hasta el más reciente, Bandera de herejes, utilizo esas figuras.

Vallejianas...

Ahora se ven un poco vallejianas, obvio, el tema es Vallejo. Pero no, siempre las he utilizado.

El libro es evocativo, diría, nostálgico. ¿Y si interpolaba el mundo vallejiano con el presente?

Trato de representar lo que era el ambiente de la época en que vivió Vallejo...

Evocativo, eso le decía...

Claro, claro. Y a partir de sus cartas, he tratado de construir cierta poética que refleje esos momentos. Más allá de eso, estoy yo, en el presente...

Sí, está el presente sentimental. El dossier de las fotos, sí hace interpolación de la época de vallejo con el presente. Hay personas en los lugares que frecuentó el poeta...

Sí, eso se ve mejor en la tercera parte, París.

Lo bueno del libro echa anclas en el mundo vallejiano, y es sopesado, logrado.

Esa fue la intención, volver a Vallejo, sobre todo en esta época en que encontramos muchos parricidas, incluso poetas respetables. Para mí, escribir este libro es una especie de reconciliación con la poesía de Vallejo. El riesgo que he corrido fue tratar de desdoblar la voz que podría haber sido de Vallejo sin caer en el lenguaje de Vallejo. Quizás allí debe estar el mayor logro o la mayor deficiencia del poemario. Yo me arriesgué a eso.

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