Cultural

Cuando Emma Cline la rompió con su primer libro

"Las chicas", una novela sobre la fragilidad adolescente y la búsqueda de la identidad, ambientada en el tumultuoso año de 1969. La autora está considerada como una de las voces más destacadas de la narrativa gringa contemporánea.


Emma Cline. Foto: Difusión.
Emma Cline. Foto: Difusión.

El éxito de crítica y lectoría que obtuvo la novela Las chicas (Anagrama) de la joven escritora norteamericana Emma Cline (Sonoma, 1989) nos lleva a pensar, una vez más, en el magisterio de la tradición narrativa estadounidense.

Pensemos en su novelística y cuentística de los últimos 30 años (no retrocedamos para no quedar abrumados y destruidos ante semejante tumultuoso mar narrativo). En este sendero narrativo hallamos una cualidad común: un respeto por las leyes clásicas de la narración, un conocimiento de causa de la linealidad, de la que se parte para dar rienda suelta a la libertad temática y estructural (la digresión). Para tener más luces sobre la digresión y la linealidad, tenemos dos ejemplos claros: David Foster Wallace y Jonathan Franzen.

Emma Cline publicó Las chicas a la edad de 27 años. Imaginamos que, para la joven autora, el tema de su primera novela supuso un reto, puesto que de él se ha escrito demasiado, habiendo para todos los gustos, desde las sesudas crónicas hasta textos que alardean de un efectismo digno del burdo repaso. Nos referimos a los años del auge del hippismo, del amor libre, de la experimentación con drogas y de su capítulo negro: la matanza llevada a cabo por el clan de Charles Manson. Bien sabemos del crimen cometido por La Familia del Amor, grupo que masacró a la esposa del cineasta Roman Polanski, la actriz Sharon Tate, de 26 años, a la que le faltaban dos semanas para dar a luz; y a tres amigos suyos con los que celebraba una reunión, en la noche del 9 de agosto de 1969.

¿Cómo escribir de un asunto del que, como ya se indicó, se ha escrito demasiado? ¿Cómo enfrentar una empresa narrativa sin caer en el mero recuento generacional? Estamos ante preguntas que tranquilamente pondrían contra la pared el proyecto novelístico de cualquiera. Sin embargo, pese a su juventud, Cline salió airosa de lo que parecía imposible. Su estrategia: narrar desde el asombro, haciendo suya la impresión primeriza. Eso es lo que vemos en su narradora protagonista, Evie Boyd, dueña de una voz pautada por la sensibilidad, sensibilidad que eclosiona al ver en un parque a un grupo de chicas distintas de las demás, las cuales eran dirigidas por Suzanne. La atracción por ellas se convierte en obsesión, por ello no duda en fugarse con ellas días después de volverlas a encontrar. Boyd es una adolescente quebrada; su vida necesita de un periplo aventurero inmediato, de la experiencia como destino.

 "Las chicas". Imagen: Difusión.

"Las chicas". Imagen: Difusión.

En la voz de Boyd, Cline narra desde la madurez y desde la juventud. En los dos tiempos, el asombro se plasma con rigor, gracias al oficio de su autora, aunque nos quedamos con la voz de la Boyd adolescente. Además, Cline se centra en la vida de Boyd en comunidad con las chicas, no en lo que vino después, que es un pretexto, un marco que ayuda a configurar el contexto histórico y generacional. A Cline le interesa mostrar la radiografía moral de las chicas, en especial la relación ambigua entre Boyd y Suzanne. De esta manera, la autora supera la imposibilidad inicial del proyecto, alejándolo del lugar común harto conocido, elevando la narración como un manifiesto de la degradación humana como única vía de autoconocimiento.

Ninguna novela es libre de sus zonas erróneas, y esta no es la excepción. Pero estas zonas de debilidad, viéndolas desde la distancia de la lectura, son ineludibles, y solo se suscriben a sus primeras 73 páginas, que valen la pena superar, porque resultan necesarias para la experiencia novelística que sigue y que no dudamos en agradecer por la sensorialidad que transmite.

Tras el éxito de Las chicas en 2016, Cline se tomó su tiempo para entregarnos su siguiente novela, Harvey (2021), con la que abordó la figura de Harvey Weinstein. Pero esa es otra historia. Lo que muestra esta primera novela es que la madurez narrativa no siempre viene ligada a la edad. Cline es un grato ejemplo de ello.

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