El infatigable Georges Simenon
Admirado por García Márquez y otros gigantes literarios del siglo XX, la obra de Simenon resaltaba debido a la fina y sugerente interacción de sus personajes. Comentamos La muerte del señor Gallet, el noveno título de la famosa serie de novelas policiales protagonizadas por el comisario Maigret.

Georges Simenon (1903 – 1989). Este escritor belga llegó a escribir más de 400 novelas, de las cuales firmó con su nombre 192. No hay mucho que discutir: es uno de los autores más prolíficos del siglo XX. Simenon es el responsable de la serie de novelas policiales/negras, compuesta por 75 títulos, protagonizadas por el comisario Jules Maigret. Cuando se habla de Maigret, es que nos estamos refiriendo a Simenon. Y viceversa.
Obviamente, no he leído toda la serie del comisario Maigret, a mucha honra puedo afirmar que llego a los 20 títulos (hace 10 años, le compré a un librero de viejo de Quilca 50 novelitas de Maigret). Un factor que llama la atención de la imaginación de Simenon es que con este personaje jamás ha caído en la repetición de temas. En cada título su comisario muta, da todo de sí con tal de resolver un caso, sin importar que en el proceso de la investigación queden expuestas sus miserias personales.
El domingo antepasado releí La muerte del señor Gallet (1931), el noveno título de la referida serie. Es una novela policial menor, pero tiene todo lo que busco de las novelas de este género. No me refiero a una buena trama, ni mucho menos a chorros de sangre. Quien reduzca a estas características a las novelas policiales, pues simplemente o no ha leído policiales o las ha leído tremendamente mal. Lo que siempre gustará de Simenon es el tejido de la interacción entre sus personajes, plasmando con sugerencia la sublime y abyecta fisonomía moral de los mismos.
En parte, solo en parte, La muerte del señor Gallet me hizo recordar a una de las mejores novelas del autor, El hombre que miraba pasar los trenes (1938), que no es parte del universo Maigret. En esta ocasión, el legendario comisario acaba de salir de un caso que le ha demandado más de tres meses de intenso trabajo y recibe la noticia de que el viajante de comercio Emilio Gallet ha aparecido asesinado en el Hotel del Loire de Sancerre. Maigret, pudiendo tomarse un merecido descanso, toma el caso.
Lo primero que hace es ir donde la esposa del asesinado. Es a partir de la primera conversación con la señora Gallet, que Maigret presiente que la investigación puede salírsele de las manos, puesto que ella no cree en la nefasta noticia que el comisario le comunica, ya que la señora Gallet acaba de recibir una postal de su marido, pero desde la ciudad de Rouen, fechada en el mismo día que este fue asesinado. Maigret no tarda en descubrir que Emilio Gallet es un hombre que ha cargado, por más de 18 años, con una doble vida, y que la “fachada” que proyectaba hacia los demás le había traído una serie de enemigos a quienes les convenía matarlo cuanto antes.
Para el observador comisario Maigret, antes de tomar nota de los testimonios que conocieron a Gallet, le es más importante guiarse por los detalles de sus interrogados (gestos, miradas, parpadeos) y sus involuntarias incoherencias discursivas, lo que le sirve para descubrir que el asesinato de quien vivió engañándose toda la vida estaba más que justificado.
Como suele ocurrir con la gran mayoría de novelas protagonizadas por Maigret, esta no se encuentra libre de la caída formal que siempre se le ha achacado al autor: el desenlace apurado, que no solo atenta contra la lógica del argumento, sino también con el ritmo de la narración. Es conocido que Simenon escribía estas novelas a razón de una por cada quincena, no hacía uso del reposo idóneo que toda novela debe tener antes de una nueva revisión; empero, estas lograban meterse de lleno en el imaginario del lector debido a lo genial que era Simenon en lo que indicamos líneas arriba: la interacción entre sus personajes.
Como bien señaló el autor de Cien años de soledad: “Simenon es uno de los más grandes escritores del siglo XX”. Totalmente cierto. Simenon fue el Dumas del policial, recogió del autor francés la rica herencia del folletín decimonónico. Escribía para que lo lean.


















