Cultural

Arturo Corcuera. ¿De qué sirve la poesía?

¿Qué indujo a Alberto Fujimori a proceder de esa manera? ¿Propaganda?, ¿los argumentos del poeta Arturo Corcuera? No lo sabemos.

Arturo Corcuera. Foto: Eduardo Suárez.
Arturo Corcuera. Foto: Eduardo Suárez.

Escribe: Eduardo González Viaña

¿De qué sirve la poesía? Para responder esta pregunta tal vez nos sirva apreciar las mil y tantas aventuras de un poeta, Arturo Corcuera, que serán relatadas en una exposición virtual -web page-, a presentarse en la librería El Virrey (en Miraflores) hoy, 10 de marzo, a las 7p.m. Entrada libre.

Insistamos con la pregunta: ¿de qué sirve la poesía? Era lo que se preguntaba una desaforada generación de escritores que descubrió la vida paseando con Arturo en su rojo carro “Platero”.

César Calvo, Javier Heraud, Reynaldo Naranjo, Mario Razzetto, Germán Carnero, este testigo y otros, hablábamos de todo en ese antiquísimo Ford. Cada uno dio respuesta a la pregunta a su manera. Javier dio la más gloriosa.

Lo mismo quiso saber, en noviembre de 1992, una frutera del mercado de Chaclacayo, quien al ver a Arturo le dijo:

-Ayúdeme, señor poeta. Ayúdeme a sacar libre a mi hijo Alejandro.

Dos días atrás, el doctor Alejandro Quispe (nombre ficticio), hijo de la frutera, había recibido a una parturienta en agonías y la había atendido con éxito.

En su primer día como médico, el joven profesional acababa de salvar una vida. Y eso, aparte de satisfacciones personales, le traería buena suerte.

Quizás así lo pensó, pero se equivocaba. A la mañana siguiente, un grupo de individuos irrumpió en su consultorio. Los recién llegados buscaron por uno y otro lado. Se llevaron todo lo que encontraron y podían revender. Por fin, le informaron que iban a conducirlo a un lugar donde sería interrogado.

Cuando su madre se enteró, no pudo entender nada. “¿Preso, Alejandro y por qué?”. “Por terrorismo”, le dijeron, porque había atendido y salvado la vida a la mujer de un preso político.

Con pretextos similares, se capturó a centenares de peruanos durante el fujimorismo, fueran o no fueran participantes del conflicto interno. Muchos de ellos eran juzgados después en audiencias efímeras y condenados sin pruebas por jueces enmascarados. Quienes no lograron entonces el auxilio de organismos internacionales de justicia, han permanecido largos años de su vida encarcelados en condiciones de enclaustramiento y tortura.

¿De qué sirve la poesía? Ante la pregunta de la frutera, Corcuera buscó abogados, médicos y periodistas, pero muy pocos se atrevían a defender a Alejandro por temor de ser considerados “terroristas”. Más bien, le recomendaban prudencia. Al final, recordó que el ministro de Justicia de ese tiempo -Fernando Vega Santa Gadea- había sido su amigo de infancia, y le escribió.

Tres días después, obtuvo la respuesta. Le iban a permitir ver a Alejandro. Para ello, debía esperar en una esquina de Chaclacayo un vehículo, y hacer lo que le ordenaran.

El riesgo era grande. Ese mismo año, nueve alumnos y un profesor de la Universidad de Educación habían sido secuestrados por gente perteneciente al ejército peruano. Sus cadáveres carbonizados fueron encontrados poco después.

El poeta se atrevió. Nada dijo en casa para no asustar a Rosi, su esposa, pero a la hora indicada estaba subiendo a un carro de lunas polarizadas y, cuando estuvo adentro, no pudo creerlo. El hombre sentado a su lado era Alberto Fujimori, el sanguinario dictador del Perú.

-Usted, poeta, me va a acompañar en algunos asuntos pendientes, y después iremos a la cárcel para visitar a su amigo.

¿Qué indujo a Fujimori a proceder de esa manera? ¿Propaganda?, ¿los argumentos de Arturo? No lo sabemos. Se pasaron varias horas recorriendo pueblos en los que el dictador daba discursos y obsequiaba calendarios con su foto. Por su parte, el poeta no sabía qué hacer, tan solo pensaba en qué haría para salvar al médico.

Por fin, pasaron el río y entraron en la cárcel.

-Usted pase primero para que se salude con su amigo-, dijo Fujimori. Arturo estaba preocupado porque había tenido que decir que el preso era su médico, aunque no lo hubiera visto jamás. Respiró hondo, recordó algunos versos para armarse de valor y entró.

“Reloj despertador,

hijo apócrifo del papagayo,

pico alerta y clarinero.

¿Qué tiene el gallo

que se ha callado?

-Hay que llevarlo al relojero”.

Increíblemente, todo salió bien, y al día siguiente, el médico regresó libre a su hogar. ¿De qué sirve la poesía? Lo sabe “Noe delirante”.

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