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Opinión

Arbizu, el escritor que lloró, por Eduardo González Viaña

Actualidad. El racismo en Perú está presente en la sociedad peruana por generaciones. Al respecto, hay libros, entre ficción y no ficción, que se han escrito, pero pocos exhiben la fuerza de Negro. Contra el desprecio (Reservoir Books) de Julio Arbizu, publicación capaz de remover al lector. Como tiene que ser.

Julio Arbizu. Foto: LR.
Julio Arbizu. Foto: LR.

“Escribí Negro porque después de muchos años redactando denuncias, demandas, alegatos y artículos jurídicos, me di cuenta de que hay asuntos que el lenguaje del derecho no puede alcanzar. Y entonces volteé hacia la literatura, esperando encontrar socorro. Y la verdad es que creo haber tomado una buena decisión”.

Lo dice Julio Arbizu González, quien es uno de los abogados más conocidos del país y, sin embargo, además de sus célebres pesquisas, recuerda más en este libro los golpes que ha recibido en mérito de esa pasión obsoleta, el racismo.

Además de obsoleta, la veleidad racista en el Perú es una pasión ilusoria y, en este mestizo rincón del mundo, no es practicada por blancos puros que aquí no existen, sino por quienes aspiran a serlo: cholos, zambos, blancoides e indioides, todos los cuales se “blanquean” choleando, provincianeando y negreando a los demás.

El racismo, en un país colonizado, es ridículo, pero a lo largo de todo el siglo XX ha mostrado su hedor, al punto de que, en los años 30, surgió un partido político subsidiario de la Alemania nazi, la Unión Revolucionaria, que proclamaba la supuesta excelsitud de la raza blanca. El líder, sin embargo, era un peruano zambo llamado Luis M. Sánchez Cerro, quien llegó al poder presidencial aupado sobre votantes afrodescendientes y la oligarquía del país.

Arbizu dice, y no le falta razón, que “en el Perú, lo blanco -más que los blancos concretos- se ha convertido en una medida abstracta, una vara invisible contra la cual se evalúan todos los cuerpos, todas las voces, todas las biografías. No importa que la mayoría del país tenga otros rostros, otros colores, otras genealogías: la norma no surge de la mayoría, sino de quien posee el poder de nombrarla”.

El autor-personaje recuerda su infancia en la que, por fortuna, su propia fuerza física le abrió camino frente a la torpeza de los racistas. Se refiere a uno de sus compañeros de clase que era el más popular porque era muy blanco y sus padres le habían puesto un nombre en idioma extranjero.

El contacto de los nudillos de su puño derecho sobre el pómulo de Gianfranco activó un movimiento inercial con el que su mano izquierda apretada fue a estrellarse contra la boca de su rival que lo estaba tratando de humillar.

Julio Arbizu. Foto: LR.

Y, sin embargo, después de ganar la pelea, Julio lloró de impotencia. Sentía la injusticia de una realidad mayor que solo un puño no arreglaría, pero debía ser cambiada.

Otras anécdotas similares relatan los azares de una vida en la que su inteligencia y su fuerza moral se pusieron siempre por encima de ese sentimiento vergonzoso y caduco que aún existe en el Perú.

Debe recordarse además que su denuncia de los robos criminales de la dictadura en nuestro país le dio a su imagen el conocimiento y el respaldo que merece. Sin embargo, los partidarios del robo y el crimen creyeron fácil identificarlo como hombre a quien no se debe respetar, y todo el tiempo lo hicieron refiriéndose a particularidades de su aspecto físico.

Como procurador público, fue el terror de los corruptos y aquellos a su vez no encontraron mejor respuesta que calificativos como “terrorista” y “negro” o “cholo de mierda”, que suelen usar los casi iletrados corruptos contra los luchadores sociales.

Este libro no es un conjunto de historias personales ni tampoco un estudio sobre la discriminación racial en el Perú, pero algo de ambos tiene, pues, sobre todo, es un honesto, emotivo y a veces descarnado relato de experiencias que superan el ámbito personal y nos revelan -a veces incomodándonos- un elemento del tejido social peruano que, construido desde la Colonia, lamentablemente aún persiste entre nosotros.

Como Julio afirma, el criterio de que lo blanco es superior resulta más infame y peligroso aun cuando los que mandan “…miran con desconfianza los límites que imponen la igualdad de derechos y los pilares de una democracia liberal”.

Desde la época de la fundación de la capital del Perú, pocos escritores han trazado tan exactos retratos de Lima. Este que hace Arbizu es de los más completos y se añade al que nace del racismo peruano. Tal vez porque es un gran escritor y porque, después de dar un puñetazo, ha llorado.

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