
*Es profesora e investigadora de la Universidad del Pacífico
El nuevo Gobierno asumirá en medio de urgencias conocidas: bajo crecimiento, inseguridad, brechas educativas, presión sobre la salud pública e infraestructura pendiente. Pero, junto a esos desafíos inmediatos, enfrentará una transformación menos visible y decisiva: el empleo está cambiando en sus competencias, formas de organización y exigencias productivas. El Perú no parte de cero, pero tampoco llega suficientemente preparado al periodo 2026-2031. La Encuesta de Demanda Ocupacional del Ministerio de Trabajo proyectó para 2025 unos 470 mil nuevos puestos en el sector empresarial formal; aunque el dato corresponde al año previo al cambio de Gobierno, marca una tendencia clara: más de la mitad requería competencias digitales. La señal es estructural y confirma que el país no necesitará solo más empleo, sino talento preparado para entornos cada vez más digitalizados.
El desafío es más transversal que especializado: usar herramientas digitales, manejar información, operar plataformas, comunicarse en entornos virtuales, trabajar con datos y, cada vez más, interactuar con soluciones de inteligencia artificial. En la misma línea, el World Economic Forum advierte que hacia 2030 crecerá la demanda de habilidades vinculadas con inteligencia artificial, big data, alfabetización tecnológica, pensamiento analítico, resiliencia y aprendizaje permanente.
El Perú tiene talento, creatividad y capacidad de adaptación, pero todavía no convierte suficientemente esas fortalezas en empleabilidad pertinente, formal y productiva. ManpowerGroup ha reportado que el 70% de empleadores peruanos tiene dificultades para encontrar los perfiles que necesita. A su vez, el Global Talent Competitiveness Index 2025 ubica al Perú en el puesto 73 de 135 países y en el puesto 8 de 18 en América Latina y el Caribe. No estamos en el sótano regional, pero tampoco entre los líderes. Somos un país de potencial acumulado y conversión insuficiente.
Crear empleo será insuficiente si la fuerza laboral no está preparada para exigencias cada vez más técnicas, digitales y humanas: análisis de datos, comunicación, responsabilidad, pensamiento crítico, integridad, adaptabilidad y aprendizaje continuo. La IA no reemplazará automáticamente profesiones completas, pero sí modificará tareas, procesos y criterios de productividad. Los más expuestos serán quienes no logren actualizarse.
La sostenibilidad también ocupará un lugar decisivo en esta discusión. Huella de carbono, economía circular, eficiencia energética, trazabilidad y cumplimiento ambiental dejarán de ser asuntos exclusivos de especialistas y entrarán en la gestión diaria de operaciones, logística, compras, finanzas, recursos humanos, minería, agroindustria, comercio y servicios. El empleo que viene será más digital, pero también más exigente en términos ambientales, éticos y organizacionales.
Por eso, el próximo Gobierno debería abordar la política laboral desde la productividad y el desarrollo de capacidades. Los sectores trabajo, educación, producción, economía y ambiente, junto con los Gobiernos regionales, tendrán que conversar mejor. Formación técnica, reconversión laboral, certificación de competencias, formalización y articulación empresa-academia deberían ocupar un lugar central.
El Perú tiene demasiadas urgencias como para añadir una más sin estrategia. Pero esta no es una urgencia cualquiera. Si no formamos talento pertinente para las nuevas exigencias, el crecimiento será insuficiente, la informalidad persistirá y la tecnología ampliará brechas en lugar de cerrarlas. En materia laboral, atender la crisis presente y preparar el futuro ya son la misma tarea.





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