De La Oroya. Economista y profesor de la Universidad del Pacífico y Doctor en Finanzas de la Escuela de Wharton...

La mayor ventaja del Perú, por Miguel Palomino

"El nuevo gobierno tendrá retos inmediatos, como El Niño y la seguridad pública. Pero para la posteridad será el crecimiento económico lo que hará que su gestión sea considerada un éxito o un fracaso"

Hace poco más de dos años hablaba en esta columna sobre lo que cualquier padre o madre quisiera para sus hijos: que vivan mejor. Que tengan más de lo que ellos tuvieron para que así tengan mejores oportunidades de cumplir sus sueños.

Decía entonces que la historia nos enseñaba algo muy claro: que en los 20 años entre 1996 y 2016 el Perú más que duplicó su producto por habitante. Eso contrastaba con los 20 años anteriores, cuando el producto por habitante había caído en un quinto. Podía entonces plantearse dos preguntas retóricas. ¿Quiere que sus hijos vivan más del doble de bien que usted? ¿O prefiere que sean un quinto más pobres?  

Nos sorprendía mucho que hubiera quienes quisieran volver las cosas a cómo eran antes de la transformación de la economía peruana en la década de los noventa. Por supuesto que siempre hay espacio para mejoras, pero, vista en su conjunto, la nueva economía funcionó significativamente mejor, sobre todo si se recuerda lo malos que fueron los años anteriores. Que alguien hubiera preferido el pasado fracasado se explica en buena parte por el tiempo transcurrido. El tiempo abre las puertas a la mala memoria, el desconocimiento de los (no tan) jóvenes y, por supuesto, a la narrativa que niega los magníficos logros alcanzados. Esa negación es falsa de cabo a rabo.

Dicha narrativa es falsa porque no solo aumentó el producto por habitante, sino que todas las medidas de progreso económico mostraron un avance notable. La pobreza y la pobreza extrema se redujeron dramáticamente, más que en cualquier país del mundo y, por primera vez, la clase media se volvió la principal en el Perú. La narrativa falsa también dice que la desigualdad aumentó cuando, en realidad, esta disminuyó significativamente en todo el país. A raíz de estos logros nos sucedió algo inesperado: al pasar de ser un país pobre a uno de ingresos medios, la ayuda de entidades internacionales para el Perú se contrajo fuertemente. Esos son los costos del éxito.

La explicación de por qué salió todo tan bien en términos económicos entre 1996 y 2016 es bastante sencilla. Primero, se creó un entorno mucho más favorable para hacer negocios como producto de la liberalización del mercado, lo que atrajo una gran cantidad de inversiones. Esas inversiones crearon muchos nuevos puestos de trabajo con mejores remuneraciones. El aumento de ingresos por más y mejor empleo explicó casi el 90% de la disminución de la pobreza en el Perú. En otras palabras: la inversión genera empleos de calidad; el empleo genera ingresos; y los ingresos disminuyen la pobreza.

Hace más de dos años, cuando escribía sobre este tema, solo podía hablar del pasado porque hasta entonces no habíamos tenido un crecimiento significativo de la inversión privada desde el 2013 (salvo por el rebote post pandemia). La situación empezó a cambiar en el cuarto trimestre del 2024, cuando la inversión privada creció 6%, y desde entonces ha tenido un ritmo cada vez mayor, hasta alcanzar aproximadamente 15% en el segundo trimestre del 2026. ¡En total siete trimestres continuos con tasas de inversión privada significativas! La última vez que esto ocurrió, como dijimos, fue en el junio del 2013. Esto significa que por primera vez en más de diez años vamos a ver lo que sucede cuando la inversión privada crece de manera sostenida.

El resultado, como era de esperar, es que el empleo formal a nivel nacional ha estado creciendo a un ritmo muy superior al aumento de la fuerza laboral. Así, durante estos siete trimestres, el número de empleados formales ha crecido, en promedio, 280.000 al año. La fuerza laboral en este mismo periodo aumentó en un promedio de 150.000 anuales. Es decir, se han creado casi el doble de empleos formales que los que se necesitarían para darle trabajo a todos los que ingresan al mercado laboral. ¡Ya en Lima se ha alcanzado la tasa de desempleo más baja desde que se tiene registro hace 25 años!

Pero se pone mejor. Como los salarios en el sector formal más que duplican a los del sector informal, la mayor creación de puestos formales indica un fuerte aumento en los ingresos por trabajo. Además, los trabajadores empiezan a escasear en algunos sectores y este es otro factor que impulsa los salarios. Este doble efecto de aumento en empleo y aumento en ingresos explica gran parte de la reciente reducción de la pobreza en 2025: casi dos puntos. Y lo más importante es que recién se ha empezado a notar, porque las cifras del 2026 son bastante mejores que las del 2025. La tendencia actual es muy favorable.

Entonces, ¿estamos ya para coser y cantarle a nuestro éxito? En realidad, no, si bien se ha comenzado a mejorar mucho. Esta mejora no se debe, por supuesto, a este desastroso gobierno de Perú Libre. Se debe a la extraordinariamente favorable situación de los precios mundiales de nuestros productos de exportación. Al valer mucho más, los productos que exportamos generan más ingresos para las empresas y sus trabajadores, más impuestos, mayores compras a terceros y, así, un círculo virtuoso. El mayor gasto se va extendiendo por los canales que conectan al aparato productivo del Perú con su sector minero, lo cual es otra cosa que la falsa narrativa niega. Para muestra, basta notar que Apurímac, que hace menos de 15 años era la segunda región más pobre del Perú, hoy tiene menos pobreza que la ciudad de Lima. Todo gracias a la puesta en marcha del proyecto minero Las Bambas.

Pero este bienestar depende hoy, en gran parte, de los precios de nuestros minerales, sobre los cuales no tenemos ningún control. Cuando los precios detengan su tendencia alcista, que esperemos no sea en el futuro cercano, debemos asegurarnos de que ya no dependamos principalmente de ellos.

¿Cómo lograrlo? Creando nuevas oportunidades de inversión además de la minería. El agro moderno, por ejemplo, tiene la ventaja de generar abundante empleo directo cuando invierte y de contar con muchos proyectos casi listos para desarrollar. Y así existen muchísimas oportunidades, algunas absolutamente desconocidas, esperando a un emprendedor que las descubra.

El nuevo gobierno tendrá retos inmediatos, como El Niño y la seguridad pública. Pero para la posteridad será el crecimiento económico lo que hará que su gestión sea considerada un éxito o un fracaso. Afortunadamente, tiene una actitud favorable a la inversión, y eso cuenta por mucho.

Su labor será dejar que el pueblo peruano pueda poner todo su esfuerzo en la construcción de un futuro mejor, algo que el gobierno de los últimos años le negó. No le resultará nada difícil superar la valla dejada por el gobierno saliente, profundamente incompetente y que brilla por su ausencia. La oportunidad existe. Esperemos que el nuevo gobierno pueda aprovechar la mayor ventaja que tiene el Perú, su gente trabajadora, y nos deje a los peruanos, ahora sí, trabajar.

Miguel Palomino

De La Oroya. Economista y profesor de la Universidad del Pacífico y Doctor en Finanzas de la Escuela de Wharton de la U. de Pennsylvania. Pdte. del Instituto Peruano de Economía, Director de la Maestría en Finanzas de la U. del Pacífico. Ha sido economista-jefe para AL de Merrill Lynch y dir. gte gral. ML-Perú. Se desempeñó como investigador GRADE.