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Opinión

Los amigos peruanos del Baobab, por Eduardo González Viaña

Memoria. Un árbol que es más que un simple árbol; su presencia la podemos ver en libros como "El Principito" y en la cultura africana, en donde es visto con veneración.

El baobab. Foto: AFP.
El baobab. Foto: AFP.

A Jorge Cabrera Gómez lo conocí en Trujillo cuando éramos compañeros en la universidad. El baobab, en cambio, ya era mi amigo. Me lo presentó el Principito -el inmortal personaje de Saint-Exupéry- cuando yo todavía era un niño (ahora mismo siento que todavía lo soy cuando leo esa clase de libros).

Para que ustedes lo recuerden, el baobab es un árbol gigante. Su tronco puede superar los diez metros de diámetro y almacenar cientos de miles de litros de agua. Vale decir que, aunque sea un vegetal sediento, puede y podrá sobrevivir el calor seco de la sabana en África. Y mejor aún, es capaz de vivir más de dos mil años.

Si usted leyó El Principito, se acordará de que ese árbol tenía sus raíces donde debieran estar las ramas y que muchos lo llamaban “el árbol al revés”. Eso es una exageración, pero no tanto porque sus ramas, cual dedos pilosos, se levantan hacia el cielo como si estuvieran en oración perpetua.

Andariego, Jorge Cabrera Gómez, salió pronto de Trujillo y se fue a la universidad de Belo Horizonte, en Brasil, para luego terminar arquitectura en la UNI y después cursar maestría y doctorado en las universidades de Lovaina, Bélgica y París.

Me parece que nos vimos en una clase de Nathan Wachtel en La Sorbona, mientras estudiábamos el curso de “Dualismo en el mundo andino”. Con tan múltiples antecedentes académicos, es fácil imaginar que le fue sencillo conseguir un trabajo en las Naciones Unidas, donde lo enviaron a Guinea Bissau para apoyar a los “antiguos combatientes de la patria”, jóvenes que, dirigidos por Amílcar Cabral, habían liberado a su país del colonialismo, pero se encontraban dispersos y desocupados en 1981. Desde entonces, Jorge inició su relación amorosa con África.

Después de Guinea Bissau, pasaría a la isla Gorée, reconocida por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. Aunque debería ser de la inhumanidad y el escarnio porque de allí partieron los barcos cargados de esclavos hacia América a lo largo de casi tres siglos, hasta 1848.

El baobab. Foto: AFP.

Cuando Jorge llegó a Guinea, la economía del país se basaba en la producción agrícola y ganadera. Cultivaban arroz, nuez de palma, coco, maíz, sorgo, maní y nueces de acajú, estos dos últimos para exportación. Producían también madera y caucho luego de explotar los grandes bosques de su territorio. La pesca era una actividad de autoconsumo.

Como él mismo me dijo, su misión consistía en apoyar la recuperación económica de los combatientes, quienes al fin de la guerra de independencia fueron desmovilizados. Eran más de dos mil, y cerca del cincuenta por ciento estaban inválidos. Este contingente -más las viudas y huérfanos de guerra- sumaba 6500 personas. Se comprendía, además, de manera indirecta, a sus familias, lo cual hacía un universo total de doce mil personas que era el ámbito del proyecto.

Aparte de Guinea, el incansable agente de la ONU, realizó tareas en Malí, donde habría de recorrer el país durante dos años, con la misión de organizar a los artesanos y apoyarlos con créditos, capacitación técnica y empresarial. Además de la novela El baobab, publicaría otros libros, pero acaso su corazón ha permanecido siempre al lado del árbol de la vida.

Así me lo dijo ayer, mientras conversábamos con otro peruano caminante del África, Eduardo González Cueva, quien es también un trabajador de las Naciones Unidas que informa sobre la situación de los derechos humanos en diversas naciones africanas. En ellas, Eduardo ha pasado muchos años, pero acaso lo que más recuerda es Malí y el árbol que tanto a él como a mi otro entrevistado parece haberles dado un evangelio de vida.

Debe decirse que al baobab se le llama también Árbol Botella y Árbol del pan del mono, así como Árbol Boticario y Árbol Mágico.

A su sombra se sentaron, en el siglo XIII, los rebeldes que, ya en esa época, escribieron una carta de los derechos humanos y los filósofos que frecuentaron en Tombuctú la Universidad de Sankore, uno de los primeros centros académicos en la historia de la humanidad.

Por todo lo que ha escrito Jorge en El Baobab, debe ser ese personaje vegetal el que ha atravesado el desierto para ofrecer a sus hijos una verdad escondida.

En ese árbol se resumen las vidas que nunca se vivieron, las promesas que nunca se cumplieron y el cielo en la tierra que todos los hombres y mujeres queremos edificar.

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