
Hay desplantes que no deben pasar inadvertidos, especialmente aquellos que se hacen contra quienes dedicaron su vida política a construir nación. Cuando el periodista César Hildebrandt le leyó, este lunes, a Roberto Sánchez aquella sentencia que Ricardo Uceda hiciera en su columna del domingo —“no veo a Barrantes acompañado de un asesino de policías, ni a Pease mostrando un plan obtenido a la hora undécima, ni a Jorge del Prado robándose el dinero de sus militantes”—, el candidato tuvo delante una oportunidad y la convirtió en una confesión (aunque no muy cristiana). Pudo haber reclamado esa herencia de la izquierda democrática y decente. En cambio, preguntó dónde estaban ahora esos “ilustrados”, esa “izquierda dorada”, esa “academia”. Los nombró para acusarlos como parte del problema, como si fueran corresponsables del país que él mismo describe como república fallida y que, en su abultado ego, cree ser capaz de refundar.
Conviene detenerse en la magnitud de la impertinencia, porque no es menor y no se la debe dejar pasar como un tropiezo de campaña (una que ya había culminado, dicho sea de paso, pero así de torpe es).
Alfonso Barrantes no nos legó una república fallida, nos legó el Vaso de Leche, que sobrevivió a todos los gobiernos que vinieron a enterrarlo. Nos legó la primera demostración, en un continente que se desangraba en guerrillas, de que un marxista podía ganar una alcaldía y gobernarla con decencia y pluralismo. Y, en general, esa izquierda nos legó una obra de pensamiento sobre la descentralización y el poder local que todavía se estudia, y una conducta parlamentaria que hoy parecería de otro planeta. Es injusto atribuirle la democracia híbrida que hoy tenemos. Sus integrantes no capturaron tribunales ni compraron jueces ni vaciaron las arcas. Y, ciertamente, tampoco nos legaron un historial de proyectos de ley de apoyo a la minería ilegal, por ejemplo, ni fueron ministros de un golpista. La mayoría murió, o envejece dignamente, sin haber tenido jamás el poder que haría falta para arruinar un país y que Sánchez sí ha gozado como parte de la funesta administración castillista.
Pero reducir aquel legado al Vaso de Leche sería quedarse corto, y conviene precisarlo. La izquierda que Sánchez cataloga como “dorada” gobernó 19 de los 40 municipios de Lima y plazas como Puno, Cusco y Huancayo, y lo hizo en los peores años de la crisis y el terror, cuando administrar una ciudad era jugarse la vida. De ahí salió una arquitectura de bienestar que el Estado peruano no había sabido construir en décadas: políticas públicas que recogieron y dignificaron redes de subsistencia que las propias mujeres de los barrios ya habían levantado —los comedores populares, los comités, las ollas comunes— y las convirtió en interlocutoras reconocidas del Estado, con personería y derechos. Esto constituyó la originaria institucionalización de la organización popular y no mero asistencialismo. Esa izquierda de la que Sánchez reniega alfabetizó dirigentes, formó cuadros vecinales, pensó la descentralización antes de que fuera reforma constitucional y demostró que el poder local podía ser una herramienta de transformación y no un botín de improvisados. Lo que hoy queda en pie de tejido social en las zonas populares de Lima —y lo poco que en los noventa no se logró desmantelar— tiene esa partida de nacimiento.
Por eso, la maniobra de Sánchez es reveladora: quien no puede subir a la altura del que lo mide, intenta bajarlo a la suya. No pudiendo reclamar la talla de esa izquierda, optó por querer embarrarla: si yo no le llego a Barrantes, que Barrantes cargue conmigo con el peso del Perú de hoy. Figúrense el descaro y el resentimiento disfrazado de balance histórico. Y es, además, un falso reparto de culpas, esa vieja trampa del “todos son responsables” con que se disuelve toda responsabilidad: cuando todos cargan con todo, nadie responde por nada, y solo así la distinción incómoda, que separa a una izquierda respetable de la suya, se evapora frente al ojo distraído.
Hay un detalle que ningún lector debería pasar por alto, especialmente alguien que se identifique en la izquierda del compás político. Muchos de los agraviados están vivos. Y muchos de ellos —intelectuales, viejos militantes, gente que sabe perfectamente lo que Sánchez es y lo que no es— pusieron su nombre, su firma y su prestigio detrás de esta candidatura. No por entusiasmo, sino por deber histórico. Votaron y llamaron a votar para cerrarle el paso a la heredera de la dictadura que, por ejemplo, los defenestró de sus curules en 1992. Le obsequiaron a Sánchez una legitimidad que él, por sí solo, jamás habría reunido si no hubiese estado frente al fujimorismo. Y el agradecimiento ha llegado en forma de pregunta despectiva: ¿dónde está esa izquierda dorada? Está ahí, Roberto. Está firmando manifiestos por usted, a pesar de usted. Está prestándole la respetabilidad que acaba de escupir en su pequeña cámara web delante de una bandera del Perú forrada en plástico para no mancharse más.
No solo fueron mediocres las respuestas de este señor, sino que escogió, entre todas las salidas posibles, la más mezquina: ofender a quienes lo sostienen para no admitir que no les llega a sus mayores. Se desmarcó de la Izquierda Unida con un “yo no vengo de ahí” para esconderse tras una sotana que nunca tuvo.
Que quede escrito con todas sus letras, ya que él no quiso decirlo: esa izquierda que Sánchez despacha de un manotazo al día siguiente de que le dieran su voto fue más honesta, más propositiva, más eficiente, más leal a la democracia y más decente de lo que él ha sido y promete ser. No nos legó el desastre que tenemos hoy, que responde a un fallo sistémico mucho más reciente. Nos legó lo poco rescatable que tenemos. Y merecía, de quien hoy se beneficia de su nombre, algo más que el desprecio del advenedizo que confunde llegar con merecer.
Y acaso de eso se trata, más que de Sánchez, cuyo liderazgo, tejido de enmendaduras, pasará a la irrelevancia. Si la izquierda peruana quiere volver a ser algo más de lo que es hoy (lo mismo que se le exige a la rancia y mediocre derecha de nuestra oferta política), tendrá que hacer exactamente lo contrario de lo que él hizo esa noche (y este miércoles, cuando muchos de ellos están a punto de bautizarse como nuevos fraudistas): en vez de renegar de sus mayores, leerlos. Volver a los diarios de debates de aquellos senadores y diputados que discutían con altura; releer a los pioneros de la descentralización, la participación ciudadana y el poder popular; recuperar la memoria de los alcaldes que gobernaron con las manos limpias en medio del fuego (muchos de ellos asesinados por SL), y de los líderes sociales —tantas mujeres anónimas— que inventaron la solidaridad organizada que el Estado no daba. Sin ánimo de repetirlos como estampas: para consolidar lo que quedó pendiente.
A los que esa noche se sintieron ofendidos habría que decirles que el agravio no los empequeñece, retrata a su emisario.





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