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Opinión

Negación autoritaria involuntaria, por Juan De la Puente

"El 7 de junio, mirados los resultados del 12 de abril, nada está perdido para el voto democrático"

Juan De la Puente
El Perú votará en el peor escenario luego de soportar los primeros 10 años de una profunda crisis

La segunda vuelta del 7 de junio confirmará que las elecciones peruanas producen mayorías fugaces que retornan velozmente a su condición de minorías. Dos candidaturas que juntas obtuvieron el 12 de abril apenas el 26% de los votos emitidos se disputan una presidencia convertida en débil y movible, subordinada al Congreso, el núcleo de un régimen híbrido con un pie en la legalidad y el otro en la ilegalidad.

El Perú votará en el peor escenario luego de soportar los primeros 10 años de una profunda crisis. El relato principal de la campaña para la segunda vuelta pretende que las dos opciones son antagónicas e iguales y dibuja una disputa convencional: una opción de derecha y la otra de izquierda, una que representa al sistema y la otra al antisistema, y una que garantiza la estabilidad y la otra inestabilidad.

Demasiado fácil, demasiado simple. El Perú de 2026 no es el de 2006, 2011 o 2016. Ni siquiera el de 2021. La que experimenta el Perú es una polarización desigual, entre un régimen autoritario que pretende consolidarse si gana la elección, y su oposición, aun considerando que quien lo lidera presenta credenciales con varios agujeros.

La negación del autoritarismo actual es explicable en la derecha radical y las familias políticas y empresariales cómodas con lo conseguido hasta ahora de un régimen que sustrajo las reglas democráticas básicas y depreda los bienes públicos. No es explicable, sin embargo, en quienes individual y colectivamente se han enfrentado a las arbitrariedades de este régimen y alertan sobre el riesgo de su prolongación.

¿Qué se juega en la segunda vuelta? Precisamente la temida continuidad del poder instalado luego del fallido golpe de Castillo —su necio legado— y que solo pudo consolidarse a costa de una feroz represión de los territorios del sur del país. Si se hace a un lado la cuestión democrática, no hay voto democrático.

¿Deberíamos esperar otro momento, un momento ideal, para respaldar a un candidato que merezca nuestro voto? No sé si ese momento aparecerá en el mediano plazo. Tomando en cuenta que el trasfondo de esta crisis es el histórico veto de las demandas de igualdad, justicia y desarrollo para todos, quizás deberíamos esperar un plazo más largo. Y bueno, Keynes nos recordó que a largo plazo todos estaremos muertos.

Tres grandes resultados del 12 de abril desdicen la negación autoritaria involuntaria; son decisivos para el futuro más allá de las elecciones, inclusive. El primero es la resistencia del Perú antielectoral que —como en Guatemala de 2023— bloqueó la política de hechos consumados del poder que creía que podía llevarse fácil las elecciones. El país resistente se negó a respaldar alguna candidatura con antelación en un alto porcentaje (43%, según IEP) y decidió su voto pocos días antes del 12 de abril. En este cuadro, sin adherir al discurso que sobredimensiona la demora en la instalación de mesas de sufragio, que uno de cada cuatro ciudadanos se abstuviese de votar optimiza la importancia del país antielectoral.

Este comportamiento, lo más cercano a un voto estratégico, que llevó a buena parte de ciudadanos a “probar” candidatos, consumó la remodelación y simplificación del arco político. Si el corte se realiza desde la democracia, se tienen dos identidades: dos partidos a favor del régimen híbrido y cuatro contra este. Si el corte se realiza desde lo ideológico, se tienen dos partidos de derecha radical, dos de un centro “nuevo” y todavía difuso, y dos de izquierda, una más populista que la otra.

El segundo resultado grande es la derrota del pacto parlamentario que, a pesar de manejar los hilos del poder y dotarse de leyes para aprovecharlas electoralmente, obtuvo bajas votaciones. Dos de sus partidos —Fuerza Popular y Renovación Popular— superaron la valla electoral, pero los otros cinco fueron pulverizados. La estrategia que pretendió que la primera vuelta gire sobre los ejes caviar/anticaviar y sistema/antisistema fracasó. El eje decisivo fue pacto/antipacto.

El efecto agregado de ambos resultados proyecta de modo ineludible el castigo ciudadano a los grupos que capturaron el Estado y acallaron la demanda de adelanto electoral entre diciembre de 2022 y marzo de 2023. En conjunto, las siete candidaturas del pacto obtuvieron 29% de votos emitidos, en tanto las trece candidaturas antipacto el 48%.

Un tercer resultado significativo es la reiteración de la doble fragmentación territorial del voto que indica que en los territorios no hay nada definitivo en la pugna por la vigencia de la democracia y los derechos. La incomprensión de estos fenómenos conduce a la imagen equívoca de un mapa político repartido en tres o cuatro colores y a la percepción igualmente errada de la idea que las urnas transmiten sobre el poder.

En la primera fragmentación territorial, de corte nacional, se tiene que la costa entre Tumbes e Ica es un corredor relativamente inclinado a la opción radical de derecha y tolerante con la capital. Sucede lo mismo con una parte de la Amazonía —Loreto, Ucayali y San Martín— aunque esta adhesión es al mismo tiempo crítica del centralismo. En cambio, la sierra peruana, del norte, centro y sur, incluido el Altiplano, en varios tonos y matices es adversaria de la opción radical de derecha y, al mismo tiempo, fuertemente anticentralista, con una presencia populista matizada por las votaciones significativas para el nuevo centro que emergió en la primera vuelta.

En la segunda fragmentación territorial, la de corte regional, se tiene un voto contramayoritario que no pretende concentrar el poder sino diluirlo en varias opciones, aunque el sistema electoral diseñado por el pacto parlamentario permitió que la derecha extrema se encuentre en mejores posibilidades de controlar el Senado a pesar de las bajas votaciones.

La revisión de los porcentajes obtenidos por los seis partidos que superaron la valla electoral en 10 plazas con mayor volumen electoral —considerando los votos válidos que habilitan la asignación de escaños— proyecta un cuadro de adhesión limitada que relativiza el concepto de mayoría. Solo en La Libertad, Piura y Loreto, los dos grupos de la derecha radical —Fuerza Popular y Renovación Popular— superan juntos el tercio de votos. Suman menos votos en Áncash (24%), Ica (30%) y Junín (25%), y bajos registros en Cusco (10%), Ayacucho (11%), Cajamarca (17%) y Puno (5%).

Por su parte, la izquierda —JPP y Ahora Nación— supera el tercio de votos en Cusco (34%), Ayacucho (46%), Cajamarca (46%) y Puno (35%). Se acerca a la derecha en Áncash (23%) y Junín (23%), y registra bajas votaciones en Lambayeque (15%), Piura (16%), Ica (14%) y Loreto (14%).

El nuevo centro alcanza votaciones significativas en Lambayeque (18%), Piura (16%), Áncash (17%), Junín (19%) y Cajamarca (15%), y registros inesperados en Ica (20%), Cusco (22%), Ayacucho (20%) y Puno (22%), una performance pareja a excepción de Loreto (8%).

Lima Metropolitana sigue siendo especial en varios sentidos. Los dos grupos de la derecha que superan la valla electoral alcanzan 38.2%, las dos izquierdas 9.5% y los dos grupos de centro 24.5%. En esta plaza son significativos los porcentajes obtenidos por Álvarez (8.8%), Pérez Tello (4.3%) y Espá (3.9%). En la capital, la fragmentación es menor, pero debe ser registrada. Los voluminosos resultados de la derecha en los distritos mesocráticos disminuyen notablemente en la periferia limeña.

El 7 de junio, mirados los resultados del 12 de abril, nada está perdido para el voto democrático.

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