
Aunque parezca una obviedad decirlo, no siempre hubo mujeres en el parlamento nacional.
No fue sino hasta 1956 que las primeras diputadas y senadoras fueron electas, y aunque hoy el único memorial en su nombre está ubicado en una pared perdida del Palacio Legislativo, sus nombres no deberían ser olvidados. El valor de apostar por la vida política en un país que apenas nos reconocía ciudadanas debería ser suficiente razón para ello.
Pese a estos setenta años de sufragio femenino, durante décadas la presencia de mujeres en el parlamento peruano fue escasa, casi una anomalía. Por ello se hicieron necesarias medidas de acción afirmativa, como las cuotas de mujeres en listas electorales y, más recientemente, la obligatoriedad de paridad y alternancia en las listas parlamentarias. Esta medida permitió que, en 2021, se eligiera al congreso con mayor cantidad de mujeres parlamentarias de nuestra historia.
Felizmente, en el descalabro constitucional y el desmantelamiento de las reformas democráticas que se dieron en los últimos años, la paridad y alternancia en las listas al parlamento logró mantenerse y sostenerse.
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No fue por falta de intentos. Al menos en tres ocasiones los actores políticos en el parlamento intentaron promover la eliminación de la alternancia, siempre camuflando su intención en el debate de diversas reformas electorales.
Corresponde reconocer que tanto las cuotas como la paridad y alternancia fueron promovidas y aprobadas por parlamentarias de diversas tiendas políticas, y que también desde la diversidad de izquierdas y derechas (aunque no desde sus extremos) se han frenado las maniobras para su eliminación. Y es que, todas, o casi todas, las mujeres parlamentarias con mayor poder hoy, han atravesado los mismos obstáculos para alcanzar lugares de liderazgo.
Es importante recordar que la participación política y la representación política de las mujeres no significan exactamente lo mismo. Contar con más mujeres en la escena pública —dimensión descriptiva de la representación— no tiene como correlato automático que las agendas e intereses de las mujeres sean representados por estas personas, a esto segundo es a lo que denominamos representación sustantiva.
Es innegable que, pese a que en el Perú hemos visto incrementarse el número de mujeres en diversos cargos públicos, eso no ha significado que nos encontremos frente a una mejor representación sustantiva de nuestro género.
En un país tan diverso como el nuestro es claro que no podemos hablar de una sola agenda o una única representación de nuestro género, pero quizás sí de temas transversales a esta heterogeneidad de mujeres que, con un poco de diálogo, podríamos esperar que fueran habilitantes de consensos entre las mujeres en el poder: la violencia sexual, las brechas salariales y de formalización laboral, el reconocimiento a las tareas de cuidados, parecerían temas que, en un espacio legislativo, mujeres diversas podrían impulsar.
No estoy diciendo ninguna barbaridad. Hace alrededor de dos años, nuestras mujeres parlamentarias batallaron juntas para la eliminación del matrimonio infantil (por cierto, que el único en oponerse a esta ley fue nuestro hoy presidente, pero ese es cuento aparte).
Dicho esto, es necesario reconocer que algunas de las barreras que enfrentan las mujeres que buscan u ocupan puestos de liderazgo no pasan por lo descriptivo y numérico, sino por sesgos e imaginarios colectivos. Uno de estos es la estigmatización con base en actuaciones individuales: la acción de una mujer es generalizada como una característica del género en múltiples ocasiones.
Y allí, la delincuencial performance de Dina Boluarte como presidenta autoritaria del país, y el rol de Keiko Fujimori como lideresa de una de las organizaciones políticas más importantes del pacto y responsable de la crisis política, han puesto en juego la percepción sobre nuestra capacidad de liderazgo. Manipuladas o manipuladoras, superficiales o vengativas; las mujeres más poderosas de la política peruana de la última década no recibirían ningún calificativo favorable de la gran mayoría ciudadana.
Si bien nada garantiza que diputadas y senadoras de la próxima legislatura adopten esfuerzos de representación sustantiva, la única forma de al menos intentarlo es precisamente contar con mujeres en ambas cámaras. Ya lo dice Verónica Engler: “A esta altura del recorrido, está más que claro que la llegada de las mujeres a instancias de poder no garantiza una perspectiva de género, es decir la voluntad de cambiar un orden desigual. Pero, así y todo, la presencia de mujeres como presidentas, legisladoras y ministras, habilita, al menos, otro horizonte de posibilidades”.
Relegadas históricamente, ha costado mucho tiempo y esfuerzo normalizar que las mujeres podamos participar en igualdad de condiciones, como para que, justo ahora, frente a un escenario de fortalecimiento de los grupos conservadores, cedamos espacio en la presencia física de mujeres parlamentarias.
Y no, seguro no apruebo la gestión de la gran mayoría de las parlamentarias de hoy; pero prefiero dar la batalla con ellas presentes, que con hombres trajeados listos para darnos la espalda.
Por eso, contra todo y pese a todo, creo férreamente que quienes abogamos por una política que represente sustantivamente a las mujeres estamos llamadas a un gesto más: votar por mujeres diputadas y mujeres senadoras. En el partido que hayas elegido apoyar, pero por mujeres. Y empujar así un poquito a que, más pronto que tarde, el horizonte sea nuestro un día.





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