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Opinión

Ucrania: la guerra que devora a Europa y erosiona al mundo, por Diego García-Sayán

La paz será difícil —y probablemente imperfecta—, pero hay algo peor que una paz imperfecta: una guerra interminable normalizada.

diego
Diego García Sayán 26-02

La invasión rusa de Ucrania no es “un conflicto más”. Es el mayor asalto armado contra el orden europeo desde 1945, y su saldo humano y material ya no admite eufemismos. A fuerza de drones, artillería y misiles, la guerra ha mutado en una máquina de desgaste: consume vidas en el frente, pulveriza infraestructura civil y empuja a Europa a una normalización peligrosa —como si lo intolerable pudiera volverse rutina.

La cuenta que nadie quiere mirar de frente

En 2025, la misión de monitoreo de derechos humanos de la ONU en Ucrania verificó 2,514 civiles muertos y 12,142 heridos: el año más letal para civiles desde 2022, con el 97 % de esas víctimas en zonas controladas por Ucrania, por ataques lanzados por fuerzas rusas.

En el acumulado desde el 24 de febrero de 2022 hasta fines de 2025, ese mismo sistema de verificación registra al menos ~15,000 civiles muertos y más de 40,000 heridos (mínimos verificados; la cifra real sería mayor por zonas inaccesibles y subregistro).

En cuanto a pérdidas militares, el secreto, la propaganda y el “ruido” hacen imposible una cifra definitiva. Pero los rangos ya son de escala histórica: un estudio del Center for Strategic and International Studies estima que las bajas militares combinadas (muertos, heridos y desaparecidos) podrían acercarse a 2 millones hacia la primavera de 2026, con una carga desproporcionada del lado ruso. Es una estimación; su peso está en la tendencia: una guerra de trituración humana sin premio estratégico proporcional.

Y está la destrucción: la evaluación conjunta del gobierno ucraniano, World Bank, European Commission y la ONU calculó en US$ 524 mil millones el costo de recuperación y reconstrucción a diez años (a valores de fines de 2024), con daños masivos en vivienda, transporte y energía.

Ese es el corazón del drama: no hablamos solo de líneas de frente, sino de un país desangrado y de un continente obligado a decidir si defiende su seguridad con convicción… o con fatiga.

Tres ideas gruesas para una salida (sin fantasías)

La primera condición para cualquier salida es un alto el fuego verificable, con “candados” reales. La expresión suena razonable, pero mal diseñada puede convertirse en una simple pausa para rearmarse. La única tregua que tiene sentido es aquella sometida a supervisión internacional robusta, con mecanismos claros para investigar violaciones y con consecuencias automáticas ante cada incumplimiento. Europa, si aspira a ser actor y no comentarista, debe impulsar un esquema que garantice observación independiente y trazabilidad de incidentes. Sin verificación creíble, cualquier cese de hostilidades sería apenas una intermisión táctica dentro de la misma guerra.

La segunda idea exige asumir que una negociación integral e inmediata sobre territorio, seguridad, sanciones, reparación y justicia es, hoy, poco realista. Pretender resolver todo de una vez conduce al bloqueo. Una arquitectura por fases ofrece mayores probabilidades de avance: primero, estabilizar el frente y proteger a la población civil y la infraestructura crítica; luego, facilitar intercambios de detenidos, corredores humanitarios y garantías energéticas; finalmente, abordar el arreglo político-territorial con garantías de seguridad duraderas. No se trata de congelar la injusticia, sino de impedir que la guerra siga produciendo muertos mientras la diplomacia gana espacio. Y en ese proceso Europa debe dejar claro que la paz no puede convertirse en premio a la agresión.

La tercera idea coloca a Europa como garante, combinando defensa, disuasión y reconstrucción condicionada. Ello implica sostener un apoyo militar defensivo suficiente para evitar que cualquier mesa de negociación nazca bajo chantaje, mantener sanciones y controles tecnológicos coherentes y sin grietas oportunistas, y diseñar una reconstrucción basada en reglas estrictas de transparencia, anticorrupción y Estado de derecho, con prioridad a energías resilientes. La reconstrucción no es un gesto de caridad, sino una inversión estratégica en seguridad europea a diez o veinte años. El monto estimado —US$ 524 mil millones— obliga a pensar en instrumentos financieros de escala continental y en compromisos políticos sostenidos.

El papel de la ONU… y del nuevo(a) Secretario(a) General

Hoy el Secretario General sigue siendo António Guterres. Su mandato termina el 31 de diciembre de 2026, y el proceso de sucesión para 2026 está en curso.

La ONU tiene un límite estructural: el veto en el Consejo de Seguridad. Pero, aun con ese corsé, puede y debe actuar con mayor ambición mediante una diplomacia permanente de buenos oficios con enviados de peso político real; una protección sistemática de civiles basada en monitoreo y documentación rigurosa, que sirva de base para sanciones y justicia; y una movilización financiera y humanitaria que compense, en parte, la actual tensión presupuestaria que la propia organización enfrenta, como ha advertido Guterres.

El o la nuevo(a) Secretario(a) General —quien sea— tendrá una prueba inmediata: definir si la ONU seguirá siendo una tribuna de discursos o si volverá a ejercer, incluso bajo la sombra del veto, un papel articulador capaz de ordenar coaliciones, reforzar verificaciones y elevar el costo político de la agresión.

Cierre

El ataque ruso a Ucrania es un desastre sin fin porque el mundo lo ha administrado como “crisis” y no como quiebre civilizatorio. Europa no puede permitirse la somnolencia estratégica: su seguridad, su derecho y su idea de futuro se juegan allí, en ciudades bombardeadas y en trincheras heladas.

La paz será difícil —y probablemente imperfecta—, pero hay algo peor que una paz imperfecta: una guerra interminable normalizada.

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