
* Por María Elena González Azurín, ciudadana activa.
Hay una frase que se repite en ciertos círculos: “aguantemos un poco más”. La dicen empresarios influyentes, actores políticos de distintos partidos y voces que se autodefinen como “responsables”. La justificación es siempre la misma: mantener al presidente Jerí en el poder sería el mal menor para garantizar las elecciones, en nombre de la institucionalidad y la estabilidad.
Pero no hay institucionalidad posible cuando se sacrifica la dignidad. Y no hay estabilidad real cuando lo que se sostiene es tolerar lo intolerable.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿hasta cuándo?
¿Hasta cuándo vamos a normalizar que un presidente con serios cuestionamientos éticos siga gobernando como si nada? Los tuvo desde el inicio, con una denuncia gravísima por violación que nunca fue aclarada de manera convincente. Y los tiene hoy, con denuncias sobre reuniones clandestinas con empresarios chinos vinculados al llamado “club de la construcción china”, incluyendo a uno con prisión domiciliaria, que además ingresó a Palacio de Gobierno sin respetar siquiera la investidura presidencial.
No estamos hablando de rumores ni de percepciones. Estamos hablando de hechos que erosionan la legitimidad del poder. De señales claras de que algo está profundamente mal. De un país que empieza a acostumbrarse a vivir sin estándares mínimos, como si la pérdida de dignidad fuera el precio inevitable de la gobernabilidad.
Frente a esto, se nos pide paciencia. Se nos pide resignación. Se nos pide mirar al costado “por el bien del país”. Pero un país no se sostiene solo con calendarios electorales. Un país se sostiene con reglas, con decencia básica y con respeto a su ciudadanía. Cuando el poder deja de respetar a la gente, lo que sigue no es estabilidad: es deterioro.
Entonces vuelvo a preguntar: ¿cuál es el límite? ¿Cuánto más tenemos que aguantar los peruanos? ¿En qué momento la estabilidad deja de ser prudencia y se convierte en complicidad?
Porque cuando renunciamos a la dignidad en nombre del orden, no estamos siendo pragmáticos: estamos siendo frágiles. Estamos olvidando que nuestro país se construyó con sacrificio, con coraje y con personas que dieron la vida por defender la patria, la soberanía, la moralidad y la humanidad. Estamos dejando de honrar una memoria colectiva que nos recuerda que no todo vale y que no todo se negocia.
La democracia no es solo votar, es también poner límites. Es saber decir “hasta aquí” cuando el poder cruza líneas que no deben cruzarse.
Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es frente a estos hechos, ¿frente a cuáles?
Porque si seguimos postergando la dignidad, un día despertaremos sin ella… y sin país.
Las naciones no caen solo por golpes de Estado. A veces caen en silencio, cuando deciden acostumbrarse a lo inaceptable.
Y ese, ese sí, es un riesgo que el Perú no puede seguir asumiendo.

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