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Opinión

El pan con chivo expiatorio, por Jorge Bruce

"El asunto es que hemos entrado en un periodo turbulento en donde los integrantes del Pacto, como el partido Renovación Nacional, están dispuestos a todo con tal de no perder el poder".

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Jorge Bruce

El mecanismo del chivo expiatorio es bien conocido por políticos, científicos sociales o psicoanalistas. En tiempos de incertidumbre y penuria, como los que vivimos en el Perú, los políticos inescrupulosos suelen inventarse uno para distraer la atención pública. De esta manera la rabia engendrada por la frustración y el miedo de las mayorías es canalizada hacia una víctima designada por esos políticos alérgicos a la verdad y a sus responsabilidades en la situación catastrófica.

Se trata de un antiguo concepto, cuyo origen tuvo una clara utilidad social. Es un ritual hebreo del Día de la Expiación (Yom Kipur), donde un chivo era simbólicamente cargado con los pecados del pueblo y luego liberado en el desierto, cargando con las culpas de la comunidad. De esta manera se podía hacer borrón y cuenta nueva. El chivo errante se llevaba el malestar de la cultura hebrea, que podía continuar su vida sin la pesada carga de la culpa.

Con el tiempo ese acuerdo social de expiación ritual se fue convirtiendo en una maniobra manipulatoria para culpar a otra persona o grupo de los propios pecados o delitos. En la política peruana de los últimos años se ha elegido un término lo suficientemente gaseoso y ambiguo como para poder meter a cualquiera en este. La palabra “caviar” es tan polisémica que el politólogo Eduardo Dargent le ha dedicado un libro para explicar su uso y abuso.

No obstante, conforme se acerca la fecha de las elecciones, la tensión ha ido en aumento. Aunque el Pacto Corrupto parece tener a casi todos controlados para asegurarse de no perder y terminar en la cárcel o escondiéndose, nunca las tendrán todas consigo. Por eso es que comienzan a darse manifestaciones de desborde violento. Por ahora la violencia es “solo” verbal. El alcalde de Lima fue, lo que a nadie sorprende, pues ya lo conocemos, el primero en efectuar ese pasaje al acto. En un discurso público exhortó a “cargarse” al periodista Gustavo Gorriti. Lo hizo en un sentido muy distinto del chivo que los hebreos cargaban con las culpas de todos. En la jerga del hampa que hoy se ha instalado en la política peruana —no por casualidad— esto es un llamado a su eliminación física. López Aliaga ni siquiera se ha molestado en alegar que se trata de una metáfora y que es un exceso interpretativo de sus enemigos.

Por el contrario, se ha ido muy campante de viaje, a visitar nada menos que al Papa. Como se sabe, Gorriti, un periodista con probablemente el mayor reconocimiento internacional del país, viene siendo estigmatizado desde hace años como el líder de una conjura siniestra para desestabilizar al país. Nadie jamás ha intentado siquiera presentar una evidencia de esta aseveración. Al mejor estilo de Goebbels, se miente hasta sembrar la duda en las mentes de la mayoría de peruanos que no acceden a una información de calidad.

El alcalde confía en que ningún proceso judicial podrá alcanzarlo, y puede que tenga razón. Han avanzado tanto en el copamiento de los contrapesos legales y políticos que pueden pedir la cabeza de una persona cuya integridad y calidad exhiben, por contraste, su miseria espiritual. Carlos Neuhaus, en una entrevista que le hace Emilio Camacho en la versión dominical de este diario, afirma: “Yo no creo que a la gente le gusten las matonerías de los candidatos.” La opinión del dirigente del PPC es bienintencionada, pero omite mencionar al matón más visible del momento, y más bien afirma su amistad con López Aliaga. Acaso sin proponérselo, borra con una afirmación lo que podría ser un acto político valiente. Pues la propia derecha debería ser la más interesada en deslindar de esos discursos de odio.

Lamentablemente, hemos llegado a un punto de inflexión en donde todo vale con tal de encumbrar en el poder a un candidato que los represente. Oportunamente, quien lidera las encuestas (por un punto) ha dejado de hablar de mortificarse con un silicio. Alguien le debe haber explicado que esos despliegues sangrientos como los de la película de Mel Gibson, La Pasión de Cristo (2004), no necesariamente atraen al electorado. En lo que podrían, dicho sea de paso, estar errados. La extrema derecha internacional siente veneración por ese filme sangriento, que narra las últimas 12 horas de Jesucristo.

El asunto es que hemos entrado en un periodo turbulento en donde los integrantes del Pacto, como el partido Renovación Nacional, están dispuestos a todo con tal de no perder el poder. Cortinas de humo como la competencia por el mejor desayuno, en donde el Perú fue representado por el pan con chicharrón (ese que le fue tan costoso a Alfredo Barnechea), seguirán aumentando. Irán en paralelo con esos discursos violentos cuyos resultados ya hemos visto en países vecinos como Colombia o Ecuador. Lo más angustiante de esto es que a quienes los profieren les tienen sin cuidado las consecuencias. Están persuadidos de que encontrarán la manera, en caso de que la violencia escale, de culpar a sus enemigos por la tempestad que ellos han desatado.

El mero hecho de hablar de “enemigos” y no de adversarios o contendientes políticos dice a las claras lo peligroso de la situación en la que nos encontramos. Cuando el ministro Santiváñez es preguntado por las denuncias de un atentado preparado por él contra la periodista Karla Ramírez, jefa de investigaciones de Panamericana TV, este se limita a responder con una palabra: “estresada”. No advierte que al evitar nombrarla, ni siquiera con un pronombre o sustantivo, la está eliminando en la práctica: no existe. El resto lo dice su mirada inerte. Hay violencias explícitas e implícitas.

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