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Opinión

¿Cuánto esperar del proceso electoral de 2026?, por Jorge Morel

No faltarán las diatribas a las personas que actualmente ocupan cargos de elección popular; pero en lo que toca a compromisos por cambios, hay que ser más cautos en las expectativas.

Jorge Morel
Jorge Morel

¿Cuánto esperar del proceso electoral de 2026? En situaciones regulares debería ser un momento gravitante de confirmación o rechazo de las políticas y legislación de los últimos cinco años, como lo fue en elecciones anteriores. En 2006 y 2011, por ejemplo, se jugaron opciones políticas que prometían encauzar al país por transformaciones específicas: un aumento de la presencia del Estado, en infraestructura y servicios públicos, acompañado de un mayor énfasis hacia la competitividad de algunos sectores. Con sumas y restas, por supuesto, estos debates programáticos mantuvieron cierta vigencia hasta la entrada, con patente de corso, de la política de intereses particulares que hoy lo es todo en el sistema político peruano. Los 43 partidos en contienda reflejan bien esa hiperatomización de intereses. Algunos argumentarían que, mucho antes de la elección de 2021, ya existían más de 43 facciones en los partidos establecidos (formalmente alrededor de 15); y que esta proliferación de marcas no hace sino sincerar a las facciones que posteriormente se separan de la organización política que llegaba al Congreso. Otros argumentarían que hubo un uso de mala fe de la anterior ley que facilitaba la inscripción a través de afiliados, por lo que nuevas plataformas llegarán al Congreso nuevamente para dar paso a la fragmentación. En cualquier caso, los 43 partidos podrían ser el preanuncio de una situación al menos igual de insostenible para el quinquenio que se aproxima. En ese sentido, ¿estamos partiendo hacia un resultado político incierto o, por el contrario, ya podemos ir previendo algunas tendencias que nos ahorren mayores angustias?

De momento sabemos que los políticos en cada región, incluyendo a los de Lima, están abocados a generarse un espacio dentro de la herencia que nos deja el período 2021-2026. Así, no vemos que las reformas planteadas desde el Congreso en varios aspectos (ciertamente el político-electoral, pero tampoco en temas sustantivos como educación) se hayan visto reflejadas en una oposición vocal de estos nuevos actores políticos, quienes buscan acomodarse a un escenario que -dentro de la lotería electoral de 2026- les da 1 entre 43 opciones de alzarse con una victoria (bien sea la Presidencia o asientos numerosos en Diputados y Senadores).

No faltarán las diatribas a las personas que actualmente ocupan cargos de elección popular; pero en lo que toca a compromisos por cambios, hay que ser más cautos en las expectativas. Entre estos nuevos partidos ya empiezan a perfilarse nuevos “Perú Libre”, plataformas que, desde un discurso en principio disruptivo, están listas para negociar el mantenimiento del statu quo, montarse encima de la política de intereses particulares y llevarla a fronteras aún más lejanas y desconocidas para el nuevo período. Un resultado para nada descabellado sería que los intereses particulares empiecen a canibalizarse entre ellos, ciertamente en la campaña electoral; y dependiendo del resultado, en el mismo Congreso; un escenario previo al descalabro completo de la autoridad.

La sociedad, por su parte, nos muestra tendencias distintas a las de los políticos. La sociedad civil, por un lado, se encuentra en medio de sus propios retos para adaptarse a un escenario complejo de potencial fiscalización selectiva por parte del Ejecutivo durante la campaña electoral.

En ese sentido, la interlocución entre políticos, funcionarios y sociedad civil estará marcada por un distanciamiento notable, quizás el mayor desde finales del gobierno de Alberto Fujimori. La opinión pública, por su parte, empieza el año preelectoral con valoraciones sobre la política nacional en mínimos históricos. Si la elección de abril de 2021 se dio en un contexto de muertes masivas a causa de la COVID-19, con los resultados electorales que ya conocemos, la elección del 2026 encontrará la desafección política en su máxima expresión y un pesimismo sobre el futuro que puede llevar a toma de decisiones simplistas.

Así, dos escenarios se abren en este nuevo ciclo. Uno primero: la apuesta renovada por una figura carismática que prometa cambio radical, aunque sea bajo la amenaza de falta de experiencia. Es decir, repetir la fórmula que llevó a la presidencia a Castillo/Boluarte. El discurso antisistema, envalentonado por la necesaria lucha contra la delincuencia y la impopularidad de las actuales autoridades, va a dejar mucho margen este espacio político. Un segundo escenario: que prime la reacción frente a los partidos que han facilitado el desorden institucional y la animadversión ciudadana entre 2021-2026 y que esto le dé aliento a los moderados de derecha e izquierda para hacerse un espacio. Estos dos escenarios son en algún sentido mutuamente excluyentes, pero -dadas las nuevas reglas electorales- pueden encontrarse ya a nivel de resultados de la elección: una presidencia populista con unas Cámaras opositoras, pero que “encauzan” la política nacional, o, por el contrario, una presidencia reformista y programática buscando espacios de consenso en el nuevo Congreso atomizado post-elección (puede que pocos partidos lleguen al Congreso, pero la atomización de intereses y de nuevas bancadas será inmediata). El primer escenario, curiosamente, da mayores garantías de estabilidad que el segundo, el cual recuerda en algo a la presidencia efímera de Kuczynski.

En ese sentido, cabe esperar unas elecciones 2026 marcadas por la presencia de intereses particulares, con políticos negociando la herencia del período 2021-2026 y una sociedad desilusionada y sin referentes; pero cuyas reglas electorales puede llevar a un escenario de contrapesos entre Ejecutivo y Congreso que, en sí, tiene el potencial de dar un respiro a la debilitada democracia peruana.

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