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Opinión

Carnaval, por Cynthia Cienfuegos

Los carnavales han dado espacio a la protesta ciudadana, sobre todo en el sur del Perú. Una oportunidad para ridiculizar a la clase política que nos gobierna y canalizar la indignación desde los bailes, las coplas, las máscaras, la música

larepublica.pe
CARNAVALES

No hay una ventana más cercana para conocer la realidad y diversidad del país que sus carnavales. Y como toda expresión de cultura viva, estos se desarrollan sobre la base de un dinamismo constante, que permite su deconstrucción y recreación a través del tiempo. Los carnavales reproducen costumbres, símbolos y representaciones, y al estar conectados con sus contextos territoriales, también son atravesados por las transformaciones sociales y políticas. Permanecen, pero al mismo tiempo cambian.

Están los carnavales celebrados en las grandes ciudades, donde el intercambio intergeneracional y la migración juegan un papel fundamental en su configuración. Y están los carnavales que se desarrollan en los entornos rurales, campesinos y núcleos comunitarios, muchas veces fuera de los lentes “oficiales”. Ahí, estas fiestas son un pase a la cotidianidad y a los conocimientos que los pobladores tienen sobre la geografía, el clima, la fertilidad de la tierra y la producción agrícola.

Pero el carnaval también puede ser un espacio incómodo y de tensión, donde se reflejan las asimetrías de poder y los estereotipos dominantes. Aquí es donde también se materializa y se perpetúa el machismo. Lamentablemente, las festividades asociadas al carnaval dejan de ser, muchas veces, espacios seguros para las mujeres y niñas. En Cajamarca, durante el carnaval 2024, la Fiscalía reportó 7 denuncias de delitos contra la libertad sexual. De este total, 5 son presuntas violaciones sexuales y 2 presuntos tocamientos indebidos. También se recibieron 2 denuncias por acoso y 30 denuncias por agresiones físicas y psicológicas.

Por otro lado, los carnavales han dado espacio a la protesta ciudadana, sobre todo en el sur del Perú. Una oportunidad para ridiculizar a la clase política que nos gobierna y canalizar la indignación desde los bailes, las coplas, las máscaras, la música. En ese sentido, el carnaval se convierte en una herramienta que transgrede el poder oficial, volviéndose también un ejercicio político y democrático.

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