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Opinión

El fuego y la furia, por Ramiro Escobar

El penoso hecho de que, en medio de las llamas que consumen nuestras tierras, la palabra ‘crisis climática’ no haya sido parte central del discurso del gobierno revela una forma de ver el mundo, la economía y la política

larepublica.pe
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No hay tregua, no hay descanso, no hay agua. Desde hace varias semanas, o incluso meses, varios países sudamericanos enfrentan una ola de incendios forestales que amenazan con destrozar ecosistemas, presupuestos, vidas humanas y animales. No es que sea la primera vez que esto ocurre; es que, en esta ocasión, el infierno parece estar más cerca.

El juez brasileño Flávio Dino ha llamado a esto una “pandemia de incendios” y tiene razón: el contagio de las llamas ha sido imparable, los Estados no tenían suficientes sistemas de prevención, y la población misma alimentó tal contagio con malas prácticas o con perversas estrategias para ganar tierra agrícola sin piedad alguna.

¿Hay vacuna contra este mal? Una ruta es asumir un diagnóstico ya ineludible: el cambio climático está provocando sequías inusitadas y brutales; también podría estar alterando la dirección de los vientos (lo que hace más difícil que un incendio sea ‘controlable’); las lluvias vienen en espasmos o en cantidades desatadas. Todo se ha vuelto inestable.

El Estado brasileño, bajo la conducción de Lula, sí asume esa cruda realidad. Pero, en este momento, no solo enfrenta el fuego, sino la herencia perniciosa de Jair Bolsonaro, un negacionista climático sin vergüenza alguna. En Bolivia, Ecuador o en nuestro país no ha habido un mandatario de ese calibre lamentable, pero quizás no hace falta.

El penoso hecho de que, en medio de las llamas que consumen nuestras tierras, la palabra ‘crisis climática’ no haya sido parte central del discurso del gobierno revela una forma de ver el mundo, la economía y la política. Si a eso se suma la nueva ley forestal, que facilita la conversión casi exprés de bosques en tierras agrícolas, se tiene el fósforo adecuado.

Ver la Tierra como una mera mercancía, no como un lugar a cuidar y aprovechar, fomenta, además, las actividades ilegales. Lo triste es que hasta quienes, de manera inconsciente o deliberada, promueven la destrucción de los ecosistemas o disparan las emisiones, también sufrirán los estragos de la catástrofe ambiental ya en curso.

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