
Un sujeto de apellido Oviedo ha inaugurado la temporada del burro prepotente y a la vez patético este verano. Fue uno de esos clásicos intentos de apropiarse de un lote de playa, declarando a otros bañistas advenedizos, sin derecho a un lugar bajo el sol (o más bien bajo la sombrilla). Todo sazonado con el lenguaje soez y racista de un obvio idiota.
Todos conocemos el tema de las playas. De la orilla a 50 metros la propiedad es de la Marina de Guerra. Pero la gente con dinero ha construido a partir de ese tramo, o dentro de él, produciendo playas de acceso limitado.
Así, las playas realmente públicas son pocas, sobre todo en torno de Lima y las grandes ciudades de la costa.
En el corto verano del Perú las playas públicas se repletan, pero los municipios responsables de ellas ofrecen muy pocos servicios, si alguno. Lo cual produce una situación de mar, sol y anarquía que protagonizan concurrentes y autoridades. En medio de eso pululan los comerciantes mosca, siempre atentos a una aglomeración sin reglas.
Una fuente de constante conflicto es el negocio de las sombrillas y las perezosas. Este gremio llega a arreglos con los municipios, los cuales suelen permitirles monopolizar una primera fila playera, y recluir a la gente de a pie en una suerte de cazuela en el anfiteatro marino, no importa cuán temprano hayan llegado.
El del triste Oviedo de Tacna es un caso particular, pero no infrecuente: gente que vive frente a una playa pública, pero reclama los privilegios del propietario de una playa privada. Son derechos que se remiten al balde y la lampita de la infancia sobre la arena, imaginarios y absolutos a la vez. Todo esto produce playazos inconstitucionales.
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Sin autoridades efectivas, las lacras son múltiples: música de mototaxi a todo volumen (todos quieren escuchar mi playlist), pelota de fulbito sin control, alcohólicos extrovertidos, ambulantes dificultando el paso en todas las direcciones. La multitud se vuelve víctima del mercachifle, del exhibicionista y del indiferente.
La playa tiende a ser vista como un espacio igualitario de todo tipo, y es así en muchos lugares y ocasiones. Pero si el trato discriminatorio y marginador prospera, llegará el día en que veremos invasiones cabales de playas enteras. No para vender terrenos, sino para pasar el día.

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