
Aunque algunos entusiastas de la protesta creen que esta se tumbará al gobierno de la presidenta Dina Boluarte, esa ilusión se ha debilitado mucho y la posibilidad de que resurja, al menos este año, es muy baja, pero eso no quiere decir que se haya superado el malestar ciudadano.
Lo que se ha consolidado es una sensación de que la protesta no conducirá a nada, pero no que ya no existan razones que la justifiquen. La protesta paró, pero ministros y congresistas no pueden ir a regiones sin el riesgo de que los corran entre abucheos y piedras.
Según el IEP, a Boluarte la aprueba 15% y al Congreso 6% —igual que en febrero, en el momento más alto de la protesta—, mientras 82% quiere adelantar la elección para que se vayan todos.
La protesta se agotó por su efecto económico en la gente y la falta de liderazgos políticos que la encarnaran con capacidad de representar a la ciudadanía, incluso en la región Puno que algunos quieren convertir en el último bastión contra el gobierno de Boluarte.
“Yo no voy a decir que mañana vamos a tumbar al gobierno, no, pero lo vamos a hacer. Quizás nos tome un poquito más de tiempo, pero lo vamos a hacer”, dijo hace poco Verónika Mendoza, una aliada incondicional de Pedro Castillo que no pudo construir ni inscribir un partido. Su capacidad de representación de la ciudadanía es nula, al igual que todo el elenco estable e inestable de la desprestigiada política peruana, desde la derecha hasta la izquierda, pasando por todo el centro.
La protesta se agotó dejando en el camino seis decenas de muertes que nunca debieron ocurrir, profundas heridas sociales abiertas en regiones como Ayacucho o Puno, sin que se haya planteado un miniplan Marshall para esas zonas, y sin que hayan surgido liderazgos que produzcan en algún sector más o menos relevante de la población alguna ilusión de que se pueden resolver los problemas de la gente.
La protesta acabó profundizando la sensación de que los problemas del país no tienen solución y de que se carece de políticos honestos y capaces de liderar la nación, lo cual destruye la ilusión de un futuro estimulante.
Los peruanos necesitamos liderazgos honestos que ilusionen con realismo de que nuestra vida puede mejorar.





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