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Opinión

La hora de los machitos

“Lo que sí es preocupante y debe ser denunciado es que las autoridades respondan a una crisis humanitaria proponiendo soluciones militares”.

larepublica.pe
RMP

El Perú no ha sido un receptor de migraciones masivas. Digamos que, desde la conquista española, este territorio no ha sido un imán para extranjeros deseosos de vivir un sueño. Por algo será. Tenemos migraciones europeas y asiáticas en el siglo XIX y primera mitad del siglo XX, disparadas por hambrunas y guerras, pero muy acotadas y en mucho menor medida que otros países americanos.

Los peruanos sí somos, entre otras muchas cosas, migrantes. Del campo a la ciudad, de la ciudad a la capital, de la capital al mundo. A mayo del 2021, más de un millón de nacionales mayores de 18 años estaban registrados en Reniec con domicilio extranjero. Se calcula que, considerando la migración ilegal y la que nunca registra su domicilio en el exterior, además de menores de edad, la cifra está muy por encima de los tres millones.

Se puede afirmar que el 10% de los peruanos no viven en el Perú. A veces, en clase, hago este simple ejercicio: les pregunto a mis alumnos cuántos tienen a sus cuatro abuelos nacidos en Lima. Nadie levanta la mano. Cuando pregunto cuántos tienen un pariente directo viviendo en el extranjero, casi toda la clase levanta la mano. Lima, si se ve de forma intergeneracional, es una ciudad de tránsito.

La diáspora venezolana, que ha puesto seis millones fuera de su país, es un fenómeno brutal por lo masivo, veloz, cruel e inhumano. Culpa de sus gobernantes, sin duda. Pero se parece al conjunto de minidiásporas que ha sufrido el Perú en los últimos 50 años. ¿Cómo no tener empatía? ¿Cómo no entender lo que se sufre si es lo mismo que sufren nuestros parientes en España, Estados Unidos, Argentina o Chile, por citar los destinos mas populares? La soledad, el desprecio, el no encajar, las angustias económicas y el miedo a perderlo todo cada día, por un error migratorio, son las mismas.

Hace unos años, viendo un documental sobre la migración a los Estados Unidos, se resaltaba que toda primera generación de migrantes carga inevitablemente con el estigma del crimen. El último en llegar es el culpable. Esto, que pasa a los peruanos en todas partes, no es extraño que pase con la migración venezolana que hoy se calcula en un millón y medio de personas. Nunca ha llegado tanta gente, tan rápido, de una misma nacionalidad.

Así visto, tampoco es raro que la xenofobia y un nacionalismo de manual barato sea la respuesta social. Lo que sí es preocupante y debe ser denunciado es que las autoridades respondan a una crisis humanitaria proponiendo soluciones militares. Un concurso de machos entre gobernantes peruanos y chilenos es el espectáculo de estos días.

Los ministros de Boric y Boluarte, ambos elegidos por la izquierda, alentados por el entusiasmo de los émulos de Bukele que creen que meter bala todo lo arregla, están llevando la voz cantante en el discurso político. No sería más que una de las tantas inconsistencias políticas que hay que señalar sino fuera porque esta vez, lo que hay en juego, son seres humanos. Bajo el argumento de “no me tires tu basura” no se responde ni a un problema humanitario ni a uno de seguridad.

Podría destinar cientos de palabras a explicar los beneficios económicos de la migración. Lo que aporta al PBI una mano de obra calificada que no educó el Estado peruano; lo que aporta al consumo un flujo permanente de personas que expande un mercado; lo que aporta a la calidad del servicio, a la transferencia tecnológica y un largo etcétera.

Podría explicar con cifras en la mano que la delincuencia peruana es un producto 99% peruano. Pero nada de eso importa. Un titular donde el asesino es venezolano y la víctima peruana lo trae todo abajo. Porque cuando la migración es masiva, nunca el asesino nuestro irá a primera plana. No importa lo que digan los números. Toda sociedad en crisis necesita sus monstruos.

Prejuicios, que hay que decirlo, no discriminan por ideología. Entre Vizcarra haciendo el show de la deportación (no a delincuentes, sino a familias con problemas administrativos) y el congresista Montoya que sugiere “si es necesario, hay que disparar” en la frontera con Chile, no hay diferencia. La única diferencia es que este Gobierno ya lleva 49 peruanos muertos en total impunidad. Eso, Dios no lo permita, les puede dar la tranquilidad de seguir haciéndolo.

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