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Opinión

Lima: la ventana del piso 14

"Si bien el lugar de nacimiento es indeleble en las actas y en la sangre, para que un domicilio se convierta en hogar hace falta la convicción de que abandonarlo será un dictamen propio".

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"Si bien el lugar de nacimiento es indeleble en las actas y en la sangre, para que un domicilio se convierta en hogar hace falta la convicción de que abandonarlo será un dictamen propio".

En Piura, 24 años; en Lima, casi 2. La mudanza dilató las ventajas laborales y me ofreció otra extensión significativa para el aforismo pesimista de pisar tierra. Pisar tierra es una advertencia para ver con claridad; pero ante los ojos —y la aclimatación— de un foráneo, pisar tierra es dominar el equilibrio incluso en un piso que descansa sobre un mes adelantado y un mes de garantía: el alquiler. Porque si bien el lugar de nacimiento es indeleble en las actas y en la sangre, para que un domicilio se convierta en hogar hace falta la convicción de que abandonarlo será un dictamen propio, no de las circunstancias del arrendatario. 

Abandonar, cuya tercera acepción es dejar un lugar, apartarse de él, también se reconfigura con la búsqueda de casa: soltar. Para las aves, las plumas; para las serpientes, la piel; para alguien con más libros que maletas, la asociación con la infancia. Toleré 9 mudanzas en La Ciudad del Eterno Calor y lo único que creía mío no lo era: el álbum. Cuando el divorcio de los adultos ―yo no iniciaba esa etapa― llegó y, de paso, una residencia más, las fotos incluían todavía un tono plural: padre, madre, hija. Nosotros. Fue hasta que anuncié mi viaje que las fotos se transformaron en propiedad.

Conseguí un piso 14 con un estante suficiente para esta galería y con una ventana capaz de reunir un pedazo de ciudad que me recordaba la decisión: empezar con limitadas pertenencias a 16 horas del que sí era mi hogar. Ahora tengo cuerpo y cabeza en la próxima dirección de la capital, del sitio donde no nací. Y, aunque me instale, no puedo pisar tierra: las rentas siempre son movedizas. Lo que sí puedo hacer es revisar las imágenes de ciclos en los que ser parte de algo ―quizá de alguien― era natural. También puedo escuchar la canción de Nino Bravo que, desde la radio de mi mamá, acompañó algunas inexploradas cuatro paredes: “Allí quedará mi silla, sin que nadie se siente en ella (...). El polvo sobre los muebles cubre nuestras huellas”.

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