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Opinión

¿La paz entre pensamientos polarizados?, por Eloy Espinosa Saldaña

“Hay aspiraciones personales y de grupo muy fuertes y no existen liderazgos claros como los casos de Paniagua y Sagasti”.

larepublica.pe
“Hay aspiraciones personales y de grupo muy fuertes y no existen liderazgos claros como los casos de Paniagua y Sagasti”.

El Perú aparece hoy como un Estado divido, y en realidad siempre lo fue. Es más, hay quienes dudan de que en algún momento el Perú podría configurarse en base a una cierta “normalidad”. Esa “normalidad” implicaría un escenario donde el elemento autoasumido como el más fuerte o poderoso es quien impondría siempre lo propio como parte del sometimiento al otro(a).

En su lógica, para el poderoso(a), el otro(a) en realidad no importaría mucho. Sería solamente alguien a quien el poderoso(a) impondría sistemáticamente su fuente de dominio y sometimiento al otro(a), ante el cual solamente implantaría su poder, su seguridad y hasta su violencia, y en la práctica el despojo de su ciudadanía.

Las consecuencias de lo planteado son terribles. En primer término, se impone a quien piensa en forma diferente con un clima de odio y resentimiento, donde, o entras a un enfrentamiento directo, sin contar con las mejores condiciones para hacerle frente, o callas para generarte alternativas desfavorables. Y en ambos escenarios las cosas nunca flechan bien.

Me explico: de un lado, y como ya se anotó, se impone un clima de odio, resentimiento y dolor. La sistemática derrota del perjudicado(a), que hoy (y eso es claro en Puno) quiere participar en el Gobierno del país, pero que, a pesar de ya no ser socialistas (yo creo más ver en Puno una especial forma del capitalismo popular antes que una condición indigenista) busca participar desde una expresión especial del capitalismo, no se le da espacio para su desarrollo, no se les percibe como iguales, sino como alguien sometido e informal (casi entendido como ilegal). El odio llega a un punto inadecuado.

Por ello, insisto en que la importancia de lo que la sociedad civil puede y debe hacer al respecto en esta coyuntura es vital. En primer lugar, debe entenderse que estamos ante un problema político, donde hay ciudadanos(as), quienes en rigor no son tratados como tales y son expuestos a lo que los psicoanalistas llaman de “rabia narcisista”, un odio del que se siente humillado y despreciable y, además, se asume atacado y dominado sistemáticamente y donde, si todo se va a conversar, preguntar por dónde, pues no tienen mayor orientación, por lo menos en la coyuntura actual, que reclama la configuración de políticas públicas con programas, proyectos y actividades bien diseñados, con una gobernanza y especiales habilidades para un grupo de personas que asume, que mantiene equipos humanos calificados en el ejercicio del poder en sus manifestaciones dentro de la sociedad peruana. Lamentablemente, en muchos casos no se discute: se impone y acata.

Eso no puede sostenerse así, y desafortunadamente lo vemos en la actual coyuntura peruana. Un sector pide que se le deje participar en la vida política, pero es sistemáticamente ninguneado. El actual gobierno no ha podido consolidar su rol como tal, y ante su falta de liderazgo, pone a disposición la renuncia de Dina Boluarte (quien quiere tomar sus precauciones y no ser vacada, o con una serie de denuncias como el caso de Áñez). Pero sobre el Congreso peruano hay también mucho que decir.

Resulta claro que los dos grandes en el Congreso no quieren a Dina Boluarte en su actual puesto, pero que si pudieran se quedarían más tiempo en el cargo. Y ello por diversas razones: la derecha quiere la salida de Boluarte, pero también verse beneficiada de otras ventajas políticas, como la bicameralidad o la continuación en el quehacer congresal sin límite alguno. No se explica, y eso es preocupante, cuáles serían las labores del nuevo Senado y, sobre todo, a quién representaría si existe vigente una clara y diáfana intención sobre qué quisiera solucionarse dentro de la crisis de representación que vive el país. Lo mismo puede decirse de la posibilidad de prórrogas parlamentarias.

Por otro lado, y desde actores que se reclaman de izquierda moderada o de izquierda radical, todavía no hay definiciones claras sobre lo que se entiende por una asamblea constituyente y sus contenidos. La desagradable sensación es que ni la Presidencia ni los congresistas quieren dejar el puesto y es que el encargo no es sencillo; hay aspiraciones personales y de grupo muy fuertes y no existen liderazgos claros como los casos de Paniagua y Sagasti.

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