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Opinión

Intolerancias

“¿En nombre de qué versión de la historia o del orgullo nacional se puede bombardear un hospital de niños? ¿Cuánta intolerancia cabe en la decisión de promover un golpe de Estado sin compasión?”.

Salman Rushdie, de 75 años, se debate entre la vida y la muerte tras el ataque. Foto: AFP
Salman Rushdie, de 75 años, se debate entre la vida y la muerte tras el ataque. Foto: AFP

Por: Ramiro Escobar, profesor de la UARM

El sangriento ataque con un cuchillo contra el escritor Salman Rushdie, ocurrido el pasado viernes 12 de agosto en Nueva York, no es únicamente un asunto literario. Es un asunto moral, social, cultural; es la alarmante prueba de cuán vigente está en el mundo la incapacidad de entender al otro/a, de respetarlo y sobre todo de no dañarlo.

El disgusto con algo, o con alguien, es habitual en la experiencia humana, por motivos diversos: religiosos, políticos, étnicos o hasta por discrepancias severas respecto de la forma cómo se viste o peina una persona. El problema estalla cuando, tras las primeras molestias, sobreviene una furia desatada que puede convertirse en un acto criminal.

Hadi Matar (vaya nombre tristemente simbólico), el atacante de Rushdie, parece haberse socializado –no queda claro aún si desde pequeño, o más recientemente– en una atmósfera donde las diferencias religiosas no son perdonables. Donde, como ha ocurrido a lo largo de la historia, el diálogo espiritual es anulado sin rubor por la violencia.

Además de las consecuencias terribles de este ataque, para la vida del escritor y para la creación en general, hay otra marea que puede venir alentada por el delgado juicio humano que campea en este tiempo: la intolerancia contra el Islam en su conjunto, el pensar que todos los musulmanes son iguales, que esa es su esencia incontrolable.

Para neutralizar esa deriva bastaría recordar las masacres perpetradas por cristianos de diversas denominaciones o hasta por los presuntamente pacíficos budistas en Birmania. Pero hay un problema. Cuando se plantean las cosas así, se hunde la lucidez, ese bien tan esquivo, y se cae en un penoso torneo por ver quiénes fueron los más despiadados.

Y así la espiral crece, cruje e incluso puede devenir en un conflicto bélico, que es precisamente una forma generalizada de intolerancia. La guerra de los Balcanes de los 90 comenzó con brotes independentistas en las exrepúblicas yugoslavas y luego mutó en una olla rabiosa donde se mataron serbios, croatas, bosnios y otros pueblos.

Tuvo su pólvora religiosa (serbios ortodoxos, croatas católicos, un sector de bosnios musulmanes) que, por supuesto, no se apagó con llamados a la calma, sino con negociaciones diplomáticas. Si la mente y el corazón humano se cierran en una visión absoluta de las cosas, no entra nadie más, todo lo otro puede ser pulverizado.

La intolerancia no tiene patria política o espiritual. Es como la corrupción: un mal que trasciende esas fronteras y que tiene varios frentes. Se es intolerante con los adversarios políticos, con los gays, con las mujeres, con los indígenas, con los extranjeros, hasta con los animales. No hay tregua ni distinción cuando se odia sin medida ni clemencia.

¿Cuánta intolerancia pertinaz hay en el conflicto palestino-israelí, a pesar de sus consecuencias fatales? ¿O en la guerra entre rusos y ucranianos? ¿En nombre de qué versión de la historia o del orgullo nacional se puede bombardear un hospital de niños? ¿Cuánta intolerancia cabe en la decisión de promover un golpe de Estado sin compasión?

Siempre se puede apelar a razones de fe, de Estado o de patriotismo para justificar hechos de violencia que comenzaron con la cerrazón, con el creer que la verdad única está en unas solitarias neuronas o en un gabinete de jefes políticos y militares. O en un solo libro, como si todas las palabras del mundo y de los humanos entraran en sus páginas.

Rushdie justamente ha roto esa norma intolerante al escribir libros donde hace de la ficción un modo de entender las cosas de otro modo. El derecho a protestar contra eso es entendible. Lo que no es aceptable es cruzar la línea que separa la palabra de la agresión física. Es quemar libros o incendiar los derechos humanos con un cuchillo.

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