
Con todos los condicionales del caso, el jefe de la NASA advierte que existe la posibilidad de que China trate de apropiarse de la luna. Suena peligroso, pero también poético. Siempre hemos pensado que la luna sería para toda la humanidad. O por lo menos para un conjunto de países, como sucede con la Antártida.
Alguna vez a alguien se le ocurrió que sería posible proyectar un aviso comercial contra la superficie de la luna (en la versión que me llegó era de Pepsi Cola). Que no lo hayamos visto muestra que eso no es tecnológicamente factible. Pero las fantasías de utilizar el satélite para beneficio propio son una constante.
El comentario de la NASA llega cuando Beijing hace saber que pronto podrá colocar a un hombre en la luna, una repetición de la proeza de Washington en 1969. Con el enorme peso simbólico de ese alunizaje los EE.UU. recuperaron el terreno perdido cuando la URSS lanzó el Sputnik en 1957. Hoy nos orbitan más de 4,500 satélites artificiales.
Acusar a China de querer tomar la luna, en los hechos invadirla, es una versión aeroespacial de la preocupación aeroespacial de los EE.UU. frente al expansionismo de su competidor chino. Nadie dijo algo parecido sobre el Apolo 11 de la NASA en su momento, aunque muchos dijeron que la aparente hazaña era un elaborado truco fotográfico.
La luna es codiciable y codiciada por los más variados intereses terrícolas. Hay las ventajas militares y tecnológicas de la ubicación misma, las expectativas turísticas, o las múltiples formas de prestigio que daría operar desde una ubicación tan importante. Todo esto, salvo quizás lo militar, puede ser compartido.
Quizás los temores de la NASA son prematuros, puesto que si los EE.UU. no han vuelto a la luna en más de medio siglo, los esfuerzos chinos por llegar no parecen la antesala de una conquista en regla. El poeta Li Bo, muerto por querer atrapar el reflejo de la luna en el agua, es un recordaris de los riesgos que acechan en el espacio exterior.
Quizás sea mejor quedarse cerca. Una secuela de De la tierra a la luna, (1865) de Julio Verne, fue La compra del polo norte (1889) realizada por los mismos veteranos de la guerra civil yanqui que fletaron el viaje a la luna.





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