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Opinión

La escritura en quechua

“Hasta mediados del siglo XX, fue la lengua mayoritaria de los peruanos. Hacia 1900, los quechuahablantes fluctuaban entre 60% y 70% de la población general. En 1940 eran poco más del 50% y en 1961 el 33%”.

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“Hasta mediados del siglo XX, fue la lengua mayoritaria de los peruanos. Hacia 1900, los quechuahablantes fluctuaban entre 60% y 70% de la población general. En 1940 eran poco más del 50% y en 1961 el 33%”.

Entre 1920 y 1960, el quechua experimentó un resurgimiento como lengua escrita al mismo tiempo que perdía hablantes, afirma el historiador Alan Durston en su libro Escritura en quechua y sociedad serrana en transformación: Perú, 1920-1960 (Lima: IFEA, 2019). Hasta mediados del siglo XX, fue la lengua mayoritaria de los peruanos. Hacia 1900, los quechuahablantes fluctuaban entre 60% y 70% de la población general. En 1940 eran poco más del 50% y en 1961 el 33%. La ironía es que los factores que explican su declive demográfico son los mismos que contribuyeron a su resurgimiento como lengua escrita: migraciones, urbanización, expansión de la educación y del castellano, crecimiento económico y de clases medias. Este resurgimiento, sugiere Durston, fue parte de una respuesta regionalista al centralismo que trajeron consigo dichas transformaciones.

El libro analiza autores insuficientemente apreciados por el canon, al que le preocupaba la “autenticidad” y la preservación del quechua como una lengua de “indios”. Para Arguedas, por ejemplo, “para hacer literatura en quechua se necesitaba tener alma de indio y ser capaz de penetrar el mundo letrado (…) sin perderla”, hazaña que según él habría logrado el cuzqueño Andrés Alencastre (p. 22). Por su parte, Mariátegui —dice Durston— no se interesó en la creación literaria en quechua, por considerarla obra de “literatos bilingües”, con la excepción de la del puneño Inocencio Mamani, conocido como “el primer indio dramaturgo”.

En las antípodas de estas aprehensiones esencialistas —y siguiendo el derrotero abierto por el filólogo César Itier—, Durston analiza la obra literaria de tres escritores bilingües: el cuzqueño Andrés Alencastre y los ayacuchanos Moisés Cavero y Teodoro Meneses, huamanguino y huantino respectivamente. Pese a sus diferencias, convergían en el afán de promover la escritura del quechua para afirmar una identidad regional, buscando, a decir de Durston, armonizar las tensiones al interior de las sociedades serranas. Escribían para un público principalmente bilingüe, “exhortándolo a reconocer una identidad o, en todo caso, un proyecto común con sus paisanos monolingües” (p. 115). Cuando el gobierno de Leguía se apropió del discurso indigenista, apelaron al teatro costumbrista para “interpretar y manejar los conflictos” promoviendo una “solidaridad (real o deseada) entre mistis e indios”.

Pero el caso de Teodoro Meneses Morales y el “Grupo Huanta” era algo distinto. Meneses migró a Lima a los 15 años, donde se convertirá en uno de los primeros quechuistas profesionales, ejerciendo la docencia en San Marcos entre 1940 y 1986. Con otros huantinos fundaría la revista Huanta (1948-51), la primera publicación peruana en tener una sección en quechua. Como profesionales de clase media en Lima –entre la universidad y los clubes de migrantes– no estaban atados a una condición de “mistis”, lo que les dio libertad de experimentar con obras de ficción, sin necesidad de ceñirse a los temas tradicionales. Su obra, refiere Durston, no estaba circunscrita a “un proyecto pedagógico o estético de captura de un ‘otro’ inca o indio”, como fue el caso de Cavero y Alencastre. Buscaron más bien convertir al quechua “en una lengua escrita de uso común” utilizándolo “para dirigirse a sus paisanos sin importarles su posición social”. Una aproximación menos paternalista y más horizontal.

Hoy el Perú vive un nuevo resurgir de la escritura en quechua, mientras sigue perdiendo hablantes de la lengua. Si bien existen unos 3′800,000 de quechuahablantes, estos solo constituyen el 11.6% de la población total. El hito más importante en este nuevo “boom” ha sido la publicación en 2016 de Aqupampa, la primera novela en quechua, a cargo del huancavelicano Pablo Landeo. “Escribir una novela, o incluso un cuento corto, significa [para un escritor de lengua minorizada] construir todo un universo en colaboración con una comunidad de lectores, que quizá no exista aún”, escribe Durston (p. 20). La proeza de Landeo, quien sigue el camino abierto por los huantinos, no es menor y esperamos que sea fecunda.

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