José Rodríguez Elizondo. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
En la Segunda Guerra Mundial, Japón solo se rindió tras el impacto de la segunda bomba atómica lanzada sobre Nagasaki. Fue la secuela de un dramático debate interno, en los EE. UU., entre científicos, políticos y militares. Unos planteaban disuadir informativamente a los japoneses para negociar su rendición y otros planteaban lanzar primero la bomba sobre Hiroshima y después negociar la rendición, pues los japoneses eran irreductibles.
Ochenta años después, los EE. UU. ya no tienen el monopolio ni el duopolio (con la ex Unión Soviética) del poder nuclear. Hoy son nueve las potencias que se sabe lo tienen y se sospecha que hay más. Son demasiadas para un consenso y esto cambió los niveles de sensatez de la Guerra Fría expresados en la fórmula MAD (Destrucción Mutua Asegurada). Por eso, en lugar de negociar para disuadir a un enemigo irreductible y así evitar el flagelo de una guerra, en el club nuclear ha emergido la tendencia a disuadir antes de negociar, aunque eso catalice el apocalipsis. Así pasamos del equilibrio del terror al terror desequilibrado, con Donald Trump como actor principal.
TRANSICIÓN A LA INSEGURIDAD. En versión maximalista, la estrategia de Trump contiene una transición de los EE. UU. hacia la hegemonía planetaria unilateral. Esto le garantizaría una seguridad absoluta, incluso mediante conquistas territoriales.
Sin embargo, las élites intelectuales norteamericanas saben, desde los tiempos de Kissinger y este desde los tiempos de Metternich, que “la seguridad absoluta para un país es la inseguridad absoluta para todos los demás”. En algún momento los Estados afectados unirán fuerzas para defenderse y/o contraatacar.
Desde Europa esto fue glosado por el francés Claude Julien, para quien el objetivo de superioridad militar y económica absoluta de los Estados Unidos “se condena, sin duda alguna, a los peores enfrentamientos”. Por lo demás, la realidad de la Guerra Fría ya lo había confirmado. El “síndrome antimperialista” se manifestó en guerrillas, atentados terroristas, guerras sin solución como en Irak y Afganistán y hasta guerras perdidas como la de Vietnam.
NUEVO DESTINO. En su discurso de toma de posesión Trump pasó por alto esa realidad. Anunció “una edad de oro”, que culminaría con un imperio tecno-planetario: “perseguiremos nuestro destino manifiesto hacia las estrellas, lanzando astronautas estadounidenses para plantar las barras y estrellas en el planeta Marte”.
Esto excede una transición pacífica hacia una hegemonía relativa, inspirada en el histórico destino manifiesto de los EE. UU. Más que como hipérbole, luce como distopía totalitaria. Para implementarla, Trump tendría que “normalizar” sus políticas beligerantes, mediante un complejo de transiciones internas y externas. Las principales serían las siguientes:
TRANSICIÓN INTERNA. Se orienta a la concentración del poder doméstico, sobrepasando los equilibrios constitucionales que limitan la discrecionalidad del jefe de Estado. Entre otras medidas supone socavar la posibilidad de una alternancia efectiva, controlar las mayorías en el Congreso, construir una comunidad de apoyo en el sector empresarial vinculado a tecnologías estratégicas, “desfederalizar” el país interviniendo las atribuciones de los gobernadores estatales, subordinar los fallos judiciales a las órdenes ejecutivas y -en casos extremos- violar derechamente la Constitución.
TRANSICIÓN INTERNACIONAL. Refleja la primacía de la geopolítica sobre la democracia, la irrelevancia del clivaje democracia-dictadura y el cambio en las políticas de alianza. Objetivo: recuperar y proyectar la hegemonía unilateral de los Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría. Este objetivo tendría plataforma en a) el reemplazo del sistema multilateral de la ONU, b) el alineamiento de América Latina en el marco de una doctrina Monroe potenciada, c) la tolerancia temporal a la recuperación rusa de posiciones soviéticas en Europa Central, d) la contención y/o retroceso de China de las posiciones conquistadas en el hemisferio occidental y e) el control de vías oceánicas estratégicas como el canal de Panamá, los pasos interoceánicos del Cono Sur latinoamericano y las nuevas rutas marítimas que el deshielo está abriendo en el entorno de Groenlandia.
TRANSICIÓN MILITAR. En lo internacional, supone liberarse de alianzas como la OTAN, que condicionan la aplicación de la fuerza propia, con costo financiero negativo. Como contrapunto, supone perseverar en la alianza con Israel, lo que implica apoyar a Biniamin Netanyahu. En paralelo, promueve un alineamiento de las fuerzas armadas de América Latina y un control potenciado de sus mercados de armas, con el incentivo de ofrecer tecnologías de punta. En lo profesional castrense, elimina la posibilidad de mandos militares que subordinen las órdenes presidenciales al respeto a la Constitución. Por añadidura, fortalece la doctrina de la obediencia militar absoluta, incluso en contra de valores castrenses tradicionales. Esta transición exige un aumento drástico y continuo del presupuesto militar, para hacer evidente y por tanto disuasiva la fuerza superior de los Estados Unidos.
TRANSICIÓN DIPLOMÁTICA. Dada la primacía de la geopolítica, esta transición socava el ethos y estatus de la diplomacia bilateral y multilateral. En cuanto arte de la negociación, mutaría en instrumento subsidiario de la voluntad del conductor político, quien podría subordinarla a la amenaza y/o uso de la fuerza. Elementos de esta transición son, entre otros, el alza de aranceles, la disuasión ofensiva, el temor correlativo de los gobiernos amenazados y el abandono o reemplazo del multilateralismo ONU.
TRANSICIÓN ECONÓMICA. Esta asume que la democracia liberal, con sus libertades de comercio y mercado, terminó facilitando la “desindustrialización” de los Estados Unidos, debilitando su capacidad estratégica, facilitando el desarrollo exponencial de China e induciendo una hiperglobalización que colisiona con la soberanía propia. A partir de ese diagnóstico, la tendencia es a acotar y/o desconocer la cultura de las libertades inscrita en el destino manifiesto histórico de la superpotencia. Esto implica un control y/o apropiación de recursos estratégicos foráneos -como tierras raras y petróleo-, socavar la independencia del Banco Central (Federal Reserve), desestabilizar la Organización Mundial de Comercio (OMC) y asignar al sistema de aranceles una función paralela a la de la fuerza. Sería el reverso simétrico de las alianzas para el desarrollo, propias de la Guerra Fría y, en especial, de los años kennedianos.
TRANSICIÓN JURÍDICA. Tiene como argumento central la carencia de fuerza coercitiva del Derecho Internacional y, como correlato, su efecto dual: el derecho sería solo un referente para países débiles y un factor de legitimación de la fuerza, según el aforismo “los hechos generan derecho”. En los hechos es una transición hacia la juridicidad instrumentalizada, que permitiría sobrepasar las normas vigentes sobre no intervención, solución pacífica de controversias, autodeterminación de los pueblos y respeto a los derechos humanos. En rigor, más que transición hacia una juridicidad nueva, sería una regresión al realismo de las monarquías absolutas, con Talleyrand como su ícono. Sirviendo con eficacia a distintos regímenes políticos, este histórico francés dijo que en los conflictos internacionales “aun el derecho más legítimo puede ser discutible”.
POSDATA. Tras la captura de Nicolás Maduro, delegación de poderes en cómplices del dictador y guerra contra Irán, el presidente Trump terminó de alterar el sueño de los terráqueos. Quienes se asoman hoy al viejo filme Doctor Insólito o como aprendí a amar la bomba, de Stanley Kubrick, ya no lo perciben tan divertido ni tan improbable como en los años de la Guerra Fría.

José Rodríguez Elizondo. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.