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Opinión

El gran teatro del mundo

“Escatimar recursos frente a las amenazas contra la vida es mezquino. Lucrar con ella es inaceptable. Por ello la salud es incompatible con el capitalismo”.

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Ya no es una licencia narrativa definir al capitalismo como una enfermedad, una de carácter degenerativo, no solo por las consecuencias en el medio ambiente y en las amplias estructuras del sistema social, sino en las propias personas. Escatimar recursos frente a las amenazas contra la vida es mezquino. Lucrar con ella es inaceptable. Por ello la salud es incompatible con el capitalismo.

La precariedad del sistema sanitario a nivel mundial equivale a haber dejado debilitado el sistema inmunológico de la humanidad. El capitalismo redujo la vida humana –y, con ello, nuestra propia subsistencia como civilización– a un producto con un valor económico intercambiable.

Mostrando un patrón común al de toda enfermedad, el capitalismo mutó hacia el neoliberalismo y se volvió mucho más agresivo. Se inoculó en nuestros procesos educativos y culturales, corrompió nuestro sistema nervioso central a escala social a través de los mass media, construyendo los paradigmas que lo sostienen.

La humanidad entera se volvió un yonki, con adicciones y distorsiones patológicas que normalizaron las inmensas brechas sociales en esta dinámica perversa y enfermiza de acumulación –como una gran sobredosis global– de ingentes cantidades de riqueza en unos pocos bajo el discurso vacío de la reducción de pobreza.

El capitalismo no apareció de la nada. Se inventó en un think tank de occidente, quizás con un objetivo mucho más noble, pero se escapó de los controles y se extendió como una pandemia. Parafraseando las voces actuales, no distinguió razas, idiosincrasias ni condición alguna. Se expandió en todas las instancias proclamando libertades, pero bien en el fondo, imponiéndose de manera autoritaria gracias a la incivilidad y los brazos armados de los totalitarismos.

El comportamiento del coronavirus frente al capitalismo neoliberal es como el de una vacuna diseñada con los restos del propio virus debilitado, pues nació de sus entrañas, en otro laboratorio, pero esta vez de oriente. Sería ingenuo no mirar entre líneas las relaciones de poder entre los diferentes actores mundiales, dinámica que se ha convertido en el backing de todas las noticias que se publican sobre la pandemia.

El coronavirus literalmente ha roto la cuarta pared y nos ha hecho sentir como parte de una obra de Pirandello en la que el antiguo imperio fortalecido se confronta con el actual imperio debilitado, tosiéndonos en la cara y representando la Marcha de las Valkirias, decidiendo como en toda tragedia quién vive y quién no. Como si en la medicina molecular se aplicara también aquello de aprovechar las debilidades del enemigo, citando El arte de la guerra del buen Sun Tzu. Nunca más cerca la geopolítica de la epidemiología y la biología molecular.

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