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“En términos prácticos, hay un espejismo en estos desplazamientos. Con pocas excepciones, la provincia está menos contaminada que las capitales. Pero a la vez el riesgo de contaminación está en todas partes”.

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Regresar a pie al pueblo del que la persona o la familia ha venido a la ciudad años antes. En un país formado a partir de migraciones, estos recientes intentos masivos de escapar al virus y sus efectos económicos está cargado de un sombrío simbolismo. Para los más pobres las ciudades se han vuelto súbitamente inviables, lugares de los que hay que huir a toda costa.

En términos prácticos, hay un espejismo en estos desplazamientos. Con pocas excepciones, la provincia está menos contaminada que las capitales. Pero a la vez el riesgo de contaminación está en todas partes. El virus puede viajar con las personas, y de hecho lo hace con muchas, y los recursos médicos en el interior son radicalmente limitados.

No es solo el temor a la enfermedad. El primer empujón de la crisis económica ya está haciendo que muchos crucen la delgada línea que separa a la pobreza de la franca indigencia. Súbitamente cosas como las redes del parentesco provinciano, imágenes de la economía rural, evocaciones de alivio en una vida pasada o ancestral, operan como gatillos que vuelven a la fantasía una decisión de partir.

Los primeros intentos han tenido muy poco de idílicos. Las autoridades, como era de esperar, han bloqueado las partes contaminadas de los grupos en movimiento. Las regiones de destino, asustadas, han expresado rechazo a los paisanos que intentan regresar. Hacer cientos de kilómetros a pie, casi sin alimentos, es un ejercicio penoso. Algunos suertudos han podido concluir sus jornadas en buses.

Más allá de cuánto prospere esta modalidad de la desesperación, la idea ya está implantada en parte del imaginario peruano. Nótese que es contraria a la que impulsó las grandes migraciones iniciadas en los años 40, cuando el campo era el espacio del que era urgente escapar. Ni la miseria urbana pudo modificar ese sueño, hasta estos días.

Hace algo más de un año (todavía la bonanza), INEI anotaba que en nueve regiones el sentimiento de caída del nivel de vida era más intenso que el promedio nacional. La crisis que llega probablemente va a ecualizarlo todo hacia abajo. Se podrá migrar para eludir el virus, pero no para evitar el frío abrazo de la crisis económica.

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