
Jessica Ridgeway, de apenas 10 años, desapareció la mañana del 5 de octubre de 2012 mientras caminaba hacia su escuela en Westminster, Colorado. Su madre, quien trabajaba en el turno nocturno, se alarmó al recibir un aviso de que su hija nunca llegó a clases. El caso de la niña desaparecida generó de inmediato una alerta policial, movilizó a vecinos, autoridades y medios, convirtiéndose en una prioridad para el estado.
En cuestión de horas, las autoridades activaron una búsqueda masiva, desplegando drones, unidades caninas y cientos de voluntarios. Las calles de Westminster se llenaron de carteles con el rostro de Jessica, mientras las redes sociales amplificaban su caso. A los pocos días, el hallazgo de su mochila en un parque cercano encendió las alarmas. Restos biológicos encontrados en el objeto confirmaron lo peor: la menor había sido secuestrada y posiblemente asesinada.
Dieciocho días después de la desaparición, una llamada al 911 sacudió a las autoridades. Mindy Sigg, residente del mismo condado, contactó con urgencia a la policía. Su hijo, Austin Sigg, de 17 años, confesó en casa haber sido el responsable del crimen de Jessica Ridgeway. La madre, impactada pero decidida, entregó a su hijo, quien también admitió su culpabilidad durante la llamada grabada por los operadores.
Tras su arresto, el adolescente brindó detalles escalofriantes sobre cómo cometió el crimen. Austin explicó que había planeado el secuestro durante semanas y que llevó a Jessica a su casa, donde la agredió antes de acabar con su vida. En su confesión, también señaló que había ocultado parte de los restos en su domicilio y el resto en un campo cercano. El ADN hallado en la escena coincidió con el suyo, confirmando su participación.
Durante el proceso judicial, la fiscalía presentó evidencia forense clave, incluyendo cabello, huellas dactilares y material genético que vinculaban a Austin Sigg con el asesinato de Jessica Ridgeway. También se reveló que había intentado secuestrar a otra mujer semanas antes, sin éxito, lo que evidenció una conducta criminal premeditada. El joven no mostró remordimiento al declarar y su frialdad causó consternación entre los presentes.
Austin Sigg fue declarado culpable de 15 cargos, incluyendo asesinato en primer grado, secuestro y agresión sexual. Aunque era menor de edad, la gravedad del crimen permitió que fuera juzgado como adulto. En noviembre de 2013, fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, más 86 años adicionales. El veredicto fue recibido como un acto de justicia para la familia de Jessica y la comunidad entera.
El asesinato de Jessica Ridgeway dejó una profunda marca en Westminster y provocó un debate urgente sobre la seguridad infantil en Colorado. A raíz del caso, se impulsaron reformas en los protocolos escolares y se fortalecieron los mecanismos de prevención de secuestros. Escuelas del estado revisaron sus medidas de seguridad, mientras autoridades y padres de familia trabajaron unidos para evitar que una tragedia similar volviera a repetirse.
En honor a su memoria, se construyó el Jessica Ridgeway Memorial Park, un espacio dedicado a recordar su vida y a fomentar la protección de los niños. El crimen también motivó campañas educativas sobre cómo actuar ante una desaparición. Aunque la comunidad logró sanar con el tiempo, el caso sigue siendo un doloroso recordatorio de lo que puede suceder cuando un depredador ataca sin ser detectado.

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