
La historia del ser humano está íntimamente relacionada al fuego, tanto desde un aspecto evolutivo como de simple conveniencia. Si bien el descubrimiento de esta reacción ayudó a nuestra especie a desarrollarnos tal como somos hoy en día, su existencia cobró una nueva forma con la industrialización y con el auge del estilo de vida urbano. Dos utensilios nos hacen muy cercanos al fuego en la actualidad: el encendedor y el fósforo. ¿Cuál de ellos se inventó primero? La respuesta es algo compleja, pero muy interesante.
Hay muchas hipótesis sobre el origen de nuestra relación con el fuego, pero una de las más aceptadas es la de Steven R. James de 1989. Señala que el ser humano no solo lo descubrió, sino que lo domesticó alrededor de 1,7 millones de años atrás.
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Hubo mucho trecho entre la simple habilidad de crear fuego, a partir de friccionar ramas y por otros métodos, hasta la adopción de este como parte vital para el funcionamiento de un hogar.
Sin embargo, no fue hasta la revolución industrial, y con el auge de una sociedad urbanocéntrica, que el fuego se convirtió en un acompañante más importante para, por ejemplo, encender y hacer funcionar otros productos cada vez más cotidianos, como los cigarrillos.
Es alrededor de los primeros años del siglo XVIII cuando en la emergente Europa industrialista aparecen dos inventos cuyo origen se interpone: las cerillas, también llamados fósforos, y los encendedores, también denominados mecheros.
El primer invento precedente al moderno mechero o encendedor tiene un origen muy específico. Fue obra de Johann Wolfgang Döbereiner, un químico alemán al que le debemos la ley de las tendencias periódicas de los elementos químicos.
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En 1823, este químico inventó lo que se llamó más adelante la lámpara de Döbereiner, un utensilio pequeño y portátil diseñado para crear fuego al instante.
La base de este mecanismo consistía en un frasco donde se hacía reaccionar ácido sulfúrico diluido con metal de zinc, de manera que se producía gas hidrógeno.
El frasco luego era abierto para que liberase el hidrógeno en forma de chorro, el cual iba dirigido a una esponja de platino.
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Esta última, en reacción con el oxígeno del aire natural, se calentaba y así generaba, por reacción con el hidrógeno, una ligera y suave llama.
A este proceso se le conoce actualmente como catálisis heterogénea, y fue la primera vez que se realizó un producto con este principio. Sin embargo, el producto era extremadamente peligroso, pero logró ser muy popular.
Poco después, en 1826, el inventor inglés John Walker introdujo por primera vez lo que hasta hoy en día conocemos como cerillas de fricción o fósforos.
Apenas con esta información, podríamos concluir que los encendedores fueron anteriores a los fósforos, pero la respuesta no es tan simple.
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El invento que presentó John Walker no era del todo nuevo. En primer lugar, los chinos habían estado utilizando palillos de pino con sustancias como asbesto y otras soluciones fosfóricas para crear fuego.
Sin embargo, las cerillas modernas no se inventaron hasta 1826, cuando el mencionado Walker, químico y farmacéutico, se dispuso a encontrar una forma de producir fuego fácilmente y viable, no como los encendedores que ya circulaban por entonces.
La hazaña fue más bien un accidente. Mientras Walker buscaba una mezcla que permita transmitir el fuego a una sustancia de combustión lenta como la madera, un pedazo de fósforo cayó en una de sus preparaciones.
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Este se incendió debido a una fricción accidental. Fue allí que encontró la solución: las férulas de madera o cartón podían cubrirse con azufre y ligeros toques de sulfuro de antimonio, clorato de potasio y goma.
Más adelante, agregó alcanfor para mejorar el hedor de la combustión. Con ello, su invención estaba lista, y su precio era mucho menor que los encendedores. Walker llamó a su invento ‘congreves’, en honor a los cohetes de William Congreve.
Si bien los fósforos modernos recién se inventaron con Walker en 1826, fue el mismo principio del fósforo el que utilizó Döbereiner para su lámpara, introducida tres años antes.
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Ambos fueron inventados bajo un principio que apenas se entendió en su totalidad por aquellos años, y es posible que las cerillas modernas no se hubiesen inventado de no ser por la lámpara de Döbereiner, ni esta última sin los primeros palillos que empleaban fósforo para crear fuego.

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