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Cultural

Luces y sombras de Alfredo Bryce Echenique: los plagios y la vigencia

El autor de “Un mundo para Julius” sigue despertando polémica y controversia. ¿Cómo le habla la obra de Bryce a los lectores de las nuevas generaciones?

 

Alfredo Bryce Echenique. Foto: La República.

Alfredo Bryce Echenique falleció el pasado martes 10 de marzo. Como bien se indicó en La República, la noticia de su partida suscitó una honda pena y no solo en sus cientos de miles de lectores, sino también en el público en general. Bryce ya había pasado la referencia literaria para inscribirse dentro de la dimensión cultural (es decir, no era necesario haber leído su obra para saber quién era precisamente Alfredo Bryce, lo cual es una manera de alcanzar la inmortalidad en vida).

Autor de novelas importantes como Un mundo para Julius, No me esperen en abril, Tantas veces Pedro y La vida exagerada de Martín Romaña, entre otras, nuestro autor no fue ajeno a episodios de cuestionamiento que afectaron la percepción de su obra durante un periodo de su trayectoria. Nos estamos refiriendo a las acusaciones de plagio, las cuales asimismo fueron parte del discurso social ni bien nos enteramos de su muerte. Era un factor real y, por ello, inevitable de abordar. Pasar de ese tema, por cierto, no es favorable para la imagen de Bryce.

 

Los plagios

En la primera década del 2000, Alfredo Bryce Echenique fue acusado de plagio. En total, se consignaron 32 y fue sancionado, en 2009, por pasar como suyos 15 textos de 16 autores. Se trata, bajo todo punto de vista, de una falta muy grave. Este ha sido uno de los tópicos que no pocos lectores de Bryce empezaron a enfatizar tras su partida. Pero igualmente es cierto que, en la percepción de ellos, este traspié no significa una alteración de la admiración que se le tiene a Bryce. Para la mayoría de sus lectores, este es un asunto espinoso y penoso, pero tampoco es determinante (como veremos más adelante).

Las críticas a Bryce por los plagios siempre han sido expuestas/comentadas/condenadas por escritores, es decir, por colegas de oficio. Y no pocos aprovecharon, tanto en Perú como en el extranjero, para despacharse con discursos moralistas sobre esta etapa gris de la vida literaria e intelectual del escritor.

No pocos indican que, tras este escándalo, Bryce nunca más volvió a ser el mismo escritor. Su imagen había quedado seriamente maculada para los lectores y el oficialismo cultural. Pero lo cierto, y a los hechos nos remitimos, es que los últimos 10 años de vida de Bryce estuvieron pautados por el reconocimiento e incluso la veneración. ¿A qué se debió ese fenómeno si ya estaba quemado?

 

La obra que habla

Los libros de Bryce, en especial sus novelas, no dejan de hablar a los lectores. Tras su fallecimiento, no pocos especialistas han enfatizado las características más notorias de su obra, como la representación del deterioro de una clase privilegiada, el humor y la oralidad (este último factor hace que su poética sea cercana para todos los peruanos y no peruanos, sin importar su contexto social). Pero estas cualidades, importantes para ubicarnos dentro de su poética, no son las que seducen a los lectores de las nuevas generaciones. Hay un factor que a más de un conocedor se le está escapando, uno que atraviesa todos sus libros, incluso está presente en proyectos flojos como El huerto de mi amada. (Se entiende que en la obra de todo gran escritor hay del mismo modo títulos flojos y este que ganó el Premio Planeta en 2022 lo es, sin duda alguna).

¿Por qué los jóvenes leen más a Bryce? Todos los reconocimientos, en especial los del último lustro, que disfrutó tenían una característica común: la presencia juvenil. No era un autor que solo era seguido por la promoción generacional.

Toda la obra de Bryce es una obra de amor. Por más desopilantes que sean las aventuras vitales de sus protagonistas, lo que los motiva es ese sentimiento que Bryce supo retratar desde la ternura e ingenuidad (por ejemplo, Manongo Sterne, personaje adolescente de No me esperen en abril, queda enamorado en la adolescencia de Teresa Mancini; ese flechazo está con él durante toda su vida y lleva a los límites su amor idealizado). El amor para Bryce es la base de su poética. Su representación de la clase privilegiada limeña no funciona sin el amor; su oralidad y humor tampoco hubiesen prosperado sin el amor. El amor a la mujer.

Podríamos decir lo mismo de Pedro Balbuena en Tantas veces Pedro, de Martín Romaña en La vida exagerada de Martín Romaña y del propio Julius en su inocencia de seis años. Este aspecto de la obra de Bryce adquiere relevancia en una época en donde el amor no se está sintiendo desde la raíz de su pureza, sino desde la fatuidad del efectismo. Muchísimos jóvenes se dieron cuenta de ello desde hace buen rato. Encontraron en Bryce a un amigo que les entiende y les habla. Eso es lo que debe importar.

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