
Hace unos 14.400 años, un pequeño grupo formado por cinco personas y un cánido recorrió los pasajes oscuros de una caverna en el noroeste de Italia con ayuda de simples ramas de pino. La escena quedó registrada de manera excepcional en la cueva de Bàsura, situada cerca de la localidad de Toirano, donde aún permanecen huellas fosilizadas, marcas de carbón y otros rastros de esa visita prehistórica.
Una investigación reciente permitió reconstruir de qué manera estos habitantes del final de la última Edad de Hielo consiguieron desplazarse por galerías subterráneas que se extienden a lo largo de 800 metros. El estudio combinó análisis de polen, fragmentos de carbón, excavaciones arqueológicas y pruebas experimentales para comprender qué tipo de iluminación emplearon durante su recorrido.
La cueva de Bàsura figura entre los yacimientos prehistóricos más importantes de Italia. Durante décadas, los arqueólogos estudiaron las huellas conservadas en su interior. Las primeras investigaciones, realizadas en la década de 1950, atribuyeron estos rastros a neandertales. Sin embargo, posteriores dataciones por radiocarbono demostraron que pertenecían al período Epigravetiense, una etapa que marcó los últimos momentos de la Edad de Hielo.
Area de excavación en la cueva de Bàsura. Foto: Quaternary International
En 2016, el proyecto científico Bàsura Revisited impulsó una nueva campaña de estudios. Los trabajos se concentraron en una zona conocida como la Sala de los Misterios, donde ya se habían identificado huellas humanas, marcas de dedos impresas en arcilla y restos de carbón. Además de los vestigios humanos, los investigadores documentaron señales del paso de un cánido que acompañó al grupo durante la incursión.
Los científicos recuperaron 56 fragmentos de carbón en los sedimentos de la Sala de los Misterios. Más de la mitad pertenecía a Pinus sylvestris, conocido como pino silvestre, o a especies estrechamente relacionadas. La mayoría de los restos procedía de ramas jóvenes con diámetros inferiores a dos o tres centímetros.
Ramitas de Pinus sylvestris utilizadas en pruebas de iluminación experimentales realizadas en la cueva de Santa Lucía Inferiore. Foto: Quaternary International
Este hallazgo modificó una antigua interpretación arqueológica. Hasta ahora se pensaba que los visitantes prehistóricos transportaban grandes antorchas fabricadas con ramas gruesas. No obstante, las nuevas evidencias sugieren que eligieron pequeñas ramas de pino obtenidas de árboles vivos y acondicionadas para servir como fuentes portátiles de luz.
Para comprobar esta hipótesis, los investigadores reprodujeron las condiciones del recorrido en una cueva similar. Utilizaron ramas de pino silvestre con características equivalentes a las encontradas en Bàsura. Cinco participantes colaboraron en las pruebas, una cifra que coincide con el número de individuos identificado a través de las huellas.
Los resultados mostraron que dos ramas encendidas proporcionaban iluminación suficiente para que un grupo de cinco personas avanzara en fila. Tras la adaptación visual a la oscuridad, la visibilidad alcanzó aproximadamente 10 metros. Además, las ramas emitían poco humo y requerían escaso combustible. Según los cálculos del equipo, el trayecto de ida y vuelta hasta la Sala de los Misterios habría exigido unas 20 ramas de pino de alrededor de 30 centímetros de longitud y una duración cercana a las dos horas.





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